David Maza… efímero el amor… corta la vida…

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Me re-encontré con David Maza en el litoral de la isla, en una calmada playa de la costa este.  Se estaba saboreando un La Gloria Cubana tipo torpedo de amplio ring y de robusto sabor.  Cada bocanada de humo la pisaba con un buche de una fría cerveza Beck’s.  Tras disertar sobre la tripa, capa y capote del cigarro y quejarse con buenas malas palabras de la internacionalidad de tan deliciosa obra del placer, nos pusimos al día.  Habían pasado 25 años.

Fue fácil re-empatarnos.  Me contó mil y una historias.  Me habló, como solía hacerlo siempre, con un perfecto acento español, gringo y boricua.  Presumió de conocer al jefe del jefe del más importante de los jefes y de haber salido con su esposa tal vez.  Me explicó cómo resolver una gran parte de los problemas de la humanidad y me aclaró que, si le conseguía un par de millones de dólares con alguno de “mis amigos”, también podía curar el dolor de casi todo el país.  Me detalló lujosamente los pormenores de la reforma sanitaria necesaria que pusiera fin a todos los dolores de todas las personas y como siempre, aderezó la plática disertando sobre el derecho a pasarla bien.

Desde que dejé de verlo hasta ahora no había cambiado mucho; además de las canas que apreciaba con lujuria, ahora se había convertido en un famoso doctor: el archiconocido doctor Maza, el Doctor de las Estrellas.  Me contó de su accidente y del doctor chino que lo curó.  Y me repitió en inglés con divertido acento mandarín: “you sick, me fix, two thousand dollars”.

Fue entonces cuando me habló de su esposa y de sus hijos.  Me contó del verano en que la conoció.  Y me habló de la piscina de aquel famoso hotel.  Y con su hija sentada en su falda, mientras le daba consejos sobre la ingesta de vegetales verdes altos en fibra, me habló de la paternidad: “para esto fue que yo nací”.  Esa tarde me hizo entrelazar mis dedos sobre la nuca y apretándome fuertemente el esternón… ¡crack!, me ajustó la espina y sentí cómo la sangre hacia mi cabeza fluyó.  El día se me hizo corto pues pronto se excusó para ir a escuchar Misa dominical.

Hace unos días nos despedimos de David.  Frente a sus cenizas, algunos cientos de sus amigos nos re-encontramos con él.  Entonces repasé.  Compartí con David su entrañable amor por sus hijos.  Vivía tan enamorado de Sabrina y tan orgulloso de David Edward, su clon.  Admiraba de David su profundo amor que tenía por sus padres, doña Dolores y don David.  Celebraba de David su orgullo tan grande que sentía cuando hablaba de sus hermanos Marisa, Fico, Daniel y Lolita.

La última vez que nos vimos David se quejó de lo efímero del amor y de lo corto de la vida.  “Flaco, no pierdas tiempo, el amor se acaba y la vida es corta”.  Se nos fue muy pronto David.  Nunca nos dijo que estaba enfermo.  Nunca se quejó de su dolor.  Se fue sin darnos ninguna advertencia y sin permitirnos confesar a sus amigos, la entrañable admiración por su genio.

Es tan efímero el amor… y es tan corta la vida…

Lo más importante es ser feliz…

Siempre quise ser padre.  De niño lo deseaba con ansias y lo incorporaba como la parte más seria de mis juegos.  De adulto, vivo la paternidad como la más importante experiencia de  mi naturaleza.

Sebastián nació hace 17 años y Lorenzo hace 14.  Y cada vez que lo pienso, cada vez que reflexiono sobre mi paternidad, siempre llego a la misma conclusión: que no ha habido un día en el que pueda decir que el de ayer fue mejor que el de hoy.  Cada día que he pasado con mis hijos, ha sido mejor que el anterior.

Cuando Sebastián nació, el médico lo sacó cargado en sus brazos y caminando urgente hacia la Sala de Espera, gritó fuertemente su nombre y apellido: ¡Sebastián Alegría!  Me puse de pie de inmediato y acudí urgente a mi primera cita con la paternidad.  Me acerqué hasta donde mi hijo con unas fuertes ganas de decirle todo, pero no me salían palabras… había esperado tanto ese momento, había deseado tanto ser padre.  Entonces salieron de mi boca las mismas palabras que habitaban en mi corazón; le dije: lo más importante en la vida es ser feliz.

Desde entonces, por muchos años, cada noche al dormir y cada mañana al despertarse, le dije lo mismo a él y a su hermano Lorenzo.  Se los repetía como un mantra, tratando de que se lo aprendieran, aunque no lo entendieran.  Cada historia de mi niñez que Lorenzo me hacía contarle cada noche la terminaba siempre de la misma manera: lo más Imageimportante en la vida es ser feliz. Cada vez que cantábamos juntos As Time Goes By y recordaba con ellos la famosa escena de Casablanca, volvía a repetirlo: lo más importante en la vida es ser feliz.

Hoy que decido contar algunas de las experiencias de mi paternidad, me pregunto cuál es el único consejo que puedo darle a mi hijo Sebastián que pronto partirá a Estados Unidos a estudiar en la universidad.  Y por más que lo piense tiene que ser el mismo.  A los hijos tenemos que ayudarlos a que definan sus rumbos, pero más allá del amor y la decepción; más allá de la prosperidad y la desesperación; más allá de lo sagrado y lo profano, se encuentra siempre el fin último: la felicidad.  Ese estado mental de tranquilidad y aceptación con placer y orden de nuestra realidad y de los planes que tenemos pensado, para cuando nos salgamos mañana de la cama; ese gusto, esa satisfacción, esa alegría.

La paternidad es una opción personal y volitiva.  Los hijos no escogen a sus padres, somos los padres quienes –unos más conscientes que otros– escogemos tener hijos.

La felicidad también es una opción personal.