Investigador de Amantes

Detective

por Reynaldo R. Alegría

 

What’s on your mind?

No se aceptan enamorados sin 100 cartas de recomendación.

Nos reservamos el derecho de admisión.

El status que su amiga, Ángeles de los Milagros, había colgado en su página de Facebook ya alcanzaba 194 likes y 13 shares.

La tentación era muy grande para el Inspector retirado de la Policía Moisés Navarro.  Le dio vueltas a la idea.  Lo pensó y se comunicó con ella.

– Angelita, tengo suficiente training para saber que has conocido a alguien y tienes dudas.

– Por favor, Moisés.  ¿De qué hablas?

– No soy tan viejo, Angelita… pero tengo diez veces la calle que tienes tú.

– Pues hay alguien, pero no es nada serio.

– Por supuesto.  Me preguntaba si necesitabas ayuda.

– ¿Ayuda?  ¡Pero te has vuelto loco, Moisés!

– He visto los likes y los shares, Angelita.  Tus amigas son mujeres con plata.  Aquí hay una oportunidad y la necesito.  Ayúdame a conseguir algunas clientas y te doy la mano.  Si el hombre es bueno, yo te lo voy a decir.

– No tienes idea de las cosas que mis amigas me han dicho.

– Te llamo y me cuentas…

Hay cosas que cuesta trabajo decir.  Al menos públicamente.

Así que el Inspector Navarro redactó un breve anuncio que recogía lo conversado y le pidió a ella que lo colgara en su página privadamente para sus amigas, como si ella lo hubiese redactado.  En los temas de dignidad su padre había sido el gran maestro: nunca se habla de uno mismo.

Queridas amigas:

No van a creer esto.  ¡He recibido cantidad de mensajes privados por inbox!  Algunos parecen broma, pero bien mirados todos son muy serios.  La idea de las cartas de recomendación ha ido evolucionando y he hablado con un amigo que me ha dicho estar dispuesto a realizar investigaciones de amantes.  ¡Pueden creerlo!  Cuando una está en busca de su gran amor, todo vale.  Aquí un pequeño anuncio informativo que redacté y seguro les será de utilidad:

Investigador de Amantes

El prestigioso Inspector retirado de la Policía, Moisés Navarro, ofrece sus servicios investigativos para potenciales amantes.  El Inspector Navarro, cuyo retiro fue producto de un accidente en el cumplimiento del deber de la División de Investigaciones de Crímenes Pasionales de la Policía se desempeña como profesor a tiempo parcial en la Academia de la Policía Estatal donde enseña, entre otros, el Curso de Pericias Informáticas en el que se estudia la autenticidad de la información digital, vías de acceso ilegítimo, sabotaje, espionaje, piratería, rastreo y análisis de correos electrónicos e Internet.  ¡Un experto en vidas privadas!

Los servicios de investigación de enamorados consisten en:

  • Generales – Edad, profesión, estatura, peso, si es casado o si lo ha estado.
  • Gustos, hábitos y costumbres personales – Si usa perfume, fuma, hace ruidos cuando come, si toma café, va al gimnasio. Si come habichuelas, ensaladas, vegetales.  Si toma alcohol.  Si es pulcro.  Si cuando toma se quita la ropa interior.  Si se bañaría desnudo en la playa o si lo ha hecho.
  • Habilidades – Si sabe cocinar, pintar, dibujar. Si sabe arreglar cosas en la casa.  Si baila.
  • Carácter – Cómo maneja el stress. Si grita cuando conduce.  Si ha tenido reclusiones por quebrantos emocionales.  Si es arrogante.
  • Relaciones interpersonales – con cuántas mujeres sale o ha salido, si está desesperado por conseguir a una mujer y cual depredador sale con todas o si tiene gusto particular y cuidadoso.
  • Vida familiar, paternidad – Cómo se lleva con la familia, si tiene madre viva y si se parece a ella. Si tiene hijos y sus edades, su comportamiento como padre, si paga pensión alimentaria, cuánto y si está al día.
  • Récord criminal – Si ha cometido delitos, si ha matado, si es ofensor sexual.
  • Situación financiera – Si está estable económicamente, valor de sus activos y pasivos, si es ahorrativo o pródigo o tacaño.
  • Evaluación critica de cartas de recomendación.
  • Análisis cruzado de declaraciones públicas de amor.
  • Análisis facial y muscular antes, durante y después de besar una mujer y otros actos demostrativos públicos.
  • Si alguna está interesada, favor de llamarme para darle la información de Moisés. El costo de los servicios dependerá del alcance de la investigación.

– Angelita, lo he visto todo.  Es un buen hombre.

– Gracias, Moisés.

 

Foto: Münchner Detective por Rozsag, http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html.

Soy el Presidente

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por Reynaldo R. Alegría

 

El Presidente es un hombre fascinante.

Inteligente.  Guapo.  Culto.  Con unos modales deliciosos.  Y un carisma peligroso para una mujer, aunque fuera tan fuerte como yo.

La democracia de nuestra nación andaba frágil y teníamos la convicción de que esa noche, al término del conteo, habríamos de prevalecer cómodamente contra el hombre que nos había arrebatado la Presidencia burdamente.  El Pueblo estaba con nosotros.

El poder embriaga.  Aún sin tenerlo en tus manos.  Si está cerca, emborracha.

La campaña había sido dura.  Pero alegre.  Divertida.  Con poca plata y muchas ganas.  Yo había caído rendida ante ese hombre.  Al que nunca hemos dejado de llamar Presidente.  A pesar de mí.

Mi trabajo con él fue intenso.  Y sabernos enamorados lo hacía todo más intenso.  Al menos así lo entiendo hoy.  Aunque nunca nos tocamos.

El día de la elección fue largo.  Terminada la jornada para mí quedaba claro que no habíamos prevalecido.  A pesar de que siempre se le dice lo mismo a los seguidores.  Hasta que se cuente el último voto.

Sin huestes en los cuarteles.  Sin más aplausos.  Ni vítores.  Sin luces.  Ni periodistas.  Y a cada minuto más embriagado del poder, me pidió algo inesperado.

– ¿Tienes llaves de la casa de campo de tu familia de la que te escucho hablar tanto?

– Sí, Señor Presidente.

– Vámonos en tu auto.

Adormecido por el poder y por el cannabis que ahora fumada sin recato mientras yo conducía, el Presidente reclamaba lo suyo.

– Yo gané.  Soy el Presidente.

Llegamos temprano a la casita.  Con el sol en la cara.  Y yo con una carga que no sabía controlar.  Por los próximos dos días le escuché sus quejas y reproches.

– Yo gané.  Soy el Presidente.

Tomó café muy dulce.  Y vodka sola.  Con hielo.  Fumó pasto.  No se rasuró.

Estaba malditamente embriagado.  De poder.

Al tercer día se levantó temprano.  Escribió.  Tomó café negro sin azúcar.  Escribió.  No tomó vodka con hielo.  Escribió.  No fumó más pasto.  Escribió.  Tomó un baño largo.  Al mediodía partimos de regreso a la ciudad.

Frente a la prensa, el Presidente habló fuerte.  Graciosos.  Carismático.  Aceptó el resultado.  Informó que ese día empezaba nuevamente la campana.

– Después de todo yo gané – dijo.  Soy el Presidente.

 

An Officer Blowing a Trumpet, Anthoine Palamedes, Public domain work of art.

Marina y sus recuerdos guardados

 Pyramide Tropiques

por Reynaldo R. Alegría

 

El lunes, 14 de febrero de 1994, Armando Pérez le regaló una rosa roja a Marina Villanueva.

Marina tenía ochos años y cursaba el Cuarto Grado de Escuela Elemental.  El gesto de Armando venía motivado por su madre, quien la noche antes lo acompañó a la farmacia del barrio, le compró una tarjeta con mensaje impreso apropiado para la ocasión y le sugirió las palabras con las que debía entregar la simbólica flor, del simbólico color, en el simbólico día, a la simbólica niña.

– ¿Para mí?

Armando sintió tanta emoción que no pudo recitar las palabras escogidas por su madre.

– Para que me recuerdes – fue todo cuanto alcanzó a decir.

Al llegar a la casa, Marina depositó el brote rojo de la planta de espinas dentro del libro del Curso de Español.

Desde ese día, Marina guardó todo aquello que le recordara cualquier experiencia con el amor.  Contraseñas de boletos para el cine, envolturas de regalos, cajas de empaques, botellas de perfumes, notas, cartas, tarjetas postales, corchos, cajas de fósforos de restaurantes, palillos chinos para comer, pañuelos, recortes de periódicos, bolígrafos con los que se escribió en una servilleta, servilletas con poemas, cartas de amor, empaques vacíos de profilácticos, retazos de cabello de un amante, velas, ediciones particulares de revistas, recortes de periódicos, recibos de restaurantes, etiquetas de las botellas de vino.

En cada artículo del recuerdo, Mariana escribía la fecha del suceso que provocaría la guarda.  Primero, en arábico, el día; seguido por un punto, en romano, el mes (para no confundirlo); un punto; finalmente el año, también en arábigo.  De ser necesario, montaba la pieza sobre un papel blanco, libre de ácido, en el cual pudiera hacer la referencia histórica.

Cuando 20 años después Armando y Mariana se reencontraron por Facebook, acordaron tomarse un café en uno de esos lugares de moda de la calle Loíza.  Ella viajaba con amigos estudiantes por Europa y la cita quedó pactada para su regreso.  Él le contó que escribía un cuento de sus años de estudiantes en la escuela.  Ella le prometió una sorpresa.

El sábado, 12 de julio de 2014, Mariana Villanueva llegó puntual al Café Flor de Estrella.  Después de saludar a Armando, abrió el libro Lenguaje 4 en las páginas que exhortaban a los niños a disfrutar la poesía como una experiencia de amor.  Allí, seca pero incólume, estaba la flor que él le había regalado.

Entonces ella le contó su historia.

– Te traje chocolates de Francia.

– Gracias.

– Para que me recuerdes.

Se trataba de la Pirámide Tropical, una selección de diez pequeñas barras de 50 gramos de chocolate, escogidos de las mejores cosechas de Papua, Indonesia, Sao Tome, Trinidad, Venezuela, Tanzania, Ghana, Madagascar, Colombia y Ecuador.  Un producto emblemático de la Casa del  Maestro Chocolatier François Pralus.

De regreso a su casa, Armando decidió escoger probar a Ghana, donde la cocoa se convierte en oro y los recuerdos nunca terminan.

En el interior del empaque escribió 12.VII.2014.

Velatorio en el Seminario Conciliar

CEAPRC

por Reynaldo R. Alegría

Mañana se cumplen tres años de la muerte de Ricardo Alegría. 

Cuando entré a la Capilla vi que los vitrales no estaban restaurados.

Hace muchos años me había citado al pequeño y bello recinto donde alguna vez habitó el Seminario Conciliar de San Ildefonso y en el que Tapia y Rivera, Baldorioty, Hostos y Aponte Martínez habían estudiado.

Me había pedido que invitara a un primo nuestro, artista y vitralista.  Parados frente al delicado Altar de madera oscura expresaba que cuando muriera quería que lo velaran allí.  Levantando en alto su cabeza nos dirigió hacia una pequeña y bella cúpula con cuatro paños de vitrales y le pidió al primo que los restaurara.  No era persona de andarse con rodeos.

Al patio interior del número 56 de la Calle del Cristo, donde hoy habita el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, se accede por unas breves escalinatas guardadas por una íntima bóveda, que dan paso al amplio recinto.

Todo estaba perfectamente concebido.  Ujieres compasivos dirigían a las personas a transitar cómodamente por la galería interior que bordea el patio.  Al entrar por la puerta principal, se caminaba hacia la izquierda por el pasillo contiguo a la entrada y que conectaba al pasillo este del cuadrángulo, al final del cual, un umbral de madera y unas escaleras permitían ascender al centro más elevado del enclave, donde descansaban sus restos en el centro de la íntima Capilla.

El Pueblo hacía fila en silencio.  Esperaba su turno.  Rendía tributo y salía del espacio por el lado contrario, esta vez por el pasillo hacia el oeste, nuevamente hacia el patio interior, donde otros cantaban, bailaban, recitaban.

El cuerpo había sido acicalado con meticuloso cariño.  Aun sus abundantes y mullidas cejas habían sido despobladas de excesos.  El tumultuoso lunar que habitaba en su carnoso labio inferior, ahora parecía un refugio de gratas historias.

El Decano de Estudios, cual guardia del Vaticano miraba hacia el balcón del coro de la Capilla y anunciaba con gran solemnidad los relevos de la guardia de honor.

Cuando entré, ya ella había llegado.

Vestida de negro, con sus herramientas de misión puestas sobre sus hombros, almacenaba en ellas continuamente lo que habrían de ser relatos permanentes de aquellos sucesos históricos.

Quienes practican el trabajo que ella hace suelen –sin querer– ser muy invasivos de la intimidad física.  Se acercan demasiado a su objetivo, como tratando de no perder ni un poco de la respiración de los personajes; como si quisieran poner en cada uno de sus intentos, no solo la captura de la imagen, sino la emoción, la sensación, el olor, el sabor, cada uno de los pensamientos de sus cautivos objetivos.

De pie, con acciones y movimientos continuos que le permitieron ejecutar su oficio dentro del radio de la adecuacidad y el rigor de la ocasión, se mantuvo todo el tiempo dentro de la Capilla del Seminario.  En la mañana el fresco hacía posible que la respiración fuera noble, mas según avanzó la tarde el calor del verano que recién iniciaba, la ausencia total de rutas por las cuales el viento se pudiera colar adentro, la obstinada humedad de la Vieja Ciudad y la decimonónica-construcción-colonial-no-apta-para-el-trópico, convirtieron al recinto en un verdadero horno de ladrillos.

Cuando su dedo índice hubo de estar fatigado y el obturador extenuado de tanta presión emocional; cuando la luz estaba agotada de tanta exposición a su instrumento; cuando era inevitable el cierre de aquel espacio por ese día, ya habían pasado doce horas de absoluta disciplina.  Recogió todas sus armas y las guardó en una de sus maletas.

Salió de aquel espacio.

Entonces se colocó en la fila de todos, la fila del Pueblo para entrar a la Capilla, la misma que había observado y retratado por tantas horas.  Se pasó las manos por sobre su ropa y se acomodó alguno que otro rizo que pizpireto se le escapaba hacia el rostro; su rostro, que ahora era otro.  En el Libro de Visitas donde quienes venían firmaban su nombre, escribió el suyo.  En la misma procesión que antes ella hurgó por horas, con la misma actitud reverente con que otros lo habían hecho, entró a la Capilla.

De pie frente al féretro, junto a los restos de Ricardo Alegría Gallardo, lo miraba igual que los otros lo habían mirado; pero ahora no había nada que se interpusiera entre aquel cuerpo y su cuerpo, entre aquellos ojos y sus ojos; no había puentes, ni edecanes mecánicos que la ayudaran a mirar, solo sus ojos plenos y desnudos.  Su tristeza y su dolor eran los del Pueblo.  Y entonces, tras unos segundos, se retiró solemne.

Al otro día, por el mismo umbral por el que había entrado, el ataúd salió en brazos de los maestros, que antes fueron sus discípulos.  Primero, un silencio casi espiritual se apoderó del Seminario, luego vinieron los aplausos; en instantes los cánticos inundarían el Patio del Seminario, la Calle del Cristo, la Catedral, el Cementerio.

Disfrazada de oficiante, ahora entre vejigantes y cabezudos, volvía a su ocupación.  Esta vez en la caminata a la Catedral; en el subir y descender las cuestas que lo llevarían hasta su último destino: las mismas tierras de tufo exquisito que anduvo despacio y urgente por años, frente al imponente Atlántico.

Llegó el momento de pedirles a todos privacidad.

Justo en el panteón de la familia y a punto de depositar allí el ataúd, vi que estaba sentada hacia una esquina al pie de una columna, casi aguantando con su espalda la muralla de la Vieja Ciudad.  A lo lejos, le pedí por señas que se retirara.  Me devolvió el gesto humilde, señalándome la bolsa donde había guardado sus instrumentos.

Cuando todo terminó me acerqué a ella, que representaba al Pueblo reverente dispuesto a hacer un alto en su cotidianeidad, y despedir al artesano de nuestra nacionalidad, que cual tallador que descubre a un santo dentro de una pieza de madera, nos la había vuelto a presentar para que nos sintiéramos profundamente orgullosos de ella.

Salí abrazando a mi hijo.  Cuando iba por la rotonda del cementerio miré hacia atrás; todos se habían ido.

(Este relato se publicó el 5 de agosto de 2011 en 80 Grados)