En el Día Internacional del Niño

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Me apasionan los niños.  Su alegría.  Su ingenuidad.  Sus juegos sencillos y divertidos.  Sus risas.  Las ganas que tienen de ser mayores.  Cuando era niño siempre quise ser mayor.  Ahora que lo soy, hay días que pienso que me gustaría volver a ser niño.

Tuve una gran niñez y unos padres excepcionales.  Mis necesidades atendidas.  Mis sueños estimulados.  No sobraba, pero tampoco faltaba.  Hoy crío a mis hijos con los mismos valores con que me criaron a mí.  Con las mismas preocupaciones de mis padres.  ¿Comiste?  ¿Estudiaste?  ¿Tienes tareas?  ¿Con quién vas?  ¿Quiénes van?  ¿A qué hora regresan?  ¿Cómo se llama la mamá?  ¿Qué llevas ahí?

Pero no todos los niños han tenido la misma suerte que tuvimos mis hermanos y yo, ni la suerte que han tenido mis hijos.  Al menos, así es que siempre decimos: ¡qué suerte tuvimos!  Sin embargo, me pregunto si en realidad se trata de suerte.  Si en realidad podemos llegar a creer que el éxito, la bondad, la decencia y la buena paternidad son producto del azar.  Bien mirado, lo que tuve fue una gran formación y la compresión y el amor de mis padres.

La cocina no miente, no puede salir del sartén nada mejor que lo que a él entra.

Como país tenemos exactamente la misma obligación que tenemos como padres: formar adecuadamente a nuestros hijos; pero además, tenemos que comprenderlos y amarlos.  Como país tenemos que reproducir todas esas buenas costumbres que tenemos como padres en la crianza de nuestros hijos.  Hay muchas de esas buenas costumbres que son fundamentales: descanso, alimentación, salud, vivienda, desarrollo físico, diversión.  Pero de todas ellas, las más importante es la educación.  La educación es la madre de la cual salen todas las costumbres.

El sistema educativo de Puerto Rico está en crisis: demasiadas escuelas deterioradas; demasiados  maestros sin la adecuada formación y adiestramiento; falta de materiales, recursos, libros, escuelas, maestros; excesivo fracaso en el proceso de aprendizaje.  Hay escuelas que apestan.  Escuelas cerradas.  Escuelas sin inodoros disponibles.  Sin fuentes de agua.  Sin bibliotecas.  Sin computadoras.  Hay cientos, sino miles de empleados del Departamento de Educación haciendo trabajos que no saben hacer, o que no quieren hacer o que no le han explicado cómo hacer.  Hay cientos de maestros fuera del salón de clases haciendo trabajos que no quieren hacer o no saben hacer o que no le han explicado cómo hacer.

Pero más que todo eso existe un grave problema de fondo, Puerto Rico no ha decidido qué es lo que le vamos a enseñar a nuestros niños.  Como país tenemos que escoger la formación que daremos a nuestros hijos hoy, para que aumentemos la certeza de lo que harán mañana.  Tenemos que escoger el país que queremos tener y tenemos que educar a nuestros niños en ello.  Puerto Rico tiene que decidir qué quiere ser cuando sea grande.

Pienso que hoy, que celebramos el Día Internacional del Niño en conmemoración a la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño el 20 de noviembre de 1959 y de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989, es un gran día para hacer grandes declaraciones.  Es por ello que yo, como papá de Sebastián y Lorenzo y por el entrañable amor que le tengo a ellos y a Puerto Rico, declaro en el Día Internacional del Niño que quiero una educación de excelencia para nuestros hijos.  Una educación que nos permita edificar una sociedad justa, de respeto a todos los seres humanos, de aprecio a todas las libertades, que conduzca a la felicidad y a la prosperidad individual y como nación.

¡Más Maestros, Menos Policías!

Mi Querido Sebastián:

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Anoche te dejé en la que será tu otra casa por los próximos cuatro años.

Mientras subías aquella pesada maleta por las escaleras de los cuatro pisos de tu nuevo dormitorio, pensaba en la increíble hazaña de acomodar todo un clóset dentro de una sola maleta.

Bocadillo.  Claro, no podemos dejar de agradecer.  Al Tío Carlos su ayuda y sus consejos sobre qué, cuánto y cómo acomodar.  Al Tío Rafa que te compró ropa como si las tiendas fueran a dejar de existir.  Y al Tío Ricardo que te regaló abrigos que ninguno solo cabía en una maleta.  Sin olvidar la emoción de Lorenzo y las alcapurrias con las que Mamabuela nos despidió.

La mudanza.  Me dediqué a saborear cada instante en el que con meticulosidad y gusto propio acomodabas cada pieza de tu vida en el orden apropiado.  Hice un esfuerzo espantoso por no meterme, por no opinar, por ayudar sin poner un dedo donde no tenía permiso.  Y lo disfruté mucho aunque casi me amarro la mano.

Entonces.  Cuando todo estuvo listo.  Cuando cada cosa estuvo en su lugar y el rigor del tiempo te obligaba a terminar, arropaste la cama con una gigantesca bandera de Puerto Rico.  Ví cómo con gran dedicación y extremado cuidado la pusiste sobre la pared que resguarda tu cama.  Fue como una emotiva ceremonia.  Un gran momento.

La maleta.  En ese justo instante caí en cuenta, amado hijo, que en la maleta no solo estaba tu ropa.  En realidad, en esa maleta estaba acomodada toda una vida.  Tu gustos y costumbres.  Tus deseos vehementes.  Tus grandes anhelos.  La formación de toda una vida.  Integra.  Voluminosa.  Sólida.  Amorosa.  Fundamental.  Extraordinaria.  Patriótica.

Fuerte.  Te juro que estoy terriblemente emocionado mientras escribo estas notas.  Ese gesto de plantar bandera es tan excepcional.

¡Tan valiente!  ¡Tan atrevido!

El grito.  A pesar de todo lo que te han dicho y explicado.  A pesar de que vivirás en la nación extranjera.  En la boca del lobo.  A pesar de que serás mirado de reojo por tu acento.  A pesar de que te gusta escuchar a Ismael Rivera y sus Tumbas mientras te bañas.  A pesar de todo eso, arrancas con un grito de guerra.

Realidad.  El país está en serias dificutades.  Cierto.  Las cosas están malas.  Es verdad.  Pero te digo con el corazón en la mano que la confianza que tenemos en esos que como tú se van con ánimo de regresar, es más grande que la frustración de ver con tristeza a los que salen huyendo.

A partir de hoy, cada mañana al levantarte te encontrarás de frente con la insignia de la patria.  A partir de ahora, serás un vigía de los más grandes valores de esta gran nación.

Hijo, ve y estudia.  Ve a hacer todo lo que toca hacer.  Hazlo como te gusta.  Con ganas  Con pasión.  Con coraje.  Con gusto.

Lo sabes.  Aquí te estaremos esperando.  Con los brazos abiertos.  Con una gran esperanza de que mañana, gracias a ustedes, todo será mejor.

Un beso y un abrazo,

Papi

Aquí, para leer y releer la Proclama de los Diez Mandamientos de los Hombres Libres de Betances.  (Sustituye España por Estados Unidos y españoles por americanos)

Proclama de los Diez Mandamientos
de los Hombres Libres

[Proclama: Texto completo]

Ramón Emeterio Betances*

Noviembre de 1867

Puerto Riqueños

El gobierno de Da. Ysabel II lanza sobre nosotros una terrible acusación

Dice que somos malos españoles

El gobierno nos calumnia

Nosotros no queremos la separación; nosotros queremos la paz, la unión con España; mas es justo que pongamos nosotros también condiciones en el contrato.

Son muy sencillas.

Helas aquí:

Abolición de la esclavitud

Derecho a votar todas las imposiciones

Libertad de cultos

Libertad de la palabra

Libertad de imprenta

Libertad de comercio

Derecho de reunión

Derecho de poseer armas

Inviolabilidad del ciudadano

Derecho de elegir nuestras autoridades

Esos son los diez mandamientos de los hombres libres.

Si España se siente capaz de darnos y nos dá esos derechos y esas libertades, podrá entonces mandarnos un Capitán general, un gobernador… de paja, que quemaremos en los días de Carnestolendas, en conmemoración de todos los Judas que hasta hoy nos han vendido.

Y seremos españoles.

Si no No.

Si no Puerto Riqueños -¡PACIENCIA!- os juro que seréis libres.

R E. Betances

Ya Volvemos a la Escuela

ImageDe niño me encantaba la escuela.  El día antes de que empezaran las clases ponía toda mi ropa nueva en la puerta del cuarto: camisa, pantalón, corbata, correa, zapatos, medias, ropa interior y un bulto atestado de libros.  El primer día mi madre nos tomaba una foto con el uniforme nuevo frente a la casa.  Esa foto revelaba la intensa negociación que mi hermano y yo habíamos tenido con ella en cuanto a los zapatos de moda que queríamos, los que ella declaraba aceptables y, claro está, los que se podían pagar.

Pero no a todos los niños les gusta la escuela.  No todos los niños van con ropa nueva a la escuela el primer día de clases.  Algunos se frustran porque les aburre, otros se intimidan porque le sienten hostigados y para los más, es la forma más cómoda de socializar con otros niños.  Ello, sin olvidar la pobreza que sigue siendo el mayor obstáculo para el acceso a la educación.

Los sistemas educativos del mundo entero están en crisis.  De una parte, cada vez estamos más exigentes con los resultados que debe producir la escuela al tiempo que al sistema se le hace cada vez más difícil estar al día con los cambios políticos, tecnológicos y muy en particular, las transformaciones culturales.  La homogenización de los procesos de enseñanza niega lo obvio: que todos no somos iguales.

En consecuencia tenemos bajas matrículas en las escuelas, altas tasas de deserción escolar, desempleados con grados universitarios y profesiones de la más alta reputación y, como producto final, fugas de talentos y una decepción generalizada.

A nivel personal, en el hogar, hemos transformado nuestra exigencia a los niños por las exigencias a los maestros.  Restamos autoridad al conocimiento, prácticas y desempeño de los maestros, muchas veces frente a los propios niños.  Ni hablar de los padres que dejan de cumplir su responsabilidad para dirigir los hijos a que aprovechen las oportunidades educativas disponibles.

El reconocimiento de derechos a los estudiantes y a los maestros y el continuo abuso de esos derechos crean un ambiente de intolerancia al compromiso cívico de los maestros, los estudiantes y de sus padres.

Urge una transformación de los sistemas educativos a nivel institucional.  La revisión profunda se debe centrar en el objetivo de la educación integral al ser humano, reconociendo ante todo que las inteligencias, las capacidades y los talentos no se empacan a granel y no se administran a todos en igual ración.  La escuela tiene que educar a partir de las necesidades de los niños y de la visión del futuro del país con la que la mayor parte estemos de acuerdo.

Debemos educar a los niños, pero tenemos también que educar a sus padres.  Así como no se puede obligar a una persona a ser un buen padre o una buena madre, tampoco será fácil obligarlos a cumplir con sus obligaciones de dirigirlos en la educación.  Solamente educando a los niños tendremos un gran país y solamente educando a sus padres tendremos grandes estudiantes en las escuelas.

La educación de calidad requiere tiempo del valioso y dedicación de la agotadora.  Como un buen guiso, el mejor sofrito, las mejores verduras, las hierbas más frescas y las carnes más tiernas… y tiempo, mucho tiempo.