Los amantes y la superluna

Super Moon - There_And_Back_Again_(21153486184)

por Reynaldo R. Alegría

Lo que les voy a contar es pura imaginación, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si tuviera el don de leer las mentes, de seguro que todo lo que aquí diré fue la verdad y, saben los dioses, que nada más que la verdad.

El domingo, 27 de septiembre de 2015, gran parte del planeta podría disfrutar un maravilloso eclipse lunar.  Pero esta vez, al acercarse más la Luna llena a la Tierra y alinearse con mayor precisión junto a esta y el Sol, se vería más grande y más brillante.  Esa noche según la Luna atravesara el umbral de la sombra que produce la Tierra, comenzaría a verse de color naranja y rojiza, la llamada superluna.  Un eclipse total de la Luna junto a una superluna no ocurría desde que tenía 21 años y no se repetiría hasta que tuviera más de 70.

Esa noche, como todos los domingos, cenábamos con la familia en casa de mi madre.  A la mesa nos acompañaban dos invitados muy especiales, de esos que producen mucha paz y una gran felicidad.  A partir de las 9:07 de la noche en que el eclipse parcial arrancaba con su espectáculo sentí que algo extraño me pasaba, algo intangible, algo que me cuesta trabajo describir; algo real que ocurría, pero no se veía, como algunos dioses, que se sienten pero no se pueden ver, era sensación, emoción, algo espiritual.  De momento no lo relacioné con nada que no fuera la buena compañía, el buen vino y la buena comida.  Ya a las 10:11 de la noche, cuando aún sin haberlo visto el eclipse se encontraba en su fase total, algunos tratamos de convencer al resto de que fuéramos al Morro al disfrutar del fenómeno en su máximo esplendor.  Creo que fue la pereza que resulta de la experiencia espiritual la que producía esa sensación en algunos de preferir la cama cómoda y la buena compañía en ella, acaso tienen razón los que dicen que la Luna llena tiene virtudes y propiedades particulares, lo cierto fue que regresamos a la casa.

Al salir de la casa de mi madre el color de las pasiones se había apoderado de la mitad de la Luna.  Todo el camino de vuelta a la casa nos la pasamos admirando desde el auto el espectáculo de la Luna cerca, muy cerca, y roja y naranja, extremadamente roja y naranja.

A las 10:47 de la noche, cuando llegamos a la casa, una vecina acompañada por su hijo –parada en medio de la calle con copa de vino en mano– contemplaba el espectáculo en su mejor momento con un cómodo vestido largo negro, de esos de telas suaves que visten naturalmente los cuerpos, de los cuales sería un gran pecado llevarlos puestos con ropa interior.  En un breve muro de apenas dos pies de altura y seis pulgadas de ancho y que separa el edificio de apartamentos donde vivo de la acera contigua a la calle, una pareja de amantes se disfrutaban la luna de una manera tan romántica y erótica que hablaban, sin decirlo, todo cuando les ocurría en su cabeza.  Admiramos la superluna, ahora en su fase total y de manera casi etérea, sutil, vaporosa, subimos a nuestro piso.

Lo que les voy a contar ahora es la pura verdad, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si no hubiera tenido por unos minutos el poderoso don de escuchar las mentes, como lo tuve, de seguro que todo lo que aquí diré pensarán ustedes que fue pura imaginación y, saben los dioses, que es la verdad y nada más que la verdad.

Sentado en mi butaca donde suelo leer, separado de los amantes por tres pisos de altura y un ventanal de vidrio, empecé a sentir en mi mente lo que aquellos dos amantes sentían, empecé a escuchar sus mentes.  Él estaba recostado sobre el muro con todo su torso y su cabeza y con las piernas flexionadas hacia el pecho y los pies puestos sobre el muro, creaba un balance que le permitía estar acostado boca arriba, como levitando, a dos pies sobre el nivel del piso.  Ella, frente a él, estaba recostada de espaldas sobre sus piernas, tirada hacia atrás.  No decían palabras, admiraban el espectáculo y la Luna Roja los quemaba de una pasión estremecedora.  Estaban embriagados de Luna.

Siendo un hecho científicamente comprobado, para mí estaba claro el efecto de la Luna sobre las mareas pero admito que siempre, hasta esa noche, el efecto Transilvania, ese que postulan los buenos y los malos brujos, más que un mito me parecía una buena historia para una fogata de niños acampadores.

Yo los podía escuchar en mi mente.

—¡Cuánta alegría me produce esta mujer!

—¿Se habrá dado cuenta este hombre de este sentimiento que me llena, que me angustia y que ya no aguanto?

—¡Qué ganas incontrolables tengo de agarrar su mano y caminar con ella!

—¿Cómo le digo a este hombre que en mi corazón hay un espacio que es solo suyo?

—¡Qué ganas tengo de acariciar el rostro de esta mujer!

—¡Esta euforia me tiene fascinada!

A las 11:23 de la noche, cuando la superluna llegó a su máximo esplendor, los amantes se levantaron del muro.  Ya no escuché más lo que pensaban en sus mentes.  Él la acompañó hasta el auto de ella, aguantando sus ganas de tocarla, y la despidió con un beso en la mejilla, deseando más que nunca besar sus labios mientras acariciaba su nuca y su cabello.  Ella no pronunció más palabras, recordó el ciclo lunar de 28 días y se sintió fértil y muy contenta con una euforia interna y a la vez controlada que sentía.

El miércoles, 30 de septiembre de 2015, volví a escuchar a los amantes.  Los sentía cerca, muy cerca, él jadeaba, ella se reía a carcajadas.

Foto: There And Back Again, Or a night with the teapot watching the lunar eclipse as the supermoon lived up to its name, https://www.flickr.com/photos/arg_flickr/21153486184/, por Andrew, https://www.flickr.com/people/38986305@N06.

Me confundió el nombre con otra

El_Beso_(Pinacoteca_de_Brera,_Milán,_1859)

por Reynaldo R. Alegría

Entonces vivía en un caserío con mi familia.  Un lugar lleno de pobres muy pobres, abundante droga, mucha droga, y donde la traición se pagaba con la vida, toda la vida.

Aquel joven prometía, andaba en un BMW negro usado que hacía muy bien el cuento, trabajaba con el partido político en el poder, universitario destacado que, al ritmo que se movía, debería convertirse en prominente abogado y algún día gobernar al país.  Cuando vino a visitarme al caserío creo que no se percató de que entraba al mismo infierno.  Le hice lasagna, solo para él pues la plata que me dio mi madre no daba para más; los demás (mis padres, mi hermano y yo) comimos lo de siempre, arroz blanco, habichuelas rojas y carne guisada con papas, alegando que les encantaba la lasagna pero eran alérgicos a la pasta.  Creo que mi madre estaba más emocionada que yo, me veía saliendo del oscuro caserío vestida de puro blanco y llevándomela a ella a vivir conmigo al lugar decente que yo me merecía.

No era que, precisamente, me volviera loca aquel hombre, pero cuando fuimos a su apartamento plantado en el área de San Patricio, entonces un sector repleto de familias acomodadas y acaudaladas y algunos jóvenes wannabe, como él, en realidad estaba lista para rendirme a sus deseos.  El hombre tenía labia y si al final del día verbo mata carita y dinero mata verbo, me sentía que estaba donde debía.

Creo que él lo tenía todo programado, bueno eso es obvio.  Al llegar el aire acondicionado central del apartamento mantenía el espacio deliciosamente fresco.  Una botella de vino rojo sobre la mesa, con algo de quesos y un disco de vinilo de Lucecita Benítez dando vueltas bajo una aguja de diamante sobre un plato Technics que se escuchaba como si estuvieras sentada en el foso del teatro de El Conservatorio de música escuchando la Orquesta Sinfónica del país, construían el perfecto ambiente para la seducción.  Bailamos en el centro de la sala.  A la tercera canción, creo que el tiempo también lo tenía medido, comenzó a besarme y acariciarme.

Me imaginé viviendo en aquel apartamento, durmiendo con aire acondicionado todos los días, comiendo lasagna cuando quisiera tras declararme curada a las alergias a las pastas.  Me llevó hasta un sofá desde el cual, a través de las cortinas que daban al balcón, se podían apreciar las luces de la noche en otros edificios y al tiempo que le hacía el amor a mi oreja izquierda me susurró algunas de esas cosas muy bonitas que dicen los hombres cuando te quiere coger.  Fue entonces cuando me dijo:

—Me encantas Manuela.

—¡Hijo de la gran puta, Manuela tu madre que yo me llamo Silvia!

Le levanté urgente, di un volte face con actitud de reina de belleza, cogí mi cartera y mientras sentía la humedad bailoteando entre mis piernas arranqué y me fui a las mismas pailas del infierno con un coraje que me duró par de meses, hasta que conocí a otro riquitillo wannabe en la barra de Loíza Street Station, lugar de moda entonces.

Aunque he tenido tiempo de arrepentirme de no haberme tirado a aquel espécimen, lo cierto es que el honor y la dignidad, como dijo don Pedro, no están en el mercado a ningún precio.  Además, con el tiempo una aprende.  ¡Vamos, que cualquiera se confunde!  La clave, dice una amiga, es llamar a todos los amantes por el mismo nombre.

—¿Cómo está mi papurri hoy?

—¿Papurri?  ¿Y ese nombre?

—Especialmente para ti, papurrito lindo…

Foto: El Beso, Francesco Hayez, Pinacoteca de Brera, Milán, 1859: https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AEl_Beso_(Pinacoteca_de_Brera%2C_Mil%C3%A1n%2C_1859).jpg

Orgasmos fingidos

ZmurkoFranciszek_Sinnenrausch (1)

por Reynaldo R. Alegría

Hacía cuatro semanas que no lo veía.

Me había estado fastidiando de diversas maneras durante todo el tiempo que me le escapé y durante el cual no tuve otra intención que no fuera respirar un poco.  Hace 25 años el fastidio hubiese sido menor, apenas algunos mensajes con mi secretaria en la oficina y otro par de ellos en la contestadora de la casa, la cual –después de todo– siempre se puede desconectar.  Claro está, con el riesgo de que se enojara para siempre.

Ahora, con los mensajes de texto y los mensajes de voz en WhatsApp deseándome los buenos días y los putos likes a las fotos de ambos que colgué en Facebook hace cientos de  años, cuando él me daba el mejor sexo que estaba disponible y que yo podía obtener, el tedio se convertía en enfado y el enojo en desazón.

Con mi fuga, que buscaba ser como la del gas que no se ve pero puede ocasionar la más grande explosión, incluidas las luces y los estruendos, solo quería respirar un poco… como los seres vivos.  Deseaba absorber el aire, tomar lo necesario, expelerlo, comunicarme con otros aires; descansar del agobio del mismo aire.

Recurrí a él nuevamente, no sé ni por qué carajos, creo que mis ganas de tener sexo en ocasiones me nubla el entendimiento cuerdo-sexual.  A esta edad, en la que si se está en estas tiene que ser por el placer, punto, tampoco se está en las de perder lo que se tiene ganado.  Lo llamé desde el garaje de gasolina que está a un bloque de su casa.

—Hola.

—¡Qué bueno que me llamas!

—¿Estás listo para mí?

Llega el momento en el que ya una sabe lo que hay que decirle a un hombre para que la esté esperando casi desnudo y con una buena erección.

—Siempre estoy listo para ti.

—Pues voy camino.

Cuando llegué tenía puesta la bata blanca de toalla que nos habíamos robado del Hotel Plaza en Nueva York, siempre he creído que esas cosas se roban y no se pagan.  De un tirón lo desnudé y me le trepé encima como si presenciara el último pene que hubiera de existir sobre la faz del globo terráqueo.  Comencé a gemir con esa voz que lastima de la pena y el placer a la vez, aullando, esforzando mi voz para que los chirridos los escucharan sus vecinos, para que supieran que había vuelto.

—Me voy a venir —me dijo jadeando.

Grité más duro, me contorsioné sobre su miembro con mi baile de la media luna, un movimiento que me lleva de sur a norte y de vuelta en medio círculo regresando por el oeste.  A los 36 segundos (¡a los 36 segundos!), acabado, deshecho de su humanidad, me miró fijamente a los ojos.  Entonces le dediqué mi mirada de la total destrucción por el mejor de los placeres, esa que incluye virar los ojos hacia arriba.

—No recordaba lo rico que son los orgasmos contigo.

Foto: Sinnenrausch (pasión sensual), Franciszek Żmurko [Public domain], via Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AZmurkoFranciszek_Sinnenrausch.png

Bésame

Beso robado Jean-Honoré_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss (2)

por Reynaldo R. Alegría

Salimos al cine y luego fuimos a tomar vino rojo.  Como siempre, ella me recogió en su auto, complaciendo mi antojado disgusto por manejar.  Cuando eres recogido en tu casa por una mujer, muchas veces ella presume que detrás hay un plan de llevarla a la cama con urgencia, sin el foreplay de elegancia que ordenan las reglas del cortejo adoptadas por la sociedad desde hace siglos y que aún hoy se imponen ominosas.

La religiosa combinación del mosto y del hollejo en el vino rojo tiene propiedades fascinantes después de una película argentina que se mercadea como drama y que amerita la más seria discusión de la más graciosa comedia.  No solo ayuda a la mejor digestión de las proteínas y a la reducción de la presión arterial y los niveles de insulina en la sangre, sino que te hace más feliz y, en consecuencia, más hábil para entender el cine que se dice drama pero que argentinamente es comedia.

De vuelta a la casa y sin ninguna intención de invitarla a subir –no siempre se tiene sexo decía mi amiga Olga y con esta nunca lo había tenido– creo que se percató que mientras me proponía a despedirme de ella, miraba detenidamente sus labios.

—Bésame —me dijo, mientras aun estábamos dentro del auto.

Bastaría presionar los labios propios contra cualquier superficie, una foto, una mano, u otros labios, para besar.  No haría falta succionar, ni hacer ruidos particulares.  Para besar no haría falta abrir la boca con cuidado de no perder la respiración, ni tener compasión con otra boca que no ha conocido otros labios, ni evitar pasar la lengua por otros labios, ni controlarse para no morder otra boca que se apetece.

—Bésame —insistió.

Un beso tiene propiedades mágicas, no solo esas que permiten convertir una rana en príncipe (que es muy importante), sino esas maravillosas virtudes de la excitación profunda, esa estimulación erógena que activa cada terminación nerviosa que se encuentra en los labios de la boca y produce una corriente de calor, como la electricidad que produce la manipulación clitórica.

Mientras tomaba la decisión, recordaba los extensos debates en que se enfrascan algunas mujeres cuando aseguran, con gran autoridad, que hay hombres que no saben besar.

No siempre quiero besar a una mujer.

Cuando beso a una mujer lo hago porque le tengo muchos deseos; siempre cierro los ojos y siempre uso mis manos.  Cuando beso una mujer me gusta cogerla por las caderas con mi mano izquierda y agarrarle el cuello con mi mano derecha.  Me gusta ponerla de espaldas a mí y de pie, remover el pelo que cae sobre la nuca y besarle el cuello, olerla, sentir sus nalgas sobre mi cuerpo y acariciarle los senos.  Cuando beso una mujer quiero sentir que ella libera oxitocina, que siente contracciones uterinas y que sufre con mucho gozo la erección de su clítoris.  Como yo, quiero sentir que su corazón bombea más sangre, en menos tiempo.

Lo cierto es que desde su prohibición pública, hasta el perfecto convencionalismo social del beso erótico en público, en la era de lo explícito los besos están infravalorados.  Y aquí debo ser honesto, pues la última parte de esta cita es de una conocida tuitera a quien prefiero respetar su anonimato, tal como le reconozco a Fragonarg sus maravillosos besos al mejor estilo rococó.

—Déjame leerte algo

Necesitaba ganar tiempo y racionalizar la terrible incomodidad de un beso dentro de un auto, un primer beso, sobre todo cuando hace años se ha dejado de tener 18 y cuando hace algún tiempo sabes que, para una mujer, un beso es una prueba de fuego.

—Esto lo escribí hace un tiempo:

Tus labios están buscando un amante,

otros labios a los que puedan besar,

que sirvan de lecho para descansar,

un inquieto amor que anda rogante.

Tu boca delira y arde fragante,

buscando otra boca para confesar,

un escucha dócil para embelesar,

en el romance más alucinante.

Tu amor urgente me halla dormido,

sin valija y esenciales confesos,

hendido en mil pedazos, escindido.

Si quieren los dioses seremos presos,

y en el fuego de tu boca adherido,

seré yo quien disfrute de tus besos.

Cerré mis ojos mientras acercaba mi rostro al suyo, aspiré sus olores, puse mi mano derecha sobre su cuello, acomodando el pulgar bajo su oreja de manera que me permitiera controlar la rotación de su cabeza y entonces, deposité suavemente mis labios sobre su boca.  Un foetazo de corriente me azotó y discurrió entre mi boca y la suya y entre nuestros labios y el resto de nuestros cuerpos.  Sentí cómo se inundaban mis órganos de sangre mientras me quemaban sus labios; juro que sentí que ella temblaba.

No habían pasado 10 segundos cuando con urgencia se despegó, aspiró profundamente llenando sus pulmones de oxígeno y clavándome con una mirada retadora me dijo:

—¿Subimos?

Foto: «Jean-Honoré Fragonard – The Stolen Kiss» de Jean-Honoré Fragonard – Hermitage Torrent. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg#/media/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg

Seré tu ofrenda

por Reynaldo R. Alegría

Cuando se sueña con un amante es como si un mensajero bajara del cielo para decirte ese es el escogido.  Este hombre, este hombre que confieso me está empezando a enloquecer, me dejó saber que había soñado conmigo.  Es difícil no salivar como perro y rápido espetarle un: ¡Cuéntame!

—Soñé que habías llegado con otro perfume… tan embriagador… tan erotizante… ya quiero sentir ese nuevo aroma tuyo…

—Descríbeme ese olor…

—Me dijiste que era un olor para mí… que habías buscado hasta encontrarlo… pues no querías que más nadie te hubiese descubierto antes esa sensación…

Me tomó dos minutos responder.  ¿Cómo carajos se le responde a un amante que te quiere conquistar por ojo, boca y nariz?

—Wao!!!

—Era suave… no intenso… no eran especias… ni maderas… no era dulce… era arropador… cautivador… daban ganas de besarte… de hacerte el amor…

Mi maestro de Historia Antigua y Medieval, un heleno por convicción, solía decir que el perfume lo habían inventado los griegos, aunque los libros equivocadamente señalaban a los sumerios.  El cuento, más o menos, decía que frente a una hoguera a algunos mozalbetes geniales (para Henry –mi maestro– los griegos siempre eran geniales), se les había ocurrido poner algunas ramas del árbol de terebinto a quemar y que al percibir el impresionante olor que ascendía con el humo al aire, estaban convencidos que se trataba de un ofrenda ideal para los dioses que andaban por los cielos.  Por ello, decía el maestro, al usar perfume siempre debíamos llevar a cabo un rito, poniéndolo solamente sobre el cuerpo limpio, idealmente detrás de la oreja y una vez untado, con los mismos dedos frotar la parte interior de la muñeca y los codos hasta sentir el área tibia.

Cada vez que el maestro –a quien una vez vi fumigar sus libros de historia con el humo del olíbano– nos repetía esta historia exculpaba al gran Sócrates, de quien se decía aborrecía el perfume, pues hacía que todos los hombres olieran igual, los libres y los esclavos.

—¡Pobre hombre!  ¡Privarse de un gran placer en el mismo nombre de la libertad!

Admito que un buen perfume de hombre amantequilla mis rodillas.  Pero esta vez la compelida era yo.  Me tocaba derretir aquel hombre con mis efluvios.  Me imaginé caminando como loca por las perfumerías, procurando percibir los olores, adivinar su origen, buscando algo que fuera blando, manso, que adormeciera sin ser vehemente, que le privara de su libertad de pensar en nada que no fuera yo, irresistible.  Recordé a mi maestro, quien tenía un alambique en la casa en el que destilaba rones y perfumes.  Me vi machacando flores, raíces, cortezas, fragmentándolas en pequeños trozos, como decía mi maestro; macerando pétalos.

Montada en el potro de la emoción, sin más remedio –y más ganas– de ser suya, no pensé mucho más mi respuesta.

—Lo buscaré… seré tu ofrenda.

Foto: Jeune femme à sa toilette, Giovanni Bellini [Public domain], via Wikimedia Commons.

Después del sexo

Despues del Sexo Marcello Mastroianni Sophia Loren mariage-a-l-italienne-1964-15-g

por Reynaldo R. Alegría

Otros fueron los tiempos cuando al terminar de hacer el amor uno estiraba la mano hasta la mesa de noche en busca de cigarrillos.  Ahora, cuando parece que ya no es sexy fumar ni siquiera en las películas románticas, tras la cópula gustosa y encendida te escurren la mano por sobre tu cuerpo para alcanzar, casi de emergencia, el celular.  Esa búsqueda urgente de mensajes de textos y por WhatsApp, menciones en Facebook y Twitter, videos breves en Vine y transmisiones en vivo por Periscope, en ocasiones produce tanta endorfina, oxitocina y serotonina como los orgasmos que, si tuvimos suerte, nos produjo el sexo.

No me lo tomo a mal.  Con más recato, nosotras hacemos lo mismo.  La diferencia es que no jadeamos tragando hacia adentro como hacen ellos, más bien con mucho control y sin revelarnos, buscamos el mismo placer del texto prohibido escrito en la cama de otra; acomodando la pantalla del teléfono en la posición perfecta para que ellos no puedan fisgonear, lo que nosotras hacemos con tanta dulzura y candidez.  Por eso creo que se trata de un pecado menor.  De hecho, alguna vez leí sobre un estudio que afirmaba que el 12% de las mujeres usaba el celular durante el sexo.  Pero no nos desviemos.

Recuerdo un amante que salía corriendo a bañarse, lo que tampoco me disgustaba pues siempre huelo a florecitas, como me ha dicho más de uno, y en el caso de aquel hombre la manía de estar limpio me parece que revelaba cierto trauma emocional con el pecado y el infierno, que hasta yo disfrutaba la carrera al chorro del agua como si cada vez fuera un nuevo bautismo.

Creo que hasta dormirse se lo perdono a los hombres.  Cuando tengo orgasmos me pasa como a ellos, que el efecto somnífero del placer me tumba y me hace carecer de realidad.  En la universidad tuve un novio que salía casi con temor y espanto a la cocina a comer, lo que siempre interpreté como un elogio a mi opulencia en virtudes del amor pues no es lo mismo mujer de la que se tiene hambre, que el hambre que produce una mujer.  Un amigo íntimo de ese mismo novio, lo que era un sabroso secreto, solía pedirme favores cuando nos culminábamos juntos, lo que me parecía muy razonable tomando en consideración, aparte de la feliz sincronía, que a aquel espécimen a quien no le faltaba nada, no le entraba la Física de ninguna manera y siendo mi materia favorita disfrutaba ayudarlo en sus tareas.  Que me hablen después del sexo tampoco me disgusta, es más, lo disfruto.  Si el amante no es muy listo, como me pasaba con mi profesor de Educación Física, uso sus necias palabras como alucinógeno natural y logro que mi cabeza se desvista de mi cuerpo.

Pienso que si existiera algo así como la ciencia del post coito, deberían revisar las conclusiones generalmente aceptadas por la literatura de salones de belleza en cuanto a que las actuaciones de los hombres tras el sexo se refieren a la obtención de recompensas no relacionadas al amor y la compañía y que las actuaciones de las mujeres tratan de sentir la mítica unión de pareja.

En mi caso nada pido, bueno… me gusta que me abracen.  Me gusta sentirme rodeada por los brazos de quien me produjo placer, estrechada, ceñida al cuerpo a que le saqué el gusto, ajustada a quien me gozó.  El resto, eso lo perdono.

Foto:  Sophia Loren and Marcello Mastroianni, Marriage Italian Style (1964)

Una carta de amor extraviada

airmail

por Reynaldo R. Alegría

De niño había coleccionado sellos de correo, con particular fascinación por aquellos que emitía la Segunda República de Madagascar, una isla cuya silueta él recortaba y trataba de acomodar en el mapa de la India como la pieza de un rompecabezas, intentando demostrar que a pesar de 88 millones de años de separación natural, todavía tenían una historia que contar.

Los sellos de correo los descubrió en Boys’ Life Magazine, una revista publicada por los Boy Scouts que al final tenía páginas de anuncios y ofertas para niños, muchos de ellos para coleccionistas de sellos postales de correo.  Sin internet, máquinas de facsímile o celulares, la rutina imponía un rito que aún hoy le parece fascinante.  Se recortaba con tijeras el breve anuncio, se completaban sus blancos, apretando las letras para que cupieran apenas el nombre y la dirección y se depositaba la orden dentro de un sobre de correos con una estampilla regular que dirigía la petición a una dirección en los Estados Unidos de América.

*****

Olvidado del pedido, a los meses, muchos meses, comenzaron a llegarle sobres de correo internacional con tantos sellos de tantos países como nunca imaginó que pudiera tener contacto.  Su padre lo llevó a la oficina central del Correo Postal de los Estados Unidos de América que había en la capital, donde compraron un libro de coleccionistas de estampillas.  Antes de descubrir la lectura, para lo que transcurrieron muchos años, volaba y viajaba a otros países con sus estampillas, junto a unas breves investigaciones que hacía en El Tesoro de la Juventud, la enciclopedia que sus padres le habían regalado a él y a sus hermanos y en un Atlas que el cubano que les vendió la enciclopedia les había regalado con la compra.

*****

Cuando estacionó su vehículo notó que sobre la tapa del motor del vehículo estacionado justo anteriormente al suyo había un sobre de carta.  Era uno de esos sobre de envío por avión, con la medida internacionalmente aceptada de unas cuatro pulgadas y media de alto por nueve de ancho, con todo el contorno decorado por franjas entrecortadas diagonalmente rojas y azules y marcado sobre su faz con un sello engomado con tinta negra con las expresiones: “por avión”, “expreso”, “correo aéreo”, “air mail”.

El inmediato recuerdo a su niñez y a su ahora perdida colección de sellos actuó como imán entre sus manos y la carta, pero el recuerdo de los colores de los animales en los sellos de Madagascar pudo menos que el nombre de la remitente y el destinatario, y que la fecha.  ¡Había sido enviada hacía quince años!

Hacía tres años que conocía a aquella singular pareja, que vivía a unas casas de la suya.  Ella, mayor que él, seria, formal, extranjera, como sacada de un convento de clausura contemplativa, de apariencia triste, sufrida, deprimida; él, intelectual, perdido en una locura urbana desfasada, descuidado, automedicado con marihuana fumada para tratar ciertas condiciones que según él, solamente cedían ante la hierba quemada y aspirada a los pulmones.

*****

Dudó.

¿Debía dejar aquella carta donde la encontró?  ¿Debía hacerla llegar a su dueño?  ¿Y si el dueño quería deshacerse de ella?  ¿Quién de los dos la habría tenido en su posesión?  ¿Debía arrojarla al zafacón?  ¿Y si el propósito era que él la tuviera?

La letra de ella en el sobre era limpia, con un perfecto interletrado pero abundantes palos y remates, la absoluta negación del sans serif; llamativa.  Decidió tomarla para devolverla.  Sin embargo, camino a su casa la guardó para que nadie advirtiera su posesión.  Después de todo, sabía que era una absoluta imprudencia, al menos así lo sentía.  En su casa inspeccionó el tesoro; la olió a ver si estaba perfumada.  Entonces advirtió lo que parecía imposible, la carta estaba sellada y nunca había sido abierta.

Maquinó todas las teorías de conspiración de amantes que se le ocurrieron.  Se trataba de una carta que por coraje él nunca abrió y la conservaba para devolvérsela o era una carta que él le había devuelto a ella o era una carta con una secreta revelación que ella envió para abrirla en un tiempo futuro.  Entonces, inspeccionando nuevamente el sobre, se percató que había sido cuidadosamente abierto por la parte superior aunque aparentaba lo contrario, quizá el tiempo aparentaba clausurar lo que ya estaba abierto.  Tras un debate entre el honor, la dignidad, el respecto por lo ajeno y la confianza, que duró no más de cinco segundos, abrió el sobre y extrajo la carta.  Lo hizo con gran delicadeza y cuidado de manera que pudiera devolverla, oportunamente, a su estado original pues su idea siempre fue entregarla a su dueño.

Con una limpia caligrafía que vivía desesperada junto a una desordenada ortografía, según iban avanzado las palabras, los párrafos y las páginas, se advertía una historia terrible e inesperada.  ¡Cuántas veces nos confundimos con las personas!  ¡Cuántas veces creemos que alguien es quien no es!  Aquella mujer ardía de amor y dolor, nadaba divertida en el azufre cada día pensando en él, encubriendo sus sentimientos bajo un manto frío que la mostraba al mundo como otra, ocupando sus tardes solitarias dejando salir su amor en las cartas que escribía y en las que solamente le pedía a él que la amara con fuerza y con abundante sexo.

Guardó en su maletín la carta.  Con más tiempo para pensar y habiendo cocinado un poco más claramente las ideas, entendió que ella había puesto esa pieza al alcance de sus ojos para que hiciera lo que hizo, para que la leyera y la conociera, para que supiera que ella era real y conservara la carta como un recuerdo de amor.  Entendió su carta, al menos aquella parte en la que le decía a él que su único alivio eran sus recuerdos, que su único deseo era una foto con él; una foto de ellos juntos para mirarla en las noches antes de acostarse, como se mira un álbum de fotos o como un niño aprecia su colección de sellos postales de correo.

Foto: Tomada de Isle of Man Post Office, https://www.iompost.com/for-you/sending-mail/international-postage/international-airmail-letters-packets/

Sexo en lenguas: in vino veritas

In_vino_veritas

por Reynaldo R. Alegría

Lo que algunos hombres no pueden entender es que a algunas mujeres nos gusta jugar con ellos tanto como a ellos con nosotras.  Que no es por maldad, sino que la pasión por la conquista no hace reservas de género.  Que, muchas veces, cuando un hombre hace alarde de su conquista, en realidad el conquistado es él.

Cuando llegué al sagrado recinto de la Justicia vestida de estricto negro, observando un particular e íntimo luto por el Gran Galeano, y con una imagen de Darth Vader en mi celular que advertía mi fastuosa excitación por el lado oscuro de La Fuerza y por la próxima entrega de Star Wars, esa épica espacial que me quita más la tranquilidad que lo que me la quita el buen cuerpo de un hombre sin cultura, sabía que no había pasado desapercibida.

Me observó toda.  Mis zapatos negros de altos tacos azules, el color tostado de mi piel y su suave textura, el pelo rubio que llevo hace veinte años y por el que no he tenido que dar explicaciones a nadie y mi escondido escote que se supone que no mirara.  Más que hurgar, sentí que estaba fisgando, husmeando con su nariz, indagando con sus inquietos ojos.

—¿Café?

¡Café! Pensé casi mientras gritaba.  ¿Cómo puede ocurrírsele a un hombre en estos días en que se dice que todo está por acabarse invitar a un café a una mujer que alborota, que es políglota e indevota?

In vino veritas.

Me di cuenta cómo se conmovía y contoneaba aquel ejemplar de macho domesticado tratando de replicar sin que se le salieran las babas por la comisura de los labios.  La frase completa de Gaius Plinius Secundus, Plinio el Viejo, era in vino veritas, in aqua sanitas, en el vino está la verdad, en el agua la salud.  Mas no hacía falta decir lo obvio.  Cuando una mujer quiere ser coqueta, verdaderamente coqueta, tiene que recurrir a las mejores trampas.  La mejor trampa siempre ha sido la misma, tapar con una delgada tabla una excavación y esperar que el animal se hunda en el abismo cuando se para encima.

—Quiero aprender latín.

—No es fácil, empieza por traducir las catilinarias— la excavación, pensé.

—¿Cicerón?  ¿Las cuatro?

—Son maravillosas— la tabla delgada, me dije.

—¿Me puedes traducir, por favor… ¿Hasta cuándo Catilina, abusarás de nuestra paciencia?

Quousque tandem abutere Catilina patientia nostra— ¡atrapado!

La idea de que las cosas eran causales y no casuales siempre me ha parecido una verdadera tontería de quienes se niegan a aceptar el inesperado desenlace de su destino.  Si le gusto a alguien, se le saldrá por los ojos.  Olvidemos la causa… y el objeto… y el consentimiento.  Aquel hombre estaba derretido.  Sin embargo, si está –más que adormecido– sosegado y calmado por el vino, escupirá con gracia la verdad.

El atrevido, sin necesidad del vino, me dijo que tenía sueños recurrentes en el que una mujer políglota cabalgaba sobre un hombre mientras hacían el amor y ella saboreaba y gritaba su placer en diversas lenguas.

Sin que él notara el delicioso rubor del bueno saqué un pañuelo de mi bolso, me limpié elegante la comisura de mis labios y respiré profundo, pero sin hacerlo obvio.

In vino veritas— le dije.

—Cuando gustes.

Foto: “In vino veritas” by Bildoj – Own work. Licensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:In_vino_veritas.JPG#/media/File:In_vino_veritas.JPG

Pudor

Adan y Eva Botero

por Reynaldo R. Alegría

1

Cada uno de los once hijos que he tenido ha sido una bendición de cada uno de los Once Dioses Buenos.  Cada uno de ellos, mis hijos y los dioses, me dieron una nueva alegría.  Cada uno me dejó una nueva marca en mi cuerpo.  Me gusta pensar que el once es dos veces uno, dos veces el primero.

2

Con el tiempo, según mi cuerpo se fue haciendo grande, ancho, voluptuoso, sentí que él me veía sin mirarme.  Con los amantes viejos pasa como con los dioses, aprendemos solamente a vernos.

3

Las marcas en los hombres son como heridas de batallas.  Ellos prefieren creer que su cuerpo incomunicado, desagrupado, aislado, es resultado de una guerra librada contra la subsistencia; la que ellos confunden con la vida.  Quizá por eso, tienen poco recato para la desnudez o por la impresión que sus efluvios producen en sus amantes.  Acaso por el desconocimiento de que el alma no es parte del cuerpo.

4

Me tomó tiempo decidir cómo vestirme para el reencuentro.  Cuando te reconectas con un amante, por más viejo que sea, sueles proteger la intimidad de tus marcas y la grandeza de tu cuerpo.  Escogí un vestido corte imperio, de esos en los que mi gran pecho que tanto le fascinaba quedaba atrapado sobre el corte, realzándolo y camuflando mis caderas amplias y mi ancha cintura.

5

Inteligente, respetó mi pudor.

6

Insatisfecho, me despidió aconsejando la relectura de los clásicos.

7

Si no lo he dicho antes lo digo ahora, Aristóteles lo dijo todo.  A Nicómaco le decía:

No puede hablarse del pudor o de la vergüenza como si fuera una virtud; es al parecer una afección pasajera, más bien que una verdadera cualidad; y se la puede definir diciendo, que es una especie de miedo a la deshonra.

Esta afección misma de la vergüenza o pudor no cuadra a todas las edades; tiene su asiento natural en la juventud. Si en nuestra opinión es bueno que los corazones jóvenes sean muy susceptibles de esta afección, es porque viviendo entregados casi exclusivamente a la pasión, están expuestos a cometer muchas faltas y el pudor les puede ahorrar muchas. Alabamos entre los jóvenes a los que son tímidos y pundonorosos; pero no puede alabarse esta timidez en un anciano; porque no creemos que un anciano pueda hacer jamás cosa de que tenga que avergonzarse.

8

Ahora que tengo edad y decido no dejar de hacer nada que quiera, me preparo para mi próximo encuentro con el reencuentro.

9

Si Bradshaw tuviera razón, entonces la vergüenza es quien nos hace saber que somos finitos.

10

La próxima vez me desnudaré tan pronto cruce el umbral que me da acceso a su vida sin alma.

11

Entonces, nuevamente recordaré a Aristóteles: una cosa vergonzosa sólo un corazón viciado es capaz de hacerla.

Foto: Adán y Eva, Fernando Botero, 1990: http://aion.mx/arte/fernando-botero-y-el-erotismo-en-el-arte

El pecado de Milagros

Catecismo Herder 1968

por Reynaldo R. Alegría

Hurgó, una vez más, en el cajón en que su madre había guardado los recuerdos de su niñez.  Entre diplomas escolares, certificados, cintas, envolturas de regalos, tarjetas de cumpleaños y medallas de todo tipo, había una selección de cuadernos que usó en diversas etapas de su vida, organizadas, más que por fechas, por tipo de letras: de la falta de dominio al control absoluto del lápiz sobre el papel.  En tiempos de dudas y tribulaciones, recurría siempre a ese depósito como queriendo encontrar en un solo lugar y de una sola vez, una sola respuesta a todas las preguntas.  Ahora que la tentación la abrasaba con un consumo ardiente de ganas sobre aquel hombre, que no era el suyo, trataba de recordar las lecciones aprendidas.  Desbridando lo correcto de lo imprudente.

En un sobre tipo manila de color amarillo desgastado la madre había escrito “Catecismo”.  Adentro estaba el cuaderno, el certificado de Primera Comunión, el de Confirmación y el libro.  Recordó su rutina.  Tenía siete años.  Cada sábado a las nueve de la mañana su madre la dejaba en el Salón Parroquial.  Cada niño tenía una copia del Catecismo Católico de la Editorial Herder de Barcelona, edición 1968.  Era un libro sencillo en rústica, de cartón, sin solapas, con un dibujo color verde sobre crema en la portada representando a Jesús, sin barbas ni bigote, con una aureola detrás de su cabeza, sentado con un libro sobre su mano izquierda.  En la guarda anterior, tal como se le había exigido, ella había escrito su nombre precedido por el signo de una cruz: †Milagros.

La primera anotación en el cuaderno era sobre el pecado.  Hay cosas que después que pasan nada puede ser igual y así había pasado con aquella lección que su maestra de Catecismo, la Madre Rosaura, les había enseñado.  Años después, cuando por primera vez tiró al arco y la flecha en un campamento de las Niñas Escuchas, la recordaría perfectamente.  La Madre le explicó a los niños que para los griegos y los hebreos la palabra pecado significaba errar en la meta, no dar en el blanco.  Para los griegos era como el lancero que erraba en el blanco, hamartia, decía la Madre y así ella lo había escrito en su cuaderno.

—Pecas si no cumples con la meta.

—No entiendo, Madre.

—A ver, hija.  Te doy un ejemplo, es pecado tomar lo que no es de uno.  ¿Te gustaría comerte el caramelo que tiene Francisco sobre su pupitre?

—¡Siiiiiiii!

—¿Te lo puedes comer sin su permiso?

—¡Nooooo!

—¿Por qué?

—¿Porque es pecado?  —Preguntó tímida.

—¡Exacto!

—Pero aquí viene la parte más importante del pecado.  Escriban en sus cuadernos: el deseo de comerme el caramelo sin el permiso de Francisco, también es pecado.

Independientemente de que los pecados fueran graves o veniales, o de que en la categoría de las mentiras su abuela hubiese añadido las convenientes mentiras piadosas, que eran como las manchitas blancas que suelen aparecer en las uñas, hay cosas que marcan y esta era una.  Aunque lo aceptó siempre, este asunto de que el deseo del pecado también fuera pecado, la trastornaba.  Particularmente esos días que se quedaba sola y la asaltaban las ideas más desconcertantes y perplejas.  Le tenía ganas a ese hombre.  Muchas ganas.  Ese era su pecado.  Estar con él.  Vestirse de ropa interior roja para otro.

Con su cuaderno del Curso de Catecismo de frente, recordó de nuevo aquel ejemplo de la Madre Rosaura: el deseo de comerme el caramelo sin el permiso de Francisco, también es pecado.

De pronto una descarga emocional se apoderó de ella.  Una divertida distensión que estuvo esperando por mucho tiempo.  Entendió.  Era clara la diferencia, el problema no era su deseo si no la falta de permiso de Francisco.  Ella tenía el permiso de aquel hombre.  No estaba errando, estaba dando en el blanco, tomando lo que era de ella.

Pecado era querer actuar como los dioses, ella solamente quería ser mujer.

Foto: Catecismo Católico, Editorial Herder, Barcelona, 1968: Libros Antiguos El Tejabán.  http://librosantiguoseltejaban.mex.tl/frameset.php?url=/photo_1295232_CATECISMO-CATOLICO–EDITORIAL-HERDER–BARCELONA–1968.html’