Me confundió el nombre con otra

El_Beso_(Pinacoteca_de_Brera,_Milán,_1859)

por Reynaldo R. Alegría

Entonces vivía en un caserío con mi familia.  Un lugar lleno de pobres muy pobres, abundante droga, mucha droga, y donde la traición se pagaba con la vida, toda la vida.

Aquel joven prometía, andaba en un BMW negro usado que hacía muy bien el cuento, trabajaba con el partido político en el poder, universitario destacado que, al ritmo que se movía, debería convertirse en prominente abogado y algún día gobernar al país.  Cuando vino a visitarme al caserío creo que no se percató de que entraba al mismo infierno.  Le hice lasagna, solo para él pues la plata que me dio mi madre no daba para más; los demás (mis padres, mi hermano y yo) comimos lo de siempre, arroz blanco, habichuelas rojas y carne guisada con papas, alegando que les encantaba la lasagna pero eran alérgicos a la pasta.  Creo que mi madre estaba más emocionada que yo, me veía saliendo del oscuro caserío vestida de puro blanco y llevándomela a ella a vivir conmigo al lugar decente que yo me merecía.

No era que, precisamente, me volviera loca aquel hombre, pero cuando fuimos a su apartamento plantado en el área de San Patricio, entonces un sector repleto de familias acomodadas y acaudaladas y algunos jóvenes wannabe, como él, en realidad estaba lista para rendirme a sus deseos.  El hombre tenía labia y si al final del día verbo mata carita y dinero mata verbo, me sentía que estaba donde debía.

Creo que él lo tenía todo programado, bueno eso es obvio.  Al llegar el aire acondicionado central del apartamento mantenía el espacio deliciosamente fresco.  Una botella de vino rojo sobre la mesa, con algo de quesos y un disco de vinilo de Lucecita Benítez dando vueltas bajo una aguja de diamante sobre un plato Technics que se escuchaba como si estuvieras sentada en el foso del teatro de El Conservatorio de música escuchando la Orquesta Sinfónica del país, construían el perfecto ambiente para la seducción.  Bailamos en el centro de la sala.  A la tercera canción, creo que el tiempo también lo tenía medido, comenzó a besarme y acariciarme.

Me imaginé viviendo en aquel apartamento, durmiendo con aire acondicionado todos los días, comiendo lasagna cuando quisiera tras declararme curada a las alergias a las pastas.  Me llevó hasta un sofá desde el cual, a través de las cortinas que daban al balcón, se podían apreciar las luces de la noche en otros edificios y al tiempo que le hacía el amor a mi oreja izquierda me susurró algunas de esas cosas muy bonitas que dicen los hombres cuando te quiere coger.  Fue entonces cuando me dijo:

—Me encantas Manuela.

—¡Hijo de la gran puta, Manuela tu madre que yo me llamo Silvia!

Le levanté urgente, di un volte face con actitud de reina de belleza, cogí mi cartera y mientras sentía la humedad bailoteando entre mis piernas arranqué y me fui a las mismas pailas del infierno con un coraje que me duró par de meses, hasta que conocí a otro riquitillo wannabe en la barra de Loíza Street Station, lugar de moda entonces.

Aunque he tenido tiempo de arrepentirme de no haberme tirado a aquel espécimen, lo cierto es que el honor y la dignidad, como dijo don Pedro, no están en el mercado a ningún precio.  Además, con el tiempo una aprende.  ¡Vamos, que cualquiera se confunde!  La clave, dice una amiga, es llamar a todos los amantes por el mismo nombre.

—¿Cómo está mi papurri hoy?

—¿Papurri?  ¿Y ese nombre?

—Especialmente para ti, papurrito lindo…

Foto: El Beso, Francesco Hayez, Pinacoteca de Brera, Milán, 1859: https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AEl_Beso_(Pinacoteca_de_Brera%2C_Mil%C3%A1n%2C_1859).jpg

Orgasmos fingidos

ZmurkoFranciszek_Sinnenrausch (1)

por Reynaldo R. Alegría

Hacía cuatro semanas que no lo veía.

Me había estado fastidiando de diversas maneras durante todo el tiempo que me le escapé y durante el cual no tuve otra intención que no fuera respirar un poco.  Hace 25 años el fastidio hubiese sido menor, apenas algunos mensajes con mi secretaria en la oficina y otro par de ellos en la contestadora de la casa, la cual –después de todo– siempre se puede desconectar.  Claro está, con el riesgo de que se enojara para siempre.

Ahora, con los mensajes de texto y los mensajes de voz en WhatsApp deseándome los buenos días y los putos likes a las fotos de ambos que colgué en Facebook hace cientos de  años, cuando él me daba el mejor sexo que estaba disponible y que yo podía obtener, el tedio se convertía en enfado y el enojo en desazón.

Con mi fuga, que buscaba ser como la del gas que no se ve pero puede ocasionar la más grande explosión, incluidas las luces y los estruendos, solo quería respirar un poco… como los seres vivos.  Deseaba absorber el aire, tomar lo necesario, expelerlo, comunicarme con otros aires; descansar del agobio del mismo aire.

Recurrí a él nuevamente, no sé ni por qué carajos, creo que mis ganas de tener sexo en ocasiones me nubla el entendimiento cuerdo-sexual.  A esta edad, en la que si se está en estas tiene que ser por el placer, punto, tampoco se está en las de perder lo que se tiene ganado.  Lo llamé desde el garaje de gasolina que está a un bloque de su casa.

—Hola.

—¡Qué bueno que me llamas!

—¿Estás listo para mí?

Llega el momento en el que ya una sabe lo que hay que decirle a un hombre para que la esté esperando casi desnudo y con una buena erección.

—Siempre estoy listo para ti.

—Pues voy camino.

Cuando llegué tenía puesta la bata blanca de toalla que nos habíamos robado del Hotel Plaza en Nueva York, siempre he creído que esas cosas se roban y no se pagan.  De un tirón lo desnudé y me le trepé encima como si presenciara el último pene que hubiera de existir sobre la faz del globo terráqueo.  Comencé a gemir con esa voz que lastima de la pena y el placer a la vez, aullando, esforzando mi voz para que los chirridos los escucharan sus vecinos, para que supieran que había vuelto.

—Me voy a venir —me dijo jadeando.

Grité más duro, me contorsioné sobre su miembro con mi baile de la media luna, un movimiento que me lleva de sur a norte y de vuelta en medio círculo regresando por el oeste.  A los 36 segundos (¡a los 36 segundos!), acabado, deshecho de su humanidad, me miró fijamente a los ojos.  Entonces le dediqué mi mirada de la total destrucción por el mejor de los placeres, esa que incluye virar los ojos hacia arriba.

—No recordaba lo rico que son los orgasmos contigo.

Foto: Sinnenrausch (pasión sensual), Franciszek Żmurko [Public domain], via Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AZmurkoFranciszek_Sinnenrausch.png