¡Gracias, Papito!

Image

El recuerdo más antiguo que tengo de mi padre es verlo riéndose y conversando con mi madre, mientras mi hermano Carlos y yo jugábamos en el jardín frente al Museo de la Universidad en Río Piedras.  Era una gran diversión que había venido precedida por un gran lujo; habíamos ido a comer fuera, al Tastee-Freez de Río Piedras.  Yo tenía tres años.  Siempre lo llamé Papito.

Con sus virtudes y sus defectos, con sus corajes y sus valentías, mi padre fue el modelo de un hombre excepcional.  Comenzó a trabajar a los 12 años y ya nunca dejó de hacerlo hasta que murió 60 años después.  Las palabras se me agotan para poder describir la emoción, el orgullo, la honorabilidad con que repetía mil y una vez que había trabajado 37 años y medio para el gobierno, nunca llegó tarde y jamás tomó vacaciones.

Las rutinas se las inventó mi padre.  Todos los días de su vida se levantó a las 4:30 de la mañana.  Coló café.  Puso a hervir agua.  Tan pronto el líquido comenzó a burbujear puso dentro dos huevos.  Miró su reloj sin pestañear.  Y a los dos minutos los sacó.  Nunca tuvo un desayuno distinto.  Huevos pasados por agua.

Cada día de los enamorados le trajo una caja de chocolates Whitman’s a mi madre, acompañados de una postal escrita con su preciosa letra y su pluma fuente con tinta verde.

Nunca manejó.  Nunca tuvo auto.  A las 5:30 salía caminando de la casa hasta pararse frente a la mueblería del barrio.  A las 5:45 se montaba en la guagua pública.  Y no más tarde de las 6:15 de la mañana estaba sentado en su escritorio.

Lo conocí de jefe.  Supervisando empleados.  Entonces las oficinas eran como en las películas.  Salones amplios rectangulares.  Con largas hileras verticales de escritorios que nacían al final de la pared y morían frente a un solo escritorio, el de mi padre.  En su última posición ocupada mientras trabajó para el gobierno tenía oficina privada.  Con ventana al mar.  Y un fascinante diván en piel color verde acqua, que estaba separado de su escritorio por una mampara hecha de madera.  Me encantaba ir a la oficina con mi padre.  Todos los empleados que conocí de mi padre lo adoraban.  Más bien, lo respetaban como se respeta al Papa de Roma.

Le gustaba reírse.  Se reía con los chistes y le gustaba hacerlos.  Pero a la vez, era tan comedido.  Tan formal.  La única vez que vi llorando a mi padre fue cuando lo llamaron para informarle la muerte de mi abuelo.  En la marquesina de la casa había una pileta de cemento para lavar.  No sé exactamente qué él hacía allí.  Pero tras la noticia puso sus dos manos sobre la pileta, como aguantándose para no caer.  Y entonces vi cómo de sus ojos salieron lágrimas.  Con el tiempo entendí que los cedros no lloraban.

Lector insaciable.  Devoraba los periódicos y las novelitas.  Novelas cortas de vaqueros publicadas en papel barato, los llamados pulp magazines.  Se las intercambiaba con don Domingo por sacos.  Los sábados don Domingo caminaba desde las tres casas más abajo y frente al portón llamaba:

– ¡Don Alegría!  Mi padre salía ansioso con su saquito ya leído de novelas e intercambiaba con el vecino la mutua  y nueva fuente de placer.

¡Tenía tanta cultura mi padre!  Nunca tuve que abrir un diccionario si mi padre estaba cerca.  No hubo palabra que le preguntara y no supiera su respuesta.  Alguna vez me dijo que mientras más leía, más viajaba.  Como también me dijo: hombre bien vestido nunca queda mal.

Había también cierta tristeza oculta en mi padre.  Tenía un genio melancólico.  Doloroso.  Con el tiempo logré decodificar su tristeza.  Llegué a entenderlo.  Aunque me tomó tiempo.  Acepté, como Mastroianni, que hay cosas de las que no se habla.  Él calló su decepción.  Mi entendimiento lo celebré con una fiesta.

Murió hace 18 años.  Cuatro meses antes de que Sebastián naciera.  Nunca podré olvidar cuando Jo-Ann fue al hospital a verlo y él le acarició su barriga preñada.  El día que murió le describí la tarde.  Decían que los enfermos perdían sentido del tiempo y del espacio.  Desde la ventana de su habitación se podía ver un pequeño jardín con flores silvestres y palmeras.  Se las describí.

– La tarde está brillante.  Los colores del patio son amarillos y verdes.  Es un día limpio.

La noche antes yo había tenido un sueño extraño.  Al menos para mí.  El espíritu de mi padre había agotado toda su misión en aquel cuerpo y decidía moverse.  Esa noche se fue.  Relajadamente.  Como vivió.  Porque se muere como se vive.

En las noches, solo en mi cuarto, he sentido una presencia.  Me he despertado y salido de la cama.  He encendido la luz a ver si hay alguien.  Pero no se ve nada.  No siento temor, sino una profunda paz.  Siento que es mi padre.  A riesgo de parecer ridículo confieso que muchas noches, esas en las que me sentido triste, aturdido y hasta desesperado, he sentido a mi padre en mi cama, a mi lado.

Él hoy tendría 90.  Murió hace 18, poco antes de haber nacido Sebastián.  Siempre que recuerdo ese momento siento dentro de mi cabeza a Tiro Lara cantando: “pienso que por cada ser que se nos va, otro vendrá…”

¡Gracias, Papito!

Revolotea Coqueta

Image

(Le pregunté… si no fueras lo que eres ¿qué serías?  Me contestó… una mariposa…)

Tejida con hilos de seda

te preparas cautelosa

para zigzaguear sin tiempo.

Las alas aún mojadas

apenas se despegan de tu cuerpo.

Te han ido naciendo con los sueños

como escuálidas láminas

de fino vidrio de espesor pequeño

cubiertas por infinitas escamas

que aparecen transparentes

al fundirse con el cielo.

Frágilmente azules

y el sol filtrándose por ellas

decantando por tu piel sus destellos.

Si te miraran como yo te miro

verían a una suave bailarina

que asciende al ritmo de los vientos.

Mariposa de la buena suerte

con alas de gloria

revoloteando coqueta

por el firmamento.

Con tus alas azules

como flor voladora

haciendo cierto su empeño.

Mi mariposa azul

anoche soñé tu sueño.

Saboreo acariciar tu rostro – Carta 3

Image

24 de noviembre de 2013

Santo Domingo, Ciudad Primada de América

Mi querida Principessa –

Tus cartas son sangre para mi espíritu.  Las abro con el mismo disfrute con que beso la comisura de tus labios.  Con el mismo gusto incontenible con que saboreo acariciar tu rostro mil veces con la parte exterior de mis manos.

Me gozo tanto recibir tus cartas que me impongo el no abrirlas de inmediato.  Para prolongar la delicia que me provocan.  Para que el regalo sea más duradero.  En ocasiones dilato ese placer por días.  Aguantándome.  Tratando de reprimir mis sentimientos.  Cada lectura de tus palabras produce explosiones en mi cuerpo.  Siento que lo hacemos cuando te leo.

Esta vez he tardado tres días en abrir tu carta.  Volé doscientas cincuenta millas desde donde la recibí hasta abrir mi correo.  Quise escoger el lugar perfecto.  La cargué en el bolsillo de mi camisa todo el trayecto.  Justamente sobre el corazón.  Que se me estaba saliendo.  Al llegar a la ciudad vieja, caminé despacio por la Calle de Las Damas.  Hacia la gran plaza.  Y poco a poco la fui leyendo.  Con el paso corto.  Como se anda por el camino estrecho de un sendero.

Cariño mío, contigo rompo todos los acuerdos que conmigo tengo.  Contigo no hay orden.  No hay reglas.  Me despedaza el alma saber que te acuestas con otro.  ¿Para qué me lo dices?  Me mata la envidia.  Me corroe el coraje.  ¿Por qué me haces eso?  Entonces me confiesas tus fantasías cuando lo montas.  Que piensas en mi cuando le das placer austero.  Haciéndole creer que es el motor que te hace alcanzar las cumbres de fuego.  Tu osadía me rapta el juicio.  Me nubla.  Pero tus fantasías dan vigor a mi vuelo.

Recuerdo cuando lo hicimos.  Ese momento primero.

¿Cómo puede ser posible que el mismo día en que te conociera, un rato más tarde nos hubiésemos encontrado de nuevo?  ¿Cómo pudimos encontrarnos en el tren?  ¿Cómo?  Entre tanta gente.  ¿Cómo es posible?  Fue tu olor.  Percibido a los lejos.  Según fui aspirando tus efluvios divinos me fui adormeciendo.  En segundos nuestras miradas se encontraron.  Mientras me escrutabas fijamente, con lujuria incontenida, sin mirar el teclado de tu móvil me enviabas un texto.

─ Quiero hacerlo aquí contigo.

Me dejaste sin aliento.  Era la segunda vez que te veía.  Pero sentí que te conocía desde mis días primeros.

─ Ven aquí.  Detrás de mí.  Pégate cerca.  Frente a todos.  Quiero sentirte adentro.

Obedecí tus órdenes.

Caminé hasta ti.  Entre la multitud del tren.  Mientras sentía que un flujo incontrolable de perfusión de sangre inundaba mi cuerpo.  Estabas de pie.  Rodeada por todos.  Me acomodé a tus espaldas.  Conteniendo mis manos para no agarrarte por las caderas.  Cada movimiento brusco del tren era una oportunidad para acomodar nuestros cuerpos.  Sentí cómo se depositaban sobre mí cada una de las dos porciones carnosas y redondas que tanto me gustan de tu cuerpo.  Yo estaba inmóvil.  Asustado.  Fascinado.  Te sentí gemir.

─ ¡Qué estoy haciendo!

Tu insolencia es divina.  Mi gusto por ella es un castigo placentero.  No tengas dudas, vida mía.  Soy tu patria conquistada.  Por siempre y para siempre.  Seré tu auxilio, tu recurso, tu remedio.

Escribe pronto, Principessa.  Te lo ruego.  Necesito tus cartas.  Cuando leo tus cartas me doy cuenta que no podría vivir sin ellas.  Tus cartas me obligan a pensar en el amor.  Pero de eso hablaremos luego.

_________________________________________________________________________

La anterior es la 3ra de una serie de Cartas de AmorMensajes de Texto y Multimedia que se encuentran en los siguientes enlaces:

En el Día Internacional del Niño

Image

Me apasionan los niños.  Su alegría.  Su ingenuidad.  Sus juegos sencillos y divertidos.  Sus risas.  Las ganas que tienen de ser mayores.  Cuando era niño siempre quise ser mayor.  Ahora que lo soy, hay días que pienso que me gustaría volver a ser niño.

Tuve una gran niñez y unos padres excepcionales.  Mis necesidades atendidas.  Mis sueños estimulados.  No sobraba, pero tampoco faltaba.  Hoy crío a mis hijos con los mismos valores con que me criaron a mí.  Con las mismas preocupaciones de mis padres.  ¿Comiste?  ¿Estudiaste?  ¿Tienes tareas?  ¿Con quién vas?  ¿Quiénes van?  ¿A qué hora regresan?  ¿Cómo se llama la mamá?  ¿Qué llevas ahí?

Pero no todos los niños han tenido la misma suerte que tuvimos mis hermanos y yo, ni la suerte que han tenido mis hijos.  Al menos, así es que siempre decimos: ¡qué suerte tuvimos!  Sin embargo, me pregunto si en realidad se trata de suerte.  Si en realidad podemos llegar a creer que el éxito, la bondad, la decencia y la buena paternidad son producto del azar.  Bien mirado, lo que tuve fue una gran formación y la compresión y el amor de mis padres.

La cocina no miente, no puede salir del sartén nada mejor que lo que a él entra.

Como país tenemos exactamente la misma obligación que tenemos como padres: formar adecuadamente a nuestros hijos; pero además, tenemos que comprenderlos y amarlos.  Como país tenemos que reproducir todas esas buenas costumbres que tenemos como padres en la crianza de nuestros hijos.  Hay muchas de esas buenas costumbres que son fundamentales: descanso, alimentación, salud, vivienda, desarrollo físico, diversión.  Pero de todas ellas, las más importante es la educación.  La educación es la madre de la cual salen todas las costumbres.

El sistema educativo de Puerto Rico está en crisis: demasiadas escuelas deterioradas; demasiados  maestros sin la adecuada formación y adiestramiento; falta de materiales, recursos, libros, escuelas, maestros; excesivo fracaso en el proceso de aprendizaje.  Hay escuelas que apestan.  Escuelas cerradas.  Escuelas sin inodoros disponibles.  Sin fuentes de agua.  Sin bibliotecas.  Sin computadoras.  Hay cientos, sino miles de empleados del Departamento de Educación haciendo trabajos que no saben hacer, o que no quieren hacer o que no le han explicado cómo hacer.  Hay cientos de maestros fuera del salón de clases haciendo trabajos que no quieren hacer o no saben hacer o que no le han explicado cómo hacer.

Pero más que todo eso existe un grave problema de fondo, Puerto Rico no ha decidido qué es lo que le vamos a enseñar a nuestros niños.  Como país tenemos que escoger la formación que daremos a nuestros hijos hoy, para que aumentemos la certeza de lo que harán mañana.  Tenemos que escoger el país que queremos tener y tenemos que educar a nuestros niños en ello.  Puerto Rico tiene que decidir qué quiere ser cuando sea grande.

Pienso que hoy, que celebramos el Día Internacional del Niño en conmemoración a la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño el 20 de noviembre de 1959 y de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989, es un gran día para hacer grandes declaraciones.  Es por ello que yo, como papá de Sebastián y Lorenzo y por el entrañable amor que le tengo a ellos y a Puerto Rico, declaro en el Día Internacional del Niño que quiero una educación de excelencia para nuestros hijos.  Una educación que nos permita edificar una sociedad justa, de respeto a todos los seres humanos, de aprecio a todas las libertades, que conduzca a la felicidad y a la prosperidad individual y como nación.

¡Más Maestros, Menos Policías!

Yo también te extraño – Carta 2

Image

17 de noviembre de 2013

New York, New York

Amor mío:

Me erotiza recibir tus cartas.

Al dejarme sin aliento, tus palabras penetran mi cuerpo.

Cada tarde cuando me bajo en la estación central de trenes salgo corriendo a buscar tus cartas en la oficina de apartados del correo.  El de la Lexington y la 45, donde sigue estando el mismo café.  Allí me siento siempre y las leo.  Ya lo hago por oficio, aunque sepa cuánto tardas en contestar las mías.  Porque te empeñas en escribirlas a mano.  Con plumillas y tintas escogidas cuidadosamente, particularmente para la ocasión.  Como el tallador que escoge esa pieza de madera que lo hará sacar de ella al más santo de los santos.

Quizá por eso piense que tus cartas son melancólicas.   Porque tardan.  Porque recuerdan.  Porque me obligan a pensar en ti primero.

Me encanta recibir tus cartas.  Me encanta saber, aunque sea egoísta, que te duermes pensando en mí y en las cosas que hemos hecho.  Me encanta esconder tus cartas bajo mi almohada, a riesgo de ser descubierta.  Como queriendo serlo.

Tus cartas huelen a ti.  Las huelo para recordarte y sentir que estoy a tu lado.  Las rozo con mis dedos como si fuera tu rostro el que acaricio.  El que halago.  El que agasajo.  A veces, acostada a su lado, las saco de su escondite y me las froto por mis pechos.

¿Recuerdas el día que nos conocimos?  Fue dentro de un elevador.  Con solo verme me dijiste que yo era bella.  Nunca me había pasado.  No es nunca me hubieran dicho que soy bonita; a eso las mujeres nos acostumbramos.  Siempre me has dicho que recuerdas mi color rosado.  Pero a nadie como a ti, los ojos lo habían delatado.  Tu gusto por mí se te salió por ellos descontrolado.  Como un apetito sin moderación.  Es que tus ojos son como los manantiales que surgen en los llanos.  En tus ojos te puedo ver todo.  Tu pasión.  Tu obstinación.

Nunca te lo he dicho, pero me gusta que seas tan predecible cuando te fascina algo.  Me gusta tener la ventaja de advertirte de control austero.

Fui arriesgada.  La chica del elevador, así me llamaste cuando contestaste el texto que te había enviado.  Confieso que dentro de aquella caja sellada que ascendía por los pisos sentí nuestros cuerpos imantados.  Como cuando hicimos el amor por vez tercera.  Cuando tuvimos aquella fascinante conversación sobre el cuerpo, el alma, la mente y el espíritu.  Cuando hablamos del desdoblamiento.  Cómo olvidarlo.  Jamás olvidaré tu regla de que hay que estar desnudos para hablar de temas serios.  Creo que por eso me encanta hablar contigo de las cosas graves y severas, de las reales y las verdaderas.  Pues estando desnudos no hay engaño.  No hay burla.  No hay doblez.  No hay disimulo.

¿Sabes algo? Tus cartas también me duelen.  No solo porque me recuerdan las cosas que no hemos hecho.  Más bien se trata de una tristeza vaga.  Sosegada.  Aunque es casi permanente.  Y dolor siempre es dolor, aunque no sea severo.  Saber que, aunque lo quisiera, habrá cosas que nunca podremos hacer y que no es suficiente el deseo.  Saber que no le tenemos nombre a esto que tenemos.  Que sabemos del principio pero que no tenemos preocupación por el final verdadero.  Aun así me gusta que no estés pensando en qué pasará mañana.  Que vivamos lo nuestro sin miedo.

Yo también te extraño.  Aunque no estemos juntos.  Aunque no esté segura si te extraño de la misma manera que tú me extrañas.  Tu extrañeza es romántica, sensual, sensorial.  En mi caso, cuando te extraño me siento desterrada.  Rechazada de una patria que yo conquisté primero.

Por eso cuando me acuesto, me dedico a volar contigo aunque no esté a tu lado.  Recuerdo nuestras lecturas de Mahfouz, Pamuk y Kundera.  Y me voy de viaje contigo al Cairo, Estambul, Praga.  Tomados de la mano.  En público.  Sin recato.  En medio de las grandes plazas.  Como los turistas tomándonos fotos y videos.  Te confieso que tengo esa por fantasía cuando tengo sexo con mi compañero.  Sé que no debo decirlo.  Pero el nuestro es un sentimiento sincero.  Cuando estoy sentada sobre él, me contorsiono y fantaseo con la idea de que estamos de viaje por el extranjero.  Es solo de esta forma como llego a la culminación del placer.  Cancelando el recurrente sueño que tengo en las noches contigo, donde siempre perdemos un vuelo.

Amor mío, yo también te extraño aunque estemos tan lejos.

_________________________________________________________________________

La anterior es la 2da de una serie de Cartas de AmorMensajes de Texto y Multimedia que se encuentran en los siguientes enlaces:

Anoche te extrañé más que nunca – Carta 1

Image

10 de noviembre de 2013

San Juan de Puerto Rico

Cariño mío:

Anoche te extrañé más que nunca.

Me hizo falta que recostaras tus pechos sobre el mío, puesta un poco de lado, mientras te arropaba con mi brazo y ponía mi mano en esa parte que tanto me gusta de tu cuerpo.  Esa deliciosa parte donde termina la espalda para convertirse en caderas.

Me gusta tu cuerpo.  Me gusta el color brillante de tu cuerpo.  Me gusta tu desnudez.  Me gusta verte sin ropa.  Me gusta verte caminando desnuda por la casa.  Mientras la luz brillante que se cuela por las cortinas de la sala ilumina tu cuerpo.

En las noches, para dormirme, me gusta recordar las cosas que hemos hecho.  Y me gusta repasar, una y otra vez, las que aún no hemos hecho.  Me gusta confundir ambas cosas.  Me gusta sentir que todo ha pasado.  Me gusta que nada haya pasado. Aunque no sea real.  Eso me gusta.

Me gusta recordar.

Me gusta recordar que nos hemos bañado juntos.  Que he disfrutado mucho ver el agua caer sobre tu pelo mientras discurre obligada hacia el origen.  Hacia el mismo centro.  Me gusta recordar, aunque no sea cierto, que te besé toda.  Sin tiempo.  Poco a poco.  Y que descubrí tus imperfecciones, que por más que avancen jamás podrán alcanzar las mías.  Me gusta descubrir un lunar guardado en algún escondite de tu pecho.  Me gusta besarte.

Me gusta recordar, aunque no haya pasado, cuando leímos juntos del mismo libro, desnudos en la cama.  Cuando encontramos juntos esa parte, esa línea, que tanto nos gusta y que tanto mencionamos.  Me gusta cuando, mientras te preparo el café, corres a la biblioteca a encontrar urgente la línea que sigue a la que acabo de recitar.  De mi antigua memoria.  De mis antiguas lecturas. De mis antiguos libros.  Y me gustan tus notas.  Escritas impecablemente, con una letra cariñosa y limpia.  Me gustan tus dedicatorias en los libros que me regalas.  Me gusta que me regales libros.  Me gusta que ya tú los hayas leído.  Me gusta que me recuerdes algo que dice el libro, aunque no haya pasado.

Me gusta recordar el día en que llegaste.  Me gusta saber que no lo olvido.  Me gusta recordar tu mirada.  Tu mirada coqueta y cautelosa.  Tu mirada perversa.  Me gustan tus perversidades.  Me gustan nuestras perversidades.  Me gusta recordar el sonido de tus zapatos.  Me gusta que dejes la puerta medio abierta.  Las cortinas a mitad.  Para que entre la luz.  Para que se cuelen de manera imposible los fisgones.  Me gusta tu candor.  Me gusta tu atrevimiento.

Me gustan tus sueños.  Los mágicos.  Que nunca son los menos.

Me gusta recordar cuando nos tocamos por vez primera.  Me gusta dormirme pensando en ello.  Me gusta recordar que fuiste tú quien me tocó primero.  Me gusta que no tengas recato.  Me gusta todo lo que no es somero.

Me gusta desarmar contigo los códices.  Encontrarle sentido a lo profano.  Después de los cincuenta se hace más fácil disfrutar lo que no es sagrado.  Lo no secular.  Lo inmodesto.  Lo libertino.  Lo no amparado.

Me gusta que siempre falten las palabras.  Me gusta nuestra ausencia de silencio.  Me gustan cada día más tus palabras.  Me gusta cuando inventamos palabras.  Cuando no tenemos manera de llamarle a lo que tenemos.

Me gustas cuando no llegas.  Porque cambio mi forma de concebir el tiempo.  Solo así es cuando me gusta lo urgente.  Cuando todo es más inmediato.  Cuando las horas son días y los días son años.  Me gusta sentirme confundido.  Me gustan los enigmas.  Me gusta cuando buscamos la forma de aclararlos.

Me gusta que anoche te haya extrañado.

RA

_________________________________________________________________________

La anterior es la 1ra de una serie de Cartas de AmorMensajes de Texto y Multimedia que se encuentran en los siguientes enlaces:

Applaud! You’ve arrived in Puerto Rico!

Valete et plaudite!

When I was nine years old, I was taken to the WAPA-TV studios to participate in the filming of Cine Recreo, a game and talk show in which Pacheco, a delightful character born in Spain and raised in Cuba, presented cartoons and entertained children with games and unthinkable wisecracks. In addition to the extremely low height of the man, I was surprised to see a man wearing headphones and microphones over his face carrying large cue cards that instructed us to applaud. What joy! I believe that, from that day on, applause has never ceased to fascinate me.

I love applauding when the plane lands!

We Puerto Ricans have developed the custom of applauding when planes land. Some of the more refined and elegant among us look at us with surprise and display their embarrassment of this practice, since it may seem as though it is comparable to the serious violation of the musical protocol that states that, at concerts, one should applaud only at the end of each work, never upon the conclusion of any of the movements.

In reality, this act that we find so pleasurable responds to a genuine celebration to display joy, gratitude, homage, and spiritual peace. And—lest I forget to mention—to congratulate the captain of the aircraft on bringing us back home.

From time immemorial, various civilizations and cultures have used applause for the same purpose: approval, flattery, gratitude, and celebration. Just as the Egyptians, and Puerto Ricans, paid women to cry at burial ceremonies (the so-called plañideras, or paid mourners), Bishops, Emperors, and Pharaohs hired people to applaud them. Perhaps Nero is the most amusing example of the practice of applause-for-pay.

While they might say that flying by plane is safer than traveling by car, no one actually believes it. People’s faces during take-off and landing, particularly those who are flying for their first time, are priceless.

The truth is, though, that as Puerto Ricans love to applaud.

We love applause so much that when the governor goes before the legislature every year to deliver the State of the Commonwealth address, the most distinguished journalists from the most exquisite media outlets invest time counting the applauses that he receives and include it as a prominent part of the story that they publish. In fact, if the governor receives very much or very little applause, it could even make the front page of a newspaper.

And the thing is, in Puerto Rico, we applaud for everything.  Not only when we shouldn’t do it at concerts, but also when a conga player or trumpet player delights us with an outburst in the middle of a dance; at the cinema if we like the movie; in our homes while we watch beauty pageants, boxing matches, and basketball games on TV. We applaud when children take their first steps or speak their first word; when our children earn good grades at school; at graduations; at baptisms; on birthdays; when some famous gringo says “Porda Ricow” before a packed audience. We even applaud national anthems deliriously.

The applause of Boricuas is impulsive, spontaneous, and irrepressible. It’s a rite. It synchronizes quickly. It’s a work of art.

For the contests on his TV variety shows, Luis Vigoreaux invented (that’s what I believe) a device that people called the aplausómetro (clap-o-meter), which measured the audience’s approval and was used to decide the winner. And so that the applause doesn’t stop, we even place claques (from the French verb claquer, “to clap”) in the audience to initiate applause for politicians and performers. Since applause is so contagious, as soon as one begins to applaud, the rest of the crowd follows suit.

But there’s more to it.  It’s that we’re Puerto Rican.  Six, seven decades ago, when a poor Puerto Rican lonesomely boarded a plane for the first time to go to New York to work and maintain his starving family, he must have felt desperation and fear. Yet, when the plane touched ground, he felt glad and hopeful. The fact of the matter is that it didn’t really matter where he was going, what mattered was why he was going—he was convinced that, there, he could obtain everything he needed to live out his dream, it was a step toward freedom. Arriving at that destination, which could have been any destination, was reason for great applause. Returning to one’s beloved homeland after working hard—and even fighting wars that were meant to be fought by others—is reason enough to applaud. In my mind, this is the origin of this fabulous and respectable practice.

It may be that someone, such as Emperor Laureano, may wish to replace applause with white scarves dancing in the wind. Perhaps some may wish, as has already been done in certain places in the world, to prohibit applause in theaters. But not in Puerto Rico.

In Puerto Rico, applause has a true raison d’être, it makes sense, and it has history. As I have found out, Italians and Germans, Chileans and Colombians already emulate us. If we teach the whole world to dance salsa, I am certain that we will soon get them to applaud, as well.

Next time you come to Puerto Rico and begin to hear the applause, don’t be embarrassed—be happy and allow yourself to get caught up in it. If you are a foreigner, know that we are giving you our warmest welcome.

Applaud! You’ve arrived in Puerto Rico!

Anoche fui por ti

Anoche fui por ti

Y me desplacé por sobre tu cuerpo

Como si por siempre
Hubiese yo conocido
Cada uno de los caminos
Que tus efluvios divinos
Iban trazando
Sobre tu cielo

Y recorrí atolondrado
Unas veces con paciencia
Otras veces
Ausente de escrúpulo
Cada tersa pulgada
De tu bruñido cuerpo

Como buscando con ello
El lugar más oscuro
Y no encontré nada
Que no fuera suave
Que no fuera limpio
Que no fuera puro

Y conocí cada esquina
Hasta olerla con mis ojos
Y me detuve en cada atajo
Hasta mirarlo detenidamente con mis labios
Y bebí de tus brebajes
Que surgían de tus ríos
Y dejaban mi alma ronca

Y puestas tus manos
Dentro de las mías
No entrelazadas
Sino más bien escondidas
Cabalgamos juntos
Hacia el encuentro de las cosas
Que parecen siempre perdidas

No sé cuándo nos encontramos
Tampoco me aturde el final

Se que me derrito entre tus brazos
Relajadamente, para nunca acabar

Se que hacerte mía
Es un mero decir
Pero que más yo querría
Si es razón para vivir.

Esta noche en la lejanía
Nuevamente iré por ti
Y astralmente te enviaré un mensaje
Que para siempre tú eres mía
Y que yo siempre seré de ti