Saltando al Reverso

SALTO AL REVERSO

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por Reynaldo R. Alegría

Venían de todos lugares.  De México.  De España.  De Argentina.  Del Perú.  De Colombia.  De Puerto Rico.

Llegaban de todas maneras.  En motoras.  En barcos.  En trenes.  En aviones.  En fotos.  En bicicletas.  Por los cables y sin ellos.

Decían palabras.  Evitaban palabras.  Jugaban con las palabras.  Dormían con las palabras.  Y con las fotos.  Y con la música.  Y con los verbos y los adverbios.

Saltando distancias.

Superando espacios entre en el entendimiento.  Saltando.  Creando puentes.  Omitiendo.  Brincando por encima.  Menos sobre las palabras.

Poniéndose encima.  Copulando.  Arrojándose desde las alturas.  Hasta los infiernos.  Alzándose con impulso.  Palpitándoles con irreverencia el corazón.

Pero en reversa.

En contra de todo lo que esté en contra.  Cayendo hacia arriba.  Hacia lo alto.  Transitando entre los mundos sin caer en el medio.  Salto moral.  Nunca mortal.  Por debajo del listón que impone el destino.  Huyendo hacia lo bueno.

Saltando…

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El Encuentro de los Amantes – Carta 8

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29 de diciembre de 2013

New York, New York

Amor de mi vida –

No sé cómo pude aguantar las ganas de lanzarme sobre y ti y devorarte a besos.

Sentada en la mesa del fondo, al final a la izquierda, te esperaba según acordado.  A las siete y media de la noche en punto apareciste bajo el umbral de aquella enorme puerta que define el regazo de una sala templada que parece dar consuelo a los que sienten frío, de una amplia, atestada y perfecta terraza.

Llegaste vestido como el primer día, excepto el abrigo.  Traje oscuro, camisa blanca en algodón con yuntas, lazo azul con puntos blancos con nudo tipo mariposa y un abrigo largo y oscuro.  Sobre la mesa una curiosa sombrilla roja con luces inofensivas que producían un delicioso calor alumbraba mi deslumbramiento.  La baja temperatura no impidió que disfrutáramos de tan espectacular lugar.  Un punto en el espacio que contiene todos los puntos.

Te sonreíste algo temeroso cuando me viste.  Sorprendido quizá porque llevaba puesto el mismo vestido de la primera vez.  Acaso los nervios te delataban.

Te fuiste acercando comedidamente.  Sabiendo que nos habíamos encontrado para hacer lo inevitablemente voluntario.  Nos fundimos en el más delicioso de los besos.  Fui yo la que buscó tu boca.  Mi boca.  Tu boca en la que latía impetuoso mi corazón y que te sabe a mí desde el primer día.  Tu boca que es mía.  Porque la boca de un hombre, cuando él le pertenece a una mujer  –como tú a mí–, es de ella y sabe a ella por siempre.

Después de besarte como si nunca lo hubiese hecho, y antes de sentarnos a la mesa, te miré a los ojos y contesté tu pregunta.

–Me amas tanto como yo te amo, te dije.  A partir de ese momento no fue necesario hablar más sobre el asunto.  Todas las preguntas estaban hechas.  La más importante estaba contestada.

–Por eso, amor mío, siempre seré tuya.

Nos dimos un largo abrazo.  ¡Cuánto me gustan tus abrazos!  Sorpresivamente le pediste a la joven que estaba sentada al lado de nosotros que nos tomara una foto con tu móvil.  Nos agarramos mutuamente por la cintura y recosté mi cabeza sobre tu hombro, como tantas veces lo había deseado.  Me enviaste la foto por mensaje de texto con una frase trillada que aún no acierto a comprender: lo prometido es deuda.  Es cierto que cumplías tu promesa de tomarnos una foto juntos.  Aunque se trate de un tesoro prohibido.  Una riqueza que no se puede gastar.  Como el bandido que de tanto robar está rico y no puede hacer uso del dinero mal habido.

Entonces nos sentamos.

Descorchada sobre la mesa estaba una botella de Chateau Ducru-Beaucaillou Saint Julien.  Nuestro Ducru-Beaucaillou.  El vino rojo más romántico que haya tomado.  Te me acercaste al oído y me susurraste que ese vino tenía atributos intensamente afrodisiacos.  Aromas florales entremezclados con frambuesas, grosellas negras y taninos aterciopelados.  Dulce, color púrpura denso y de cuerpo medio a completo.  Una experiencia muy sensual.  Servido en aquellas copas, tomado en aquella mesa, puesta en aquella terraza, con aquella vista y en tu compañía, la ocasión se sentía elegantemente erótica.

En tu habitación del Marquis en Times Square aquella noche del viernes, 27 de julio de 2007, nos habíamos prometido hospedarnos en The Peninsula.  Una exquisitez de lujo totalmente meritorio de ocasión tan especial.  Seis años y medio después allí estábamos, pero esta vez con la llave de una habitación.

¡Jaque!

Nuestra conversación en la Terraza fue larga y casual.  Como dos amigos que hace tiempo no conversan y se ponen al día en todos los asuntos.  Los más serios.  Y los más triviales.  Pero según iba avanzando el tiempo, la sensación de urgencia que la incertidumbre produce empezó a ganar energía.  Terminada la segunda botella del rojo, a las 10:41 de la noche me levanté de la mesa y te dije: vámonos.

Había estado toda la tarde preparando la habitación con la ayuda de James, mi confidente y amigo.  Quien único sabe sobre nosotros y quien haría cualquier cosa por mí.  Trabajé medio día.  No me habría hecho falta de no haber sido un día 27.

Como ha sido tu costumbre por los pasados 66 meses, el día 27 Mario llega hasta mi oficina con las flores que me envías.  Ya lo conocen.  Para llegar hasta el piso 22 del número 135 West de la Calle 50 hay que tomar un elevador hasta el piso 21, cambiar de elevador y llegar hasta el próximo piso.  Una faena reservada para empleados y visitantes autorizados, que Mario hace algún tiempo superó.  A las nueve de la mañana en punto, el hombre me estaba depositando sobre mi escritorio un hermoso arreglo de 27 flores y una nota escrita en manuscrito por ti: Tulipanes rojos para los que creen en el amor.  RA

Dejé que entraras primero.  La impresión de tu rostro la tendré grabada toda la vida.  Había decenas de velas en cada esquina de aquel cuarto.  A todas las alturas.  En todos los niveles.  Arropé todo cuanto pude con pétalos de rosas rojas.  Preparé un trillo de pétalos para que caminaras sobre él.  Esparcí sobre la cama cada hoja transformada en pétalo y que alguna vez fue corola de una flor.  Adorné con guirnaldas de rosas rojas los dos grandes espejos del baño, con especial atención al que está contiguo a la bañera donde nos bañaríamos juntos.  Más que una fastuosa habitación de hotel, estabas entrando a un santuario donde se practicaban ritos sagrados.

Una vez más, fui yo quien te dominó.  A los hombres los confunde, aunque le gusta, que seamos las mujeres las que estemos al mando en la cama.  Te desnudé.  Poco a poco.  Como lo haces tú conmigo.  Te besé cada esquina de tu cuerpo.  Como aprendí de ti.  Olí con calma tus perfumes.  Como me enseñaste.  Sentí cómo te excitabas sin control.  Como yo me excito.  Descontrolada.  No permití que me tocaras.  Como haces conmigo.  Yo misma me desnudé.  Como haces tú.  Las ganas incontenibles que tenías de tocarme y el impedimento que te impuse aumentaban exponencialmente tu deseo sobre mí.  Eché tus manos hacia atrás y sin permitir que me tocaras, te hice el amor.  Estando sobre ti pude ver los gestos de tu cara.  El placer, cuando es verdadero, tiene rostro lujurioso pero delicado.  Tú lo tenías.  Nos culminamos a la vez.  Como la interpretación musical sinfónica donde cada instrumento entra en el momento adecuado, ni un minuto antes, ni un minuto después.  Entonces froté con ritmo calmado cada espacio de tu cuerpo con abundantes y exóticos aceites de Ylang-Ylang que traje de las Filipinas.  Hasta que te calmé.  La última vez que vi el reloj eran las 3:48 de la mañana del sábado, 28 de diciembre de 2013.  Ungiéndote me quedé dormida.

A las 6:40 de la mañana del sábado tus besos sobre mi cuerpo me despertaron.  Mi cuerpo produjo una lluvia interior de placer que poco a poco tú fuiste calmando.  Me conoces.  Sacas de mí lo que nadie puede.  Contigo alcanzo cumbres luminosas de gozo.  Pedimos desayuno en la habitación y a las 11:00 de la mañana estábamos caminando por el Parque Central.  Tomados de la mano.  Qué atrevida fui y cuánto lo disfruté.  En eso los hombres son austeros.  Asustados.  Pero como tú dices, a mi edad he decidido no dejar de hacer aquello sobre lo que tengo deseo.

Luego caminamos por la ciudad.  La Quinta Avenida.  Las librerías.  Las tiendas donde compras tus plumas, tus papeles y tus tintas.  Tomamos almuerzo en Katz, ese centenario Deli que tanto te gusta.  Y regresamos extenuados a la habitación.  Nos bañamos juntos.  A las 9:00 de la noche cenamos en Balthazar’s y de allí en unos pasos nos fuimos a Pravda, mi bar preferido que conocí estando contigo.  De vuelta al hotel pasada la 1:00 de la mañana del domingo nos volvimos a meter en la cama.  A eso vinimos.

A las 3:28 de la mañana parecía que no dormiríamos.  Desnudos, comenzamos a hablar de cosas serias, nos confesamos.  Admití que cuando te conocí en la oficina, tomé tu número de celular de la agenda de mi jefe y te envié atrevidamente un mensaje de texto.  Me gustaste desde que nos vimos en el elevador.  No pensé lo que hice.  Me dejé llevar.  Jamás lo había hecho.  Fue un impulso natural.  Como cuando coincidimos unas horas más tarde en tren y lo hicimos frente a todos.  Admití las peripecias necesarias para enviarte flores al cuarto en tu hotel.  Te me ofrecí, es cierto.  Fui osada.  Pero te hice mío.

Eres mío.  Para siempre.

Eres mi conquista, aunque cada día te siga extrañando como si estuviera desterrada en mi propia patria.  Pero ya no viviremos más con la duda.  Nos pusimos de acuerdo en entender todo cuanto hace falta para saber que nos amamos y somos felices.  Admitimos que la felicidad no es perfecta.  Que la felicidad es la que se tiene.  Y que nosotros somos felices.  Aclaramos que nos amamos.  Y que seremos amantes por siempre.  Que nunca nos liberaremos.  Porque nuestro amor no es un rumor, sino un vicio.  No hay amores prohibidos.  No hay manera de vedarlos.

¡Jaque mate!

Tu vuelo salía a las 6:11 de la mañana y Mario te recogería hoy a las 4:15.  A las 5:10 de la mañana Mario casi nos tumba la puerta.  Nos habíamos quedado dormidos.  Hiciste la maleta en minutos.  Solo un milagro permitiría que no perdieras tu vuelo.  Fuimos en el camino tomados de la mano.  Sabiendo que pronto acabaría.  Llegamos.  Nos despedimos con un abrazo.  Fuerte.  Apretado.  Nos dimos un rico beso.  Te seguí con mi vista hasta que dejé de verte.

Regresé al hotel a preparar la vuelta a mi casa.  A la entrada me topé con esas bellas e impresionantes escaleras en el vestíbulo del hotel.  Caí en cuenta, nuevamente, que ya no estarías en la habitación.  Antes me había sentido como Borges.  Había pensado con melancólica vanidad, cambiará el universo pero yo no.  Pero no era cierto.  Me doy cuenta que eres el mismo hombre de quien me enamoré,  El mismo.  Seguiré enamorada de ti el resto de mis días, lo prometo.  Soy la que más te ha querido por más tiempo.  Soy la que más te ha amado.

Mario me devolvió a la estación del tren.  Todo había pasado.  Debía regresar a casa antes de las 10:00 de la mañana cuando él regresaría.  Nada había pasado.  Me subí al tren y escondí mi cara dentro de mis manos.  Todo olía a ti.  Me miré en un pequeño espejo.  Tenía dudas, pero mis ojos estaban brillantes.  Recordé mis viejas lecturas.  Hoy sólo era la víspera, el día sería mañana.  De eso estaba segura.

Tuya por siempre.

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La anterior es la 8va de una serie de Cartas de Amor, Mensajes de Texto y Multimedia que se encuentran en los siguientes enlaces: