Soy un padre muy feliz

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por Reynaldo R. Alegría

Mis queridos hijos Sebastián y Lorenzo:

Soy un padre muy feliz.

Pertenezco a una generación de hombres que son muy felices con su paternidad plena y que ejercen con gusto y gran amor la responsabilidad en la crianza de los hijos.  Como padre le sirvo a la vida de ustedes.

La paternidad, si tú quieres y lo decides, te hace sabio y feliz.  Pero solamente si tú lo escoges.  El mero nacimiento de ustedes no me habría hecho tan feliz si no hubiera asumido también las obligaciones y responsabilidades de mi paternidad.  Criarlos a ustedes, encargarme de ustedes, darles de comer, bañarlos, vestirlos, peinarlos, dormirlos, velarlos en el parque, enseñarles a montar bicicleta, ayudarlos con las tareas escolares, ayudarlos a escoger una universidad, eso es lo que me ha dado felicidad.

Por eso siempre me escuchan decir que desde que nacieron no puedo recordar un solo día en que el de ayer haya sido mejor que el de hoy.  Porque es que de verdad, cada día con ustedes ha sido mejor.

Les escribo esta carta porque creo que ya ustedes pueden entender claramente lo que es sentirse feliz y porque ya ustedes han visto muchos modelos de paternidad.  Y es importante que sepan que la sola paternidad no te hace feliz.  En realidad la felicidad es el resultado de una paternidad responsable.

Puedes llegar a ser padre de muchas maneras.  Pero más allá de las tantas versiones y razones de paternidad, deben saber que ser padre siempre, siempre, siempre, es el resultado de un acto volitivo.  Ser papá es un acto que surge de tu propia y única voluntad.  Yo decidí ser papá.  Y quiero que sepan que soy muy feliz.

Con el divorcio se aprenden muchas cosas.  Puedes haber sido profesor de Derecho de Familia y llevar 20 años de tu vida profesional como abogado dedicado a esa práctica, pero tienes que haberte divorciado, ser parte de esa estadística demoledora del 60% de intentos fracasados (muchos de ellos muy felices y llenos de amor como el mío), para aprender que es la paternidad responsable lo que te hace feliz.

Con el divorcio aprendí que el Día de Navidad es el día que uno escoja y que los cumpleaños se celebran cuando te venga en gana o cuando tengas dinero para hacer esa fiesta especial de la que están antojados.  Pero también aprendí, mis queridos hijos, que Día de los Padres es todos los días.

En mi carácter personal ser padre me da una ventaja sobre quien no lo es, pero sería muy injusto decir que la paternidad es una necesidad humana fundamental.  No lo es.  Mis tres queridos hermanos: Tío Carlos, Tío Ricardo y Tío Rafael, han sido tres grandes padres para ustedes.  La paternidad te da la oportunidad para hacer lo que tienes que hacer para con la sociedad.  No todo el mundo nació para ser padre.  Nadie debe decidir ser padre pensando que la paternidad le dará la felicidad que no tiene.  Los hijos no salvan los matrimonios ni las relaciones de pareja.  Es la responsabilidad en el descargo de la paternidad y la maternidad la que te hace feliz.  Soy feliz porque soy responsable con ustedes.  Parece una contradicción, pero ser un papá responsable es lo que me hace feliz.

Con el tiempo, si les toca ser padres, se darán cuenta que uno repite las mismas cosas que aprendió de sus padres.  Posiblemente no hay nada bueno que haya hecho con ustedes que no estuviera inspirado en mis padres.  Desde ir temprano los sábados a la Plaza del Mercado a comprar verduras, vegetales y pollo fresco para hacerles el potaje con el que los alimentaría desde que nacieron, tomarles una foto con el uniforme nuevo el primer día de clases, visitar la escuela a menudo para hablar con sus maestros, amanecerme esperándolos en lo que llegan de una fiesta, hasta hacer los grandes sacrificios personales y económicos que requieren una educación de primera como la que ustedes han tenido.

¿Pero saben qué cosa me hace muy feliz?  Que ustedes nunca me hayan exigido que sea un mejor padre.  Eso me lo gané cada día que decidí quedarme en la casa en vez de irme de fiesta.  Cada vez que me amanecí con uno de ustedes enfermo en el hospital.  Cada vez que tomé la decisión de ser responsable.  Por eso es que siento tanta felicidad cuando puedo contarle a mis amigos que ustedes nunca me hicieron una escena en el supermercado antojados de alguna golosina, que nunca han peleado físicamente con nadie ni entre ustedes, que son respetuosos, bondadosos, cariñosos, amigables, sociables.

No quiero terminar esta carta sin contarles un secreto muy íntimo para mi felicidad.  ¿Saben qué hago cuando estoy triste?  Pienso en ustedes.  Me los imagino en los momentos en que han alcanzado metas, premios, graduaciones, fiestas.  Me acuesto tratando de imaginar el futuro de ustedes; sus trabajos, sus parejas, sus estudios, sus viajes, sus hijos.  Imagino que los toco en la cabeza.  Que los miro a sus ojos verdes.  Que les acaricio el pelo.  Que les pongo la mano en el hombro derecho como suelo hacer y que los llamo “hijos”, como me gusta.  Que les doy un beso.  Y me duermo feliz imaginándolos, porque soy un padre muy feliz.

En el Día Internacional del Niño

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Me apasionan los niños.  Su alegría.  Su ingenuidad.  Sus juegos sencillos y divertidos.  Sus risas.  Las ganas que tienen de ser mayores.  Cuando era niño siempre quise ser mayor.  Ahora que lo soy, hay días que pienso que me gustaría volver a ser niño.

Tuve una gran niñez y unos padres excepcionales.  Mis necesidades atendidas.  Mis sueños estimulados.  No sobraba, pero tampoco faltaba.  Hoy crío a mis hijos con los mismos valores con que me criaron a mí.  Con las mismas preocupaciones de mis padres.  ¿Comiste?  ¿Estudiaste?  ¿Tienes tareas?  ¿Con quién vas?  ¿Quiénes van?  ¿A qué hora regresan?  ¿Cómo se llama la mamá?  ¿Qué llevas ahí?

Pero no todos los niños han tenido la misma suerte que tuvimos mis hermanos y yo, ni la suerte que han tenido mis hijos.  Al menos, así es que siempre decimos: ¡qué suerte tuvimos!  Sin embargo, me pregunto si en realidad se trata de suerte.  Si en realidad podemos llegar a creer que el éxito, la bondad, la decencia y la buena paternidad son producto del azar.  Bien mirado, lo que tuve fue una gran formación y la compresión y el amor de mis padres.

La cocina no miente, no puede salir del sartén nada mejor que lo que a él entra.

Como país tenemos exactamente la misma obligación que tenemos como padres: formar adecuadamente a nuestros hijos; pero además, tenemos que comprenderlos y amarlos.  Como país tenemos que reproducir todas esas buenas costumbres que tenemos como padres en la crianza de nuestros hijos.  Hay muchas de esas buenas costumbres que son fundamentales: descanso, alimentación, salud, vivienda, desarrollo físico, diversión.  Pero de todas ellas, las más importante es la educación.  La educación es la madre de la cual salen todas las costumbres.

El sistema educativo de Puerto Rico está en crisis: demasiadas escuelas deterioradas; demasiados  maestros sin la adecuada formación y adiestramiento; falta de materiales, recursos, libros, escuelas, maestros; excesivo fracaso en el proceso de aprendizaje.  Hay escuelas que apestan.  Escuelas cerradas.  Escuelas sin inodoros disponibles.  Sin fuentes de agua.  Sin bibliotecas.  Sin computadoras.  Hay cientos, sino miles de empleados del Departamento de Educación haciendo trabajos que no saben hacer, o que no quieren hacer o que no le han explicado cómo hacer.  Hay cientos de maestros fuera del salón de clases haciendo trabajos que no quieren hacer o no saben hacer o que no le han explicado cómo hacer.

Pero más que todo eso existe un grave problema de fondo, Puerto Rico no ha decidido qué es lo que le vamos a enseñar a nuestros niños.  Como país tenemos que escoger la formación que daremos a nuestros hijos hoy, para que aumentemos la certeza de lo que harán mañana.  Tenemos que escoger el país que queremos tener y tenemos que educar a nuestros niños en ello.  Puerto Rico tiene que decidir qué quiere ser cuando sea grande.

Pienso que hoy, que celebramos el Día Internacional del Niño en conmemoración a la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño el 20 de noviembre de 1959 y de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989, es un gran día para hacer grandes declaraciones.  Es por ello que yo, como papá de Sebastián y Lorenzo y por el entrañable amor que le tengo a ellos y a Puerto Rico, declaro en el Día Internacional del Niño que quiero una educación de excelencia para nuestros hijos.  Una educación que nos permita edificar una sociedad justa, de respeto a todos los seres humanos, de aprecio a todas las libertades, que conduzca a la felicidad y a la prosperidad individual y como nación.

¡Más Maestros, Menos Policías!

Mi Querido Sebastián:

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Anoche te dejé en la que será tu otra casa por los próximos cuatro años.

Mientras subías aquella pesada maleta por las escaleras de los cuatro pisos de tu nuevo dormitorio, pensaba en la increíble hazaña de acomodar todo un clóset dentro de una sola maleta.

Bocadillo.  Claro, no podemos dejar de agradecer.  Al Tío Carlos su ayuda y sus consejos sobre qué, cuánto y cómo acomodar.  Al Tío Rafa que te compró ropa como si las tiendas fueran a dejar de existir.  Y al Tío Ricardo que te regaló abrigos que ninguno solo cabía en una maleta.  Sin olvidar la emoción de Lorenzo y las alcapurrias con las que Mamabuela nos despidió.

La mudanza.  Me dediqué a saborear cada instante en el que con meticulosidad y gusto propio acomodabas cada pieza de tu vida en el orden apropiado.  Hice un esfuerzo espantoso por no meterme, por no opinar, por ayudar sin poner un dedo donde no tenía permiso.  Y lo disfruté mucho aunque casi me amarro la mano.

Entonces.  Cuando todo estuvo listo.  Cuando cada cosa estuvo en su lugar y el rigor del tiempo te obligaba a terminar, arropaste la cama con una gigantesca bandera de Puerto Rico.  Ví cómo con gran dedicación y extremado cuidado la pusiste sobre la pared que resguarda tu cama.  Fue como una emotiva ceremonia.  Un gran momento.

La maleta.  En ese justo instante caí en cuenta, amado hijo, que en la maleta no solo estaba tu ropa.  En realidad, en esa maleta estaba acomodada toda una vida.  Tu gustos y costumbres.  Tus deseos vehementes.  Tus grandes anhelos.  La formación de toda una vida.  Integra.  Voluminosa.  Sólida.  Amorosa.  Fundamental.  Extraordinaria.  Patriótica.

Fuerte.  Te juro que estoy terriblemente emocionado mientras escribo estas notas.  Ese gesto de plantar bandera es tan excepcional.

¡Tan valiente!  ¡Tan atrevido!

El grito.  A pesar de todo lo que te han dicho y explicado.  A pesar de que vivirás en la nación extranjera.  En la boca del lobo.  A pesar de que serás mirado de reojo por tu acento.  A pesar de que te gusta escuchar a Ismael Rivera y sus Tumbas mientras te bañas.  A pesar de todo eso, arrancas con un grito de guerra.

Realidad.  El país está en serias dificutades.  Cierto.  Las cosas están malas.  Es verdad.  Pero te digo con el corazón en la mano que la confianza que tenemos en esos que como tú se van con ánimo de regresar, es más grande que la frustración de ver con tristeza a los que salen huyendo.

A partir de hoy, cada mañana al levantarte te encontrarás de frente con la insignia de la patria.  A partir de ahora, serás un vigía de los más grandes valores de esta gran nación.

Hijo, ve y estudia.  Ve a hacer todo lo que toca hacer.  Hazlo como te gusta.  Con ganas  Con pasión.  Con coraje.  Con gusto.

Lo sabes.  Aquí te estaremos esperando.  Con los brazos abiertos.  Con una gran esperanza de que mañana, gracias a ustedes, todo será mejor.

Un beso y un abrazo,

Papi

Aquí, para leer y releer la Proclama de los Diez Mandamientos de los Hombres Libres de Betances.  (Sustituye España por Estados Unidos y españoles por americanos)

Proclama de los Diez Mandamientos
de los Hombres Libres

[Proclama: Texto completo]

Ramón Emeterio Betances*

Noviembre de 1867

Puerto Riqueños

El gobierno de Da. Ysabel II lanza sobre nosotros una terrible acusación

Dice que somos malos españoles

El gobierno nos calumnia

Nosotros no queremos la separación; nosotros queremos la paz, la unión con España; mas es justo que pongamos nosotros también condiciones en el contrato.

Son muy sencillas.

Helas aquí:

Abolición de la esclavitud

Derecho a votar todas las imposiciones

Libertad de cultos

Libertad de la palabra

Libertad de imprenta

Libertad de comercio

Derecho de reunión

Derecho de poseer armas

Inviolabilidad del ciudadano

Derecho de elegir nuestras autoridades

Esos son los diez mandamientos de los hombres libres.

Si España se siente capaz de darnos y nos dá esos derechos y esas libertades, podrá entonces mandarnos un Capitán general, un gobernador… de paja, que quemaremos en los días de Carnestolendas, en conmemoración de todos los Judas que hasta hoy nos han vendido.

Y seremos españoles.

Si no No.

Si no Puerto Riqueños -¡PACIENCIA!- os juro que seréis libres.

R E. Betances

¡Lorenzo está grande!

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Lorenzo es un hijo excepcional.

Lorenzo es un ser muy espiritual.  Que no solo ve cosas que otros no han visto, sino que vuela alto hacia las cumbres, imaginando, soñando, preguntando, aprendiendo, entendiendo.  Hurgando más allá.

Lorenzo siempre ha sido previsor.  Ha logrado ver cosas antes de que ocurran.  Y esa es una habilidad.  Pues ver antes que los demás sigue siendo el deseo más deseado, el poder más poderoso, el mejor don dado.

Lorenzo es profundo y cauteloso.  Observa sin enjuiciar.  Logra desbridar el hecho de su opinión propia.  Calcula sus palabras y sus movimientos y los ahorra con mucha naturalidad.  Y eso es un gran talento en estos días de opinioneros y analistas.  Días de especialistas en explicaciones, en deducciones, en alocuciones.

Lorenzo adora la historia y las biografías.  Conoce de guerras y de naciones, de demarcaciones y de jurisdicciones.  Le gusta engullir el dato.  Pero además le gusta descorrer la cortina a ver que se guarda detrás, descubriendo el hecho, buscando el motivo, destapando la justificación.

Lorenzo pregunta sobre la gente, la familia, los vecinos, la niñez.  Le gusta conocer sobre la evolución de las personas, sobre su desempeño por los diversos caminos.  Descartando los tropiezos.  Elogiando las hazañas.  Admirando las fortunas.

Lorenzo es bondadoso y desprendido.  Tiene poco apego por lo material.  Quiere poco.  Y lo que tiene también lo quiere poco.  Pero tiene una gracia innata para el comercio y el ahorro que cualquiera quisiera dominar.  Tiene la habilidad de identificar siempre la oportunidad.

Lorenzo es respetuoso.  Aún contagiado por la enfermedad contemporánea del tuteo, se dirige a los adultos con miramiento y consideración.  Da gusto ver a Lorenzo dirigirse a su abuela, respetando la edad, la sabiduría y el vínculo de sangre que los ata en propiedad.

Lorenzo ama los animales y la naturaleza.  Se entiende muy bien con las maravillas de la Creación.  Hace contacto urgente con el bosque y con los mares, con la tierra y con los cielos.  La conexión que hace Lorenzo es de las del tipo vital, mágica, intuitiva, dos se hacen uno sin esperar.

La voz de Lorenzo se ha tornado gruesa, fuerte, poderosa.  Como si tuviera una caja de resonancia empotrada en el pecho que le quisiera estallar.  Pero Lorenzo suele hablar sin quejarse, tranquilamente, sin oponerse, sin complicarse.  Y es que las voces fuertes se escuchan mejor en las personas que también lo son.  Si la fortaleza de voz y cuerpo va acompañada de suavidad y apacibilidad, entonces la combinación es dulce sin ser mansa.  Y esa también es su habilidad.

Lorenzo es cariñoso, amoroso y familiar.  Me abraza, me toca, me mima.  Lorenzo es espectacular.

Y ha crecido tanto.  Se ha puesto tan grande.  Que se lo quiero celebrar.

 

NOTA para Sebastián: No te pongas celoso que ya pronto te tocará.

Ya Volvemos a la Escuela

ImageDe niño me encantaba la escuela.  El día antes de que empezaran las clases ponía toda mi ropa nueva en la puerta del cuarto: camisa, pantalón, corbata, correa, zapatos, medias, ropa interior y un bulto atestado de libros.  El primer día mi madre nos tomaba una foto con el uniforme nuevo frente a la casa.  Esa foto revelaba la intensa negociación que mi hermano y yo habíamos tenido con ella en cuanto a los zapatos de moda que queríamos, los que ella declaraba aceptables y, claro está, los que se podían pagar.

Pero no a todos los niños les gusta la escuela.  No todos los niños van con ropa nueva a la escuela el primer día de clases.  Algunos se frustran porque les aburre, otros se intimidan porque le sienten hostigados y para los más, es la forma más cómoda de socializar con otros niños.  Ello, sin olvidar la pobreza que sigue siendo el mayor obstáculo para el acceso a la educación.

Los sistemas educativos del mundo entero están en crisis.  De una parte, cada vez estamos más exigentes con los resultados que debe producir la escuela al tiempo que al sistema se le hace cada vez más difícil estar al día con los cambios políticos, tecnológicos y muy en particular, las transformaciones culturales.  La homogenización de los procesos de enseñanza niega lo obvio: que todos no somos iguales.

En consecuencia tenemos bajas matrículas en las escuelas, altas tasas de deserción escolar, desempleados con grados universitarios y profesiones de la más alta reputación y, como producto final, fugas de talentos y una decepción generalizada.

A nivel personal, en el hogar, hemos transformado nuestra exigencia a los niños por las exigencias a los maestros.  Restamos autoridad al conocimiento, prácticas y desempeño de los maestros, muchas veces frente a los propios niños.  Ni hablar de los padres que dejan de cumplir su responsabilidad para dirigir los hijos a que aprovechen las oportunidades educativas disponibles.

El reconocimiento de derechos a los estudiantes y a los maestros y el continuo abuso de esos derechos crean un ambiente de intolerancia al compromiso cívico de los maestros, los estudiantes y de sus padres.

Urge una transformación de los sistemas educativos a nivel institucional.  La revisión profunda se debe centrar en el objetivo de la educación integral al ser humano, reconociendo ante todo que las inteligencias, las capacidades y los talentos no se empacan a granel y no se administran a todos en igual ración.  La escuela tiene que educar a partir de las necesidades de los niños y de la visión del futuro del país con la que la mayor parte estemos de acuerdo.

Debemos educar a los niños, pero tenemos también que educar a sus padres.  Así como no se puede obligar a una persona a ser un buen padre o una buena madre, tampoco será fácil obligarlos a cumplir con sus obligaciones de dirigirlos en la educación.  Solamente educando a los niños tendremos un gran país y solamente educando a sus padres tendremos grandes estudiantes en las escuelas.

La educación de calidad requiere tiempo del valioso y dedicación de la agotadora.  Como un buen guiso, el mejor sofrito, las mejores verduras, las hierbas más frescas y las carnes más tiernas… y tiempo, mucho tiempo.

Déjalos Volar

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Esta mañana cuando Sebastián me preguntó qué llevaba para su viaje le dije que estaba listo para volar, que preparara su Plan de Vuelo.

A los hijos hay que enseñarles a volar, o llevarlos donde le enseñen y entonces… dejarlos volar.  Ha sido consejo antiguo de los abuelos, con voz grave o de rumba, con voz tenue o fuerte: “mijo’, déjalo volar”.

Es una tendencia natural de la paternidad el proteger a los niños; velar por su salud y bienestar, que se alimenten bien, que estén protegidos y seguros, que tengan un buen descanso, que sean felices.  Pero en ocasiones se nos olvida que deben aprender a valerse por sí mismos, pues la tranquilidad, la felicidad y el éxito en la vida guardan relación con que se tenga una vida particular, que no tengamos que vivir la vida en función de otra vida, que podamos vivir por cuenta propia.

No puede salir del sartén nada mejor que lo que a él entra.  Si para cocinar utilizamos ingredientes de baja calidad y frescura no podemos aspirar a tener el mejor de los guisos.  Pasa igual con los hijos.  Solo si le damos lecciones buenas, ejemplos edificantes y el acceso a grandes oportunidades, ellos a su vez podrán reproducir lo aprendido para cuando tengan que volar por cuenta propia.  Los gritos apabullantes, histéricos y continuos de nuestra vecina a sus hijitas de tres y cuatro años, sin dudas, en nada contribuyen a su formación como personas balanceadas.

La escuela debería ser el vivero de la formación donde los niños adquieran todas las destrezas necesarias para desempeñarse adecuadamente como adultos.  Sabemos, sin embargo, que ello no es suficiente.  Sabemos también, que la vida moderna, la urgencia con la que pasan los días, la velocidad a la que se toma las más graves decisiones, o nuestro honesto y admitido desconocimiento sobre cómo hacerlo, en ocasiones impiden que los padres desempeñemos nuestra misión como instructores de vuelo.

En ocasiones no tenemos todas las herramientas que nos ayuden a formar a  nuestros hijos y es necesario buscar otros recursos.  Los amigos, los vecinos, la familia, los clubes deportivos, las organizaciones comunitarias y sociales, los Boy Scouts, la YMCA o las actividades académicas extracurriculares, son alternativas viables, usualmente económicas y de extraordinarios resultados en la formación de los niños.  Si no podemos hacerlo nosotros, nuestra misión es buscar quién nos ayude en tan crítica misión.  Lo importante es prepararlos, darle el acceso a la oportunidad y que sean ellos los que decidan qué harán; que un día te detengas y al mirar hacia atrás, con gran confianza en tus propios resultados, te des cuenta de que has hecho todo lo que tenías que hacer para decirle a tu hijo: estás listo, prepara tu Plan de Vuelo.

Al revisar el Plan de Vuelo toma en consideración tres cosas: dirección, alabeo y profundidad.  Dirección, garantízate que tienes definido el rumbo que habrás de seguir.  Alabeo, asegúrate que te puedes tumbar de lado para conseguir darle un giro a tu vida que mantenga en el rumbo escogido.  Profundidad, confirma que puedas subir o bajar el rumbo de tu ruta para llegar finalmente a tu destino.

Verifica con tus hijos que tengan su Plan de Vuelo y… déjalos volar.

Derecho a Jugar

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La Humanidad debe dar al niño lo mejor de sí misma

Declaración de Ginebra, 1924

En una sociedad donde el litigio obcecado y la ventilación sobre los derechos del más alto nivel de los seres humanos se debaten en cada foro imaginable a cada instante, preguntarnos si los niños tienen derecho a jugar parecería una broma.

Pero sí lo tienen.  Los niños tienen derecho a jugar.

Desde mediados del siglo XIX los europeos comenzaron a legislar reconociéndoles a los niños derechos que guardaban relación con prácticas trágicas sobre el empleo y su explotación en actividades no aptas para la infancia.  El siglo XX y sus guerras nos trajeron otras tendencias con iguales objetivos.  En 1924 se aprobó la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, en 1959 la Declaración de los Derechos del Niño y en 1989 la Organización de Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño.  El Artículo 31 de la Convención declaró “el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes”.  A riesgo de decir lo obvio, no haría falta legislar un derecho, si todo el mundo lo reconociera.  Claro está, en el caso de los niños, su explotación visible e invisible, el maltrato institucional avalado por el Estados en tantas instancias de la historia y el hecho de que cada vez son más los adultos que adolecen de destrezas sociales e inteligencia colectiva, llevó a las naciones a declarar lo natural: los niños tienen derecho a jugar.  Y por supuesto, las necesidades de los niños de un estado en guerra, de una nación que muere de hambre o de un país desarrollado, nunca serán iguales.

La Real Academia Española de la Lengua define jugar como ‘hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse”.  La diferencia entre jugar y divertirse, entre jugar y entretenerse, es la alegría.  En el juego tiene que haber júbilo, gratificación, risas, expresión visible de la alegría que se siente cuando se juega.  Posiblemente el juego más básico que hayamos practicado con los niños, sean las cosquillas.

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Jugar es tan importante como comer, estudiar, asearse o mantenerse saludable.  Los beneficios del juego son incontables.  El juego ayuda al niño a explorar, a observar, a investigar, a pensar, a aprender, a comunicarse, a madurar, a socializar, a cooperar, a esperar, a estimular la imaginación, a desarrollar afecto, a canalizar energías, a aprender reglas, a desarrollar tolerancia, a su creatividad, a ejercitarse, a mejorar su condición física, a desarrollar su personalidad, a manejar la frustración, a fortalecer lazos familiares, a hacer amigos, a respetar los demás, a solucionar problemas, a superar escollos, a cooperar, a expresarse, a aprender a ganar y aprender a perder.

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Los juegos no tienen que ser complicados ni costosos.  Los juegos, de hecho, deben ser sencillos, espontáneos.  Mientras más sencillas son las reglas y mientras más emoción produce sus resultados, más alegre será el juego y más le gustará a los niños.  Como padres, debemos procurar darle a nuestros hijos la oportunidad de jugar y debemos ser cautelosos en distinguir lo que es un juego de lo que no lo es.  Muchas actividades lúdicas conocidas que les fascinan a los niños, no necesariamente son juegos que tienen los beneficios antes mencionados.  El fútbol, los videojuegos, el cine, el tiempo de ocio en la escuela, son actividades fenomenales de entretenimiento, que dependiendo cómo se lleven a cabo, pueden o no ser juegos con los beneficios antes mencionados.

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La rutina aburrida, la sobre protección, la manipulación, no son ejemplo de una paternidad responsable.  Los padres también podemos jugar, nos podemos incorporar a los juegos de los niños.  Los padres venimos obligados a estar pendientes de nuestros hijos, supervisar dónde, cómo y con quién se juega; darles ejemplos que sean espejos en los que se puedan reflejar, criarlos sanamente y siempre que podamos, jugar con ellos.  Darles la oportunidad de la alegría.

Es cierto, jugar es un derecho… pero no nos confundamos, pues bien visto, más bien se trata de una de nuestras más serias obligaciones.  Hoy es buen día para jugar con los niños.

David Maza… efímero el amor… corta la vida…

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Me re-encontré con David Maza en el litoral de la isla, en una calmada playa de la costa este.  Se estaba saboreando un La Gloria Cubana tipo torpedo de amplio ring y de robusto sabor.  Cada bocanada de humo la pisaba con un buche de una fría cerveza Beck’s.  Tras disertar sobre la tripa, capa y capote del cigarro y quejarse con buenas malas palabras de la internacionalidad de tan deliciosa obra del placer, nos pusimos al día.  Habían pasado 25 años.

Fue fácil re-empatarnos.  Me contó mil y una historias.  Me habló, como solía hacerlo siempre, con un perfecto acento español, gringo y boricua.  Presumió de conocer al jefe del jefe del más importante de los jefes y de haber salido con su esposa tal vez.  Me explicó cómo resolver una gran parte de los problemas de la humanidad y me aclaró que, si le conseguía un par de millones de dólares con alguno de “mis amigos”, también podía curar el dolor de casi todo el país.  Me detalló lujosamente los pormenores de la reforma sanitaria necesaria que pusiera fin a todos los dolores de todas las personas y como siempre, aderezó la plática disertando sobre el derecho a pasarla bien.

Desde que dejé de verlo hasta ahora no había cambiado mucho; además de las canas que apreciaba con lujuria, ahora se había convertido en un famoso doctor: el archiconocido doctor Maza, el Doctor de las Estrellas.  Me contó de su accidente y del doctor chino que lo curó.  Y me repitió en inglés con divertido acento mandarín: “you sick, me fix, two thousand dollars”.

Fue entonces cuando me habló de su esposa y de sus hijos.  Me contó del verano en que la conoció.  Y me habló de la piscina de aquel famoso hotel.  Y con su hija sentada en su falda, mientras le daba consejos sobre la ingesta de vegetales verdes altos en fibra, me habló de la paternidad: “para esto fue que yo nací”.  Esa tarde me hizo entrelazar mis dedos sobre la nuca y apretándome fuertemente el esternón… ¡crack!, me ajustó la espina y sentí cómo la sangre hacia mi cabeza fluyó.  El día se me hizo corto pues pronto se excusó para ir a escuchar Misa dominical.

Hace unos días nos despedimos de David.  Frente a sus cenizas, algunos cientos de sus amigos nos re-encontramos con él.  Entonces repasé.  Compartí con David su entrañable amor por sus hijos.  Vivía tan enamorado de Sabrina y tan orgulloso de David Edward, su clon.  Admiraba de David su profundo amor que tenía por sus padres, doña Dolores y don David.  Celebraba de David su orgullo tan grande que sentía cuando hablaba de sus hermanos Marisa, Fico, Daniel y Lolita.

La última vez que nos vimos David se quejó de lo efímero del amor y de lo corto de la vida.  “Flaco, no pierdas tiempo, el amor se acaba y la vida es corta”.  Se nos fue muy pronto David.  Nunca nos dijo que estaba enfermo.  Nunca se quejó de su dolor.  Se fue sin darnos ninguna advertencia y sin permitirnos confesar a sus amigos, la entrañable admiración por su genio.

Es tan efímero el amor… y es tan corta la vida…

Lo más importante es ser feliz…

Siempre quise ser padre.  De niño lo deseaba con ansias y lo incorporaba como la parte más seria de mis juegos.  De adulto, vivo la paternidad como la más importante experiencia de  mi naturaleza.

Sebastián nació hace 17 años y Lorenzo hace 14.  Y cada vez que lo pienso, cada vez que reflexiono sobre mi paternidad, siempre llego a la misma conclusión: que no ha habido un día en el que pueda decir que el de ayer fue mejor que el de hoy.  Cada día que he pasado con mis hijos, ha sido mejor que el anterior.

Cuando Sebastián nació, el médico lo sacó cargado en sus brazos y caminando urgente hacia la Sala de Espera, gritó fuertemente su nombre y apellido: ¡Sebastián Alegría!  Me puse de pie de inmediato y acudí urgente a mi primera cita con la paternidad.  Me acerqué hasta donde mi hijo con unas fuertes ganas de decirle todo, pero no me salían palabras… había esperado tanto ese momento, había deseado tanto ser padre.  Entonces salieron de mi boca las mismas palabras que habitaban en mi corazón; le dije: lo más importante en la vida es ser feliz.

Desde entonces, por muchos años, cada noche al dormir y cada mañana al despertarse, le dije lo mismo a él y a su hermano Lorenzo.  Se los repetía como un mantra, tratando de que se lo aprendieran, aunque no lo entendieran.  Cada historia de mi niñez que Lorenzo me hacía contarle cada noche la terminaba siempre de la misma manera: lo más Imageimportante en la vida es ser feliz. Cada vez que cantábamos juntos As Time Goes By y recordaba con ellos la famosa escena de Casablanca, volvía a repetirlo: lo más importante en la vida es ser feliz.

Hoy que decido contar algunas de las experiencias de mi paternidad, me pregunto cuál es el único consejo que puedo darle a mi hijo Sebastián que pronto partirá a Estados Unidos a estudiar en la universidad.  Y por más que lo piense tiene que ser el mismo.  A los hijos tenemos que ayudarlos a que definan sus rumbos, pero más allá del amor y la decepción; más allá de la prosperidad y la desesperación; más allá de lo sagrado y lo profano, se encuentra siempre el fin último: la felicidad.  Ese estado mental de tranquilidad y aceptación con placer y orden de nuestra realidad y de los planes que tenemos pensado, para cuando nos salgamos mañana de la cama; ese gusto, esa satisfacción, esa alegría.

La paternidad es una opción personal y volitiva.  Los hijos no escogen a sus padres, somos los padres quienes –unos más conscientes que otros– escogemos tener hijos.

La felicidad también es una opción personal.