¡Gracias, Papito!

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El recuerdo más antiguo que tengo de mi padre es verlo riéndose y conversando con mi madre, mientras mi hermano Carlos y yo jugábamos en el jardín frente al Museo de la Universidad en Río Piedras.  Era una gran diversión que había venido precedida por un gran lujo; habíamos ido a comer fuera, al Tastee-Freez de Río Piedras.  Yo tenía tres años.  Siempre lo llamé Papito.

Con sus virtudes y sus defectos, con sus corajes y sus valentías, mi padre fue el modelo de un hombre excepcional.  Comenzó a trabajar a los 12 años y ya nunca dejó de hacerlo hasta que murió 60 años después.  Las palabras se me agotan para poder describir la emoción, el orgullo, la honorabilidad con que repetía mil y una vez que había trabajado 37 años y medio para el gobierno, nunca llegó tarde y jamás tomó vacaciones.

Las rutinas se las inventó mi padre.  Todos los días de su vida se levantó a las 4:30 de la mañana.  Coló café.  Puso a hervir agua.  Tan pronto el líquido comenzó a burbujear puso dentro dos huevos.  Miró su reloj sin pestañear.  Y a los dos minutos los sacó.  Nunca tuvo un desayuno distinto.  Huevos pasados por agua.

Cada día de los enamorados le trajo una caja de chocolates Whitman’s a mi madre, acompañados de una postal escrita con su preciosa letra y su pluma fuente con tinta verde.

Nunca manejó.  Nunca tuvo auto.  A las 5:30 salía caminando de la casa hasta pararse frente a la mueblería del barrio.  A las 5:45 se montaba en la guagua pública.  Y no más tarde de las 6:15 de la mañana estaba sentado en su escritorio.

Lo conocí de jefe.  Supervisando empleados.  Entonces las oficinas eran como en las películas.  Salones amplios rectangulares.  Con largas hileras verticales de escritorios que nacían al final de la pared y morían frente a un solo escritorio, el de mi padre.  En su última posición ocupada mientras trabajó para el gobierno tenía oficina privada.  Con ventana al mar.  Y un fascinante diván en piel color verde acqua, que estaba separado de su escritorio por una mampara hecha de madera.  Me encantaba ir a la oficina con mi padre.  Todos los empleados que conocí de mi padre lo adoraban.  Más bien, lo respetaban como se respeta al Papa de Roma.

Le gustaba reírse.  Se reía con los chistes y le gustaba hacerlos.  Pero a la vez, era tan comedido.  Tan formal.  La única vez que vi llorando a mi padre fue cuando lo llamaron para informarle la muerte de mi abuelo.  En la marquesina de la casa había una pileta de cemento para lavar.  No sé exactamente qué él hacía allí.  Pero tras la noticia puso sus dos manos sobre la pileta, como aguantándose para no caer.  Y entonces vi cómo de sus ojos salieron lágrimas.  Con el tiempo entendí que los cedros no lloraban.

Lector insaciable.  Devoraba los periódicos y las novelitas.  Novelas cortas de vaqueros publicadas en papel barato, los llamados pulp magazines.  Se las intercambiaba con don Domingo por sacos.  Los sábados don Domingo caminaba desde las tres casas más abajo y frente al portón llamaba:

– ¡Don Alegría!  Mi padre salía ansioso con su saquito ya leído de novelas e intercambiaba con el vecino la mutua  y nueva fuente de placer.

¡Tenía tanta cultura mi padre!  Nunca tuve que abrir un diccionario si mi padre estaba cerca.  No hubo palabra que le preguntara y no supiera su respuesta.  Alguna vez me dijo que mientras más leía, más viajaba.  Como también me dijo: hombre bien vestido nunca queda mal.

Había también cierta tristeza oculta en mi padre.  Tenía un genio melancólico.  Doloroso.  Con el tiempo logré decodificar su tristeza.  Llegué a entenderlo.  Aunque me tomó tiempo.  Acepté, como Mastroianni, que hay cosas de las que no se habla.  Él calló su decepción.  Mi entendimiento lo celebré con una fiesta.

Murió hace 18 años.  Cuatro meses antes de que Sebastián naciera.  Nunca podré olvidar cuando Jo-Ann fue al hospital a verlo y él le acarició su barriga preñada.  El día que murió le describí la tarde.  Decían que los enfermos perdían sentido del tiempo y del espacio.  Desde la ventana de su habitación se podía ver un pequeño jardín con flores silvestres y palmeras.  Se las describí.

– La tarde está brillante.  Los colores del patio son amarillos y verdes.  Es un día limpio.

La noche antes yo había tenido un sueño extraño.  Al menos para mí.  El espíritu de mi padre había agotado toda su misión en aquel cuerpo y decidía moverse.  Esa noche se fue.  Relajadamente.  Como vivió.  Porque se muere como se vive.

En las noches, solo en mi cuarto, he sentido una presencia.  Me he despertado y salido de la cama.  He encendido la luz a ver si hay alguien.  Pero no se ve nada.  No siento temor, sino una profunda paz.  Siento que es mi padre.  A riesgo de parecer ridículo confieso que muchas noches, esas en las que me sentido triste, aturdido y hasta desesperado, he sentido a mi padre en mi cama, a mi lado.

Él hoy tendría 90.  Murió hace 18, poco antes de haber nacido Sebastián.  Siempre que recuerdo ese momento siento dentro de mi cabeza a Tiro Lara cantando: “pienso que por cada ser que se nos va, otro vendrá…”

¡Gracias, Papito!

Un sábado más…

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Recuerdo como ahora los sábados.  No todos eran iguales.  Pero muchos eran parecidos.

En los 70’s la vida de provincia, ya he dicho que soy de Bayamón, era bastante relajada.  Los muchachos desmontaban y volvían a montar motores de autos inservibles que nunca volverían a servir, los más audaces jugaban baloncesto y el resto agotaba toda su energía jugando al escondite, jugando con trompos o con gallitos (la semilla de la algarroba) o dejando chiringas atascadas en los cables eléctricos aéreos, hasta que se agotara la luz.

En casa había rito.

En la pequeña sala de mi casa, detrás del comedor, había un tocadiscos.  Era un hermoso mueble de madera, amplio.  De unos cinco pies de ancho y al menos pie y medio de altura y profundidad.  La caja de madera se depositaba sobre cuatro fuertes patas que aguantaban la mágica máquina de la aguja y el círculo interminable.  Dos grandes bocinas se advertían escondidas en la cara de la fachada y, dentro de la pieza, la colección de discos de Blanca, Mamita, mi mamá.

Me fascinaba abrir la pesada tapa de aquella belleza de mueble, maestra de la tecnología, ejemplo de la alta ebanistería. Me encantaba ver una y otra vez los mismos discos, los pocos discos.  Las rivales Lissette y Lucecita, Chucho, Pototo y Filomeno con Yo Pico un Pan, el de Yo quiero ser Batman, y mi preferido, el de aquella española de dulce y deliciosa voz que recuerdo como hoy cuando cantaba sin cansarme aquella canción con la que tantos niños jugaron:

Doña Blanca está cubierta

de pilares de oro y plata

romperemos un pilar

para ver a doña Blanca

Recuerdo perfectamente el ritual sabatino.  ¿Cómo poderlo olvidar?  Todo empezaba por la música.  La poca música, la única música.  Que aunque en la casa se escuchaba por orden matriarcal con volumen moderado, competía con la de don Julio, el vecino del lado a quien le gustaba el barroco; y con la de Nilda, la de la casa del frente, que le encantaba la música fuerte, estruendosa, en particular la que estaba de moda, Sandro, Palito Ortega.

Pero el rito era el rito.  Los sábados se limpiaba; aunque no todos.

Al principio éramos mi hermano Carlos y yo, luego, con más de una década de rezago llegaron Ricardo y Rafael.  Debíamos limpiar nuestros cuartos, particularmente el odioso, abominable, polvoriento y hongoso clóset, el baño, con especial atención a la bañera, haciendo uso de cualquier otro líquido limpiador que fuera altamente químico y profusamente abrasivo; y para terminar, la marquesina, por muchos años de un piso de puro cemento, la que se cepillaba con un largo instrumento de madera y paja, y con más líquidos y más detergentes.  Las alergias se ponían de fiesta, mientras mi madre, cucharón en mano, preparaba los más exquisitos manjares que nadie pueda imaginar.

Pero el tocadiscos, sin embargo, requería tratamiento especial.  Se limpiaba con una bayeta de lana, lisa, no tupida.  Y con aceites que venían el latas pequeñas y que, según entendía, por su alto precio no se podía desperdiciar.  Debía quedar impecable.  Brilloso. Sin mácula.

Recuerdo como hoy cuando hubo que botar el fabuloso mueble más por inservible que por viejo.  Y en ocasiones, cuando visito a mi madre y la veo escuchando música de tríos en un comedido toca cassettes, recuerdo el viejo tocadiscos, me acuerdo de los cientos de discos que aún guardo dentro de mi clóset y siento nostalgia.  Me imagino a Lissette Álvarez hablando del Morro y del Yunque, mientras cantaba entre risas Un sábado más.

Mi Querido Sebastián:

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Anoche te dejé en la que será tu otra casa por los próximos cuatro años.

Mientras subías aquella pesada maleta por las escaleras de los cuatro pisos de tu nuevo dormitorio, pensaba en la increíble hazaña de acomodar todo un clóset dentro de una sola maleta.

Bocadillo.  Claro, no podemos dejar de agradecer.  Al Tío Carlos su ayuda y sus consejos sobre qué, cuánto y cómo acomodar.  Al Tío Rafa que te compró ropa como si las tiendas fueran a dejar de existir.  Y al Tío Ricardo que te regaló abrigos que ninguno solo cabía en una maleta.  Sin olvidar la emoción de Lorenzo y las alcapurrias con las que Mamabuela nos despidió.

La mudanza.  Me dediqué a saborear cada instante en el que con meticulosidad y gusto propio acomodabas cada pieza de tu vida en el orden apropiado.  Hice un esfuerzo espantoso por no meterme, por no opinar, por ayudar sin poner un dedo donde no tenía permiso.  Y lo disfruté mucho aunque casi me amarro la mano.

Entonces.  Cuando todo estuvo listo.  Cuando cada cosa estuvo en su lugar y el rigor del tiempo te obligaba a terminar, arropaste la cama con una gigantesca bandera de Puerto Rico.  Ví cómo con gran dedicación y extremado cuidado la pusiste sobre la pared que resguarda tu cama.  Fue como una emotiva ceremonia.  Un gran momento.

La maleta.  En ese justo instante caí en cuenta, amado hijo, que en la maleta no solo estaba tu ropa.  En realidad, en esa maleta estaba acomodada toda una vida.  Tu gustos y costumbres.  Tus deseos vehementes.  Tus grandes anhelos.  La formación de toda una vida.  Integra.  Voluminosa.  Sólida.  Amorosa.  Fundamental.  Extraordinaria.  Patriótica.

Fuerte.  Te juro que estoy terriblemente emocionado mientras escribo estas notas.  Ese gesto de plantar bandera es tan excepcional.

¡Tan valiente!  ¡Tan atrevido!

El grito.  A pesar de todo lo que te han dicho y explicado.  A pesar de que vivirás en la nación extranjera.  En la boca del lobo.  A pesar de que serás mirado de reojo por tu acento.  A pesar de que te gusta escuchar a Ismael Rivera y sus Tumbas mientras te bañas.  A pesar de todo eso, arrancas con un grito de guerra.

Realidad.  El país está en serias dificutades.  Cierto.  Las cosas están malas.  Es verdad.  Pero te digo con el corazón en la mano que la confianza que tenemos en esos que como tú se van con ánimo de regresar, es más grande que la frustración de ver con tristeza a los que salen huyendo.

A partir de hoy, cada mañana al levantarte te encontrarás de frente con la insignia de la patria.  A partir de ahora, serás un vigía de los más grandes valores de esta gran nación.

Hijo, ve y estudia.  Ve a hacer todo lo que toca hacer.  Hazlo como te gusta.  Con ganas  Con pasión.  Con coraje.  Con gusto.

Lo sabes.  Aquí te estaremos esperando.  Con los brazos abiertos.  Con una gran esperanza de que mañana, gracias a ustedes, todo será mejor.

Un beso y un abrazo,

Papi

Aquí, para leer y releer la Proclama de los Diez Mandamientos de los Hombres Libres de Betances.  (Sustituye España por Estados Unidos y españoles por americanos)

Proclama de los Diez Mandamientos
de los Hombres Libres

[Proclama: Texto completo]

Ramón Emeterio Betances*

Noviembre de 1867

Puerto Riqueños

El gobierno de Da. Ysabel II lanza sobre nosotros una terrible acusación

Dice que somos malos españoles

El gobierno nos calumnia

Nosotros no queremos la separación; nosotros queremos la paz, la unión con España; mas es justo que pongamos nosotros también condiciones en el contrato.

Son muy sencillas.

Helas aquí:

Abolición de la esclavitud

Derecho a votar todas las imposiciones

Libertad de cultos

Libertad de la palabra

Libertad de imprenta

Libertad de comercio

Derecho de reunión

Derecho de poseer armas

Inviolabilidad del ciudadano

Derecho de elegir nuestras autoridades

Esos son los diez mandamientos de los hombres libres.

Si España se siente capaz de darnos y nos dá esos derechos y esas libertades, podrá entonces mandarnos un Capitán general, un gobernador… de paja, que quemaremos en los días de Carnestolendas, en conmemoración de todos los Judas que hasta hoy nos han vendido.

Y seremos españoles.

Si no No.

Si no Puerto Riqueños -¡PACIENCIA!- os juro que seréis libres.

R E. Betances

Las Buenas Compañías

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amistad.

(Del lat. *amicĭtas, -ātis, por amicitĭa, amistad, de amicus, amigo, que deriva de amare, amar).

1. f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

Me emociona el amor que se profesan entre sí Sebastián y sus amigos.

Sebastián describe así a algunos de sus amigos (favor de hacer click AQUI para a partir de ahora seguir leyendo escuchando Las Malas Compañías de Serrat):

Alberto – Insistente

Alan – Labioso

Andrea – Hipster

Christian – Hermano

Daniel – Presente

Ethan – Payaso

Gian Luigi – Eléctrico

Guillermo – Memo

Henessy – Divertida

Houston y Hyuk (Lee) – Hermanos

John Paul – Recto

Jorge – Hablador

José – Estudioso

Jowi – Creativo

Julián – Apasionado

Kiara – Amable

Marcos – Orgulloso

Mario – Triunfador

Miguel – Romántico

Samuel – Leal

Sara – Fuerte

Sebastián – Intenso

Sofía – Diferente

Viviana – Determinada

Hay algo profundo, sensible, conmovedor, intenso, entre esos muchachos de 18 años que cuando se encuentran se besan y se abrazan, igual que Sebastián lo hace con su hermano.

Me sorprende la madurez y el razonamiento intelectual con el que respetan la diversidad.  La inteligencia con la que se miran y reconocen sus diferencias.  La comodidad con la que integran a sus hermanos menores en muchas de sus actividades.

Hemos evolucionado como sociedad.  Sociológicamente.  Antropológicamente.

Al decir de Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

La manera en que hemos desarrollado las ciudades y los asentamientos humanos ha permitido un reencuentro continuo de los individuos.  El envolvimiento activo de los padres en la crianza y la concienciación de que son objeto los muchachos en la escuela.  La transformación en la filosofía educativa.

El pijama party se transformó en el sleepover que permite que tanto niñas como varones se queden en la casa de sus amigos.  Es como un rito de transición casi obligatorio.  Un puente que conduce desde la niñez hacia la integración de los jóvenes en las distintas tribus.  Es casi una sucesión de la Confirmación o el Bar Mitzvah en una sociedad menos religiosa y más civil.

Como padres siempre estaremos pendiente de los amigos de nuestros hijos.  Y por supuesto, de sus costumbres, de su carácter, de su estilo.  Recuerdo a Serrat y DOY FE de las buenas compañías de mis hijos.  Pongo en la boca de ellos las palabras del poeta:

Mis amigos son sueños imprevistos
que buscan sus piedras filosofales,
rondando por sórdidos arrabales
donde bajan los dioses sin ser vistos.

Mis amigos son gente cumplidora
que acuden cuando saben que yo espero.
Si les roza la muerte disimulan.
Que pa’ ellos la amistad es lo primero.

¡Lorenzo está grande!

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Lorenzo es un hijo excepcional.

Lorenzo es un ser muy espiritual.  Que no solo ve cosas que otros no han visto, sino que vuela alto hacia las cumbres, imaginando, soñando, preguntando, aprendiendo, entendiendo.  Hurgando más allá.

Lorenzo siempre ha sido previsor.  Ha logrado ver cosas antes de que ocurran.  Y esa es una habilidad.  Pues ver antes que los demás sigue siendo el deseo más deseado, el poder más poderoso, el mejor don dado.

Lorenzo es profundo y cauteloso.  Observa sin enjuiciar.  Logra desbridar el hecho de su opinión propia.  Calcula sus palabras y sus movimientos y los ahorra con mucha naturalidad.  Y eso es un gran talento en estos días de opinioneros y analistas.  Días de especialistas en explicaciones, en deducciones, en alocuciones.

Lorenzo adora la historia y las biografías.  Conoce de guerras y de naciones, de demarcaciones y de jurisdicciones.  Le gusta engullir el dato.  Pero además le gusta descorrer la cortina a ver que se guarda detrás, descubriendo el hecho, buscando el motivo, destapando la justificación.

Lorenzo pregunta sobre la gente, la familia, los vecinos, la niñez.  Le gusta conocer sobre la evolución de las personas, sobre su desempeño por los diversos caminos.  Descartando los tropiezos.  Elogiando las hazañas.  Admirando las fortunas.

Lorenzo es bondadoso y desprendido.  Tiene poco apego por lo material.  Quiere poco.  Y lo que tiene también lo quiere poco.  Pero tiene una gracia innata para el comercio y el ahorro que cualquiera quisiera dominar.  Tiene la habilidad de identificar siempre la oportunidad.

Lorenzo es respetuoso.  Aún contagiado por la enfermedad contemporánea del tuteo, se dirige a los adultos con miramiento y consideración.  Da gusto ver a Lorenzo dirigirse a su abuela, respetando la edad, la sabiduría y el vínculo de sangre que los ata en propiedad.

Lorenzo ama los animales y la naturaleza.  Se entiende muy bien con las maravillas de la Creación.  Hace contacto urgente con el bosque y con los mares, con la tierra y con los cielos.  La conexión que hace Lorenzo es de las del tipo vital, mágica, intuitiva, dos se hacen uno sin esperar.

La voz de Lorenzo se ha tornado gruesa, fuerte, poderosa.  Como si tuviera una caja de resonancia empotrada en el pecho que le quisiera estallar.  Pero Lorenzo suele hablar sin quejarse, tranquilamente, sin oponerse, sin complicarse.  Y es que las voces fuertes se escuchan mejor en las personas que también lo son.  Si la fortaleza de voz y cuerpo va acompañada de suavidad y apacibilidad, entonces la combinación es dulce sin ser mansa.  Y esa también es su habilidad.

Lorenzo es cariñoso, amoroso y familiar.  Me abraza, me toca, me mima.  Lorenzo es espectacular.

Y ha crecido tanto.  Se ha puesto tan grande.  Que se lo quiero celebrar.

 

NOTA para Sebastián: No te pongas celoso que ya pronto te tocará.

Déjalos Volar

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Esta mañana cuando Sebastián me preguntó qué llevaba para su viaje le dije que estaba listo para volar, que preparara su Plan de Vuelo.

A los hijos hay que enseñarles a volar, o llevarlos donde le enseñen y entonces… dejarlos volar.  Ha sido consejo antiguo de los abuelos, con voz grave o de rumba, con voz tenue o fuerte: “mijo’, déjalo volar”.

Es una tendencia natural de la paternidad el proteger a los niños; velar por su salud y bienestar, que se alimenten bien, que estén protegidos y seguros, que tengan un buen descanso, que sean felices.  Pero en ocasiones se nos olvida que deben aprender a valerse por sí mismos, pues la tranquilidad, la felicidad y el éxito en la vida guardan relación con que se tenga una vida particular, que no tengamos que vivir la vida en función de otra vida, que podamos vivir por cuenta propia.

No puede salir del sartén nada mejor que lo que a él entra.  Si para cocinar utilizamos ingredientes de baja calidad y frescura no podemos aspirar a tener el mejor de los guisos.  Pasa igual con los hijos.  Solo si le damos lecciones buenas, ejemplos edificantes y el acceso a grandes oportunidades, ellos a su vez podrán reproducir lo aprendido para cuando tengan que volar por cuenta propia.  Los gritos apabullantes, histéricos y continuos de nuestra vecina a sus hijitas de tres y cuatro años, sin dudas, en nada contribuyen a su formación como personas balanceadas.

La escuela debería ser el vivero de la formación donde los niños adquieran todas las destrezas necesarias para desempeñarse adecuadamente como adultos.  Sabemos, sin embargo, que ello no es suficiente.  Sabemos también, que la vida moderna, la urgencia con la que pasan los días, la velocidad a la que se toma las más graves decisiones, o nuestro honesto y admitido desconocimiento sobre cómo hacerlo, en ocasiones impiden que los padres desempeñemos nuestra misión como instructores de vuelo.

En ocasiones no tenemos todas las herramientas que nos ayuden a formar a  nuestros hijos y es necesario buscar otros recursos.  Los amigos, los vecinos, la familia, los clubes deportivos, las organizaciones comunitarias y sociales, los Boy Scouts, la YMCA o las actividades académicas extracurriculares, son alternativas viables, usualmente económicas y de extraordinarios resultados en la formación de los niños.  Si no podemos hacerlo nosotros, nuestra misión es buscar quién nos ayude en tan crítica misión.  Lo importante es prepararlos, darle el acceso a la oportunidad y que sean ellos los que decidan qué harán; que un día te detengas y al mirar hacia atrás, con gran confianza en tus propios resultados, te des cuenta de que has hecho todo lo que tenías que hacer para decirle a tu hijo: estás listo, prepara tu Plan de Vuelo.

Al revisar el Plan de Vuelo toma en consideración tres cosas: dirección, alabeo y profundidad.  Dirección, garantízate que tienes definido el rumbo que habrás de seguir.  Alabeo, asegúrate que te puedes tumbar de lado para conseguir darle un giro a tu vida que mantenga en el rumbo escogido.  Profundidad, confirma que puedas subir o bajar el rumbo de tu ruta para llegar finalmente a tu destino.

Verifica con tus hijos que tengan su Plan de Vuelo y… déjalos volar.

Derecho a Jugar

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La Humanidad debe dar al niño lo mejor de sí misma

Declaración de Ginebra, 1924

En una sociedad donde el litigio obcecado y la ventilación sobre los derechos del más alto nivel de los seres humanos se debaten en cada foro imaginable a cada instante, preguntarnos si los niños tienen derecho a jugar parecería una broma.

Pero sí lo tienen.  Los niños tienen derecho a jugar.

Desde mediados del siglo XIX los europeos comenzaron a legislar reconociéndoles a los niños derechos que guardaban relación con prácticas trágicas sobre el empleo y su explotación en actividades no aptas para la infancia.  El siglo XX y sus guerras nos trajeron otras tendencias con iguales objetivos.  En 1924 se aprobó la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, en 1959 la Declaración de los Derechos del Niño y en 1989 la Organización de Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño.  El Artículo 31 de la Convención declaró “el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes”.  A riesgo de decir lo obvio, no haría falta legislar un derecho, si todo el mundo lo reconociera.  Claro está, en el caso de los niños, su explotación visible e invisible, el maltrato institucional avalado por el Estados en tantas instancias de la historia y el hecho de que cada vez son más los adultos que adolecen de destrezas sociales e inteligencia colectiva, llevó a las naciones a declarar lo natural: los niños tienen derecho a jugar.  Y por supuesto, las necesidades de los niños de un estado en guerra, de una nación que muere de hambre o de un país desarrollado, nunca serán iguales.

La Real Academia Española de la Lengua define jugar como ‘hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse”.  La diferencia entre jugar y divertirse, entre jugar y entretenerse, es la alegría.  En el juego tiene que haber júbilo, gratificación, risas, expresión visible de la alegría que se siente cuando se juega.  Posiblemente el juego más básico que hayamos practicado con los niños, sean las cosquillas.

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Jugar es tan importante como comer, estudiar, asearse o mantenerse saludable.  Los beneficios del juego son incontables.  El juego ayuda al niño a explorar, a observar, a investigar, a pensar, a aprender, a comunicarse, a madurar, a socializar, a cooperar, a esperar, a estimular la imaginación, a desarrollar afecto, a canalizar energías, a aprender reglas, a desarrollar tolerancia, a su creatividad, a ejercitarse, a mejorar su condición física, a desarrollar su personalidad, a manejar la frustración, a fortalecer lazos familiares, a hacer amigos, a respetar los demás, a solucionar problemas, a superar escollos, a cooperar, a expresarse, a aprender a ganar y aprender a perder.

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Los juegos no tienen que ser complicados ni costosos.  Los juegos, de hecho, deben ser sencillos, espontáneos.  Mientras más sencillas son las reglas y mientras más emoción produce sus resultados, más alegre será el juego y más le gustará a los niños.  Como padres, debemos procurar darle a nuestros hijos la oportunidad de jugar y debemos ser cautelosos en distinguir lo que es un juego de lo que no lo es.  Muchas actividades lúdicas conocidas que les fascinan a los niños, no necesariamente son juegos que tienen los beneficios antes mencionados.  El fútbol, los videojuegos, el cine, el tiempo de ocio en la escuela, son actividades fenomenales de entretenimiento, que dependiendo cómo se lleven a cabo, pueden o no ser juegos con los beneficios antes mencionados.

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La rutina aburrida, la sobre protección, la manipulación, no son ejemplo de una paternidad responsable.  Los padres también podemos jugar, nos podemos incorporar a los juegos de los niños.  Los padres venimos obligados a estar pendientes de nuestros hijos, supervisar dónde, cómo y con quién se juega; darles ejemplos que sean espejos en los que se puedan reflejar, criarlos sanamente y siempre que podamos, jugar con ellos.  Darles la oportunidad de la alegría.

Es cierto, jugar es un derecho… pero no nos confundamos, pues bien visto, más bien se trata de una de nuestras más serias obligaciones.  Hoy es buen día para jugar con los niños.

David Maza… efímero el amor… corta la vida…

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Me re-encontré con David Maza en el litoral de la isla, en una calmada playa de la costa este.  Se estaba saboreando un La Gloria Cubana tipo torpedo de amplio ring y de robusto sabor.  Cada bocanada de humo la pisaba con un buche de una fría cerveza Beck’s.  Tras disertar sobre la tripa, capa y capote del cigarro y quejarse con buenas malas palabras de la internacionalidad de tan deliciosa obra del placer, nos pusimos al día.  Habían pasado 25 años.

Fue fácil re-empatarnos.  Me contó mil y una historias.  Me habló, como solía hacerlo siempre, con un perfecto acento español, gringo y boricua.  Presumió de conocer al jefe del jefe del más importante de los jefes y de haber salido con su esposa tal vez.  Me explicó cómo resolver una gran parte de los problemas de la humanidad y me aclaró que, si le conseguía un par de millones de dólares con alguno de “mis amigos”, también podía curar el dolor de casi todo el país.  Me detalló lujosamente los pormenores de la reforma sanitaria necesaria que pusiera fin a todos los dolores de todas las personas y como siempre, aderezó la plática disertando sobre el derecho a pasarla bien.

Desde que dejé de verlo hasta ahora no había cambiado mucho; además de las canas que apreciaba con lujuria, ahora se había convertido en un famoso doctor: el archiconocido doctor Maza, el Doctor de las Estrellas.  Me contó de su accidente y del doctor chino que lo curó.  Y me repitió en inglés con divertido acento mandarín: “you sick, me fix, two thousand dollars”.

Fue entonces cuando me habló de su esposa y de sus hijos.  Me contó del verano en que la conoció.  Y me habló de la piscina de aquel famoso hotel.  Y con su hija sentada en su falda, mientras le daba consejos sobre la ingesta de vegetales verdes altos en fibra, me habló de la paternidad: “para esto fue que yo nací”.  Esa tarde me hizo entrelazar mis dedos sobre la nuca y apretándome fuertemente el esternón… ¡crack!, me ajustó la espina y sentí cómo la sangre hacia mi cabeza fluyó.  El día se me hizo corto pues pronto se excusó para ir a escuchar Misa dominical.

Hace unos días nos despedimos de David.  Frente a sus cenizas, algunos cientos de sus amigos nos re-encontramos con él.  Entonces repasé.  Compartí con David su entrañable amor por sus hijos.  Vivía tan enamorado de Sabrina y tan orgulloso de David Edward, su clon.  Admiraba de David su profundo amor que tenía por sus padres, doña Dolores y don David.  Celebraba de David su orgullo tan grande que sentía cuando hablaba de sus hermanos Marisa, Fico, Daniel y Lolita.

La última vez que nos vimos David se quejó de lo efímero del amor y de lo corto de la vida.  “Flaco, no pierdas tiempo, el amor se acaba y la vida es corta”.  Se nos fue muy pronto David.  Nunca nos dijo que estaba enfermo.  Nunca se quejó de su dolor.  Se fue sin darnos ninguna advertencia y sin permitirnos confesar a sus amigos, la entrañable admiración por su genio.

Es tan efímero el amor… y es tan corta la vida…

Lo más importante es ser feliz…

Siempre quise ser padre.  De niño lo deseaba con ansias y lo incorporaba como la parte más seria de mis juegos.  De adulto, vivo la paternidad como la más importante experiencia de  mi naturaleza.

Sebastián nació hace 17 años y Lorenzo hace 14.  Y cada vez que lo pienso, cada vez que reflexiono sobre mi paternidad, siempre llego a la misma conclusión: que no ha habido un día en el que pueda decir que el de ayer fue mejor que el de hoy.  Cada día que he pasado con mis hijos, ha sido mejor que el anterior.

Cuando Sebastián nació, el médico lo sacó cargado en sus brazos y caminando urgente hacia la Sala de Espera, gritó fuertemente su nombre y apellido: ¡Sebastián Alegría!  Me puse de pie de inmediato y acudí urgente a mi primera cita con la paternidad.  Me acerqué hasta donde mi hijo con unas fuertes ganas de decirle todo, pero no me salían palabras… había esperado tanto ese momento, había deseado tanto ser padre.  Entonces salieron de mi boca las mismas palabras que habitaban en mi corazón; le dije: lo más importante en la vida es ser feliz.

Desde entonces, por muchos años, cada noche al dormir y cada mañana al despertarse, le dije lo mismo a él y a su hermano Lorenzo.  Se los repetía como un mantra, tratando de que se lo aprendieran, aunque no lo entendieran.  Cada historia de mi niñez que Lorenzo me hacía contarle cada noche la terminaba siempre de la misma manera: lo más Imageimportante en la vida es ser feliz. Cada vez que cantábamos juntos As Time Goes By y recordaba con ellos la famosa escena de Casablanca, volvía a repetirlo: lo más importante en la vida es ser feliz.

Hoy que decido contar algunas de las experiencias de mi paternidad, me pregunto cuál es el único consejo que puedo darle a mi hijo Sebastián que pronto partirá a Estados Unidos a estudiar en la universidad.  Y por más que lo piense tiene que ser el mismo.  A los hijos tenemos que ayudarlos a que definan sus rumbos, pero más allá del amor y la decepción; más allá de la prosperidad y la desesperación; más allá de lo sagrado y lo profano, se encuentra siempre el fin último: la felicidad.  Ese estado mental de tranquilidad y aceptación con placer y orden de nuestra realidad y de los planes que tenemos pensado, para cuando nos salgamos mañana de la cama; ese gusto, esa satisfacción, esa alegría.

La paternidad es una opción personal y volitiva.  Los hijos no escogen a sus padres, somos los padres quienes –unos más conscientes que otros– escogemos tener hijos.

La felicidad también es una opción personal.