La mejor palabra es la propia: Ceremonia fúnebre del Dr. Hermenegildo Ortiz Quiñones

Mereyo

Por Reynaldo R. Alegría

Abogado y Planificador Económico

La mejor palabra es la propia.  Al despedir al Maestro Hermenegildo Ortiz Quiñones, comparto sus propias palabras:

“Nací en Humacao, la Ciudad Gris de Puerto Rico, y me crié entre gentes pobres y acaudaladas, entre gentes con cultura y gentes que adolecían de ella; en un pueblo donde todos, de alguna forma, discutíamos con nuestros políticos lo que queríamos para nuestro pueblo en la farmacia, en la barbería, en el cafetín, en la plaza, en la Iglesia; en un pueblo donde caminábamos a la escuela y al parque; en un pueblo donde conocíamos a nuestros héroes y personajes; un pueblo donde había aceras sobre las que se podía caminar y los niños que tenían, podían correr sus bicicletas; un pueblo donde había interrelación de actividades: la casa, el colmado, el hospital; un pueblo seguro donde se podía caminar a cualquier hora; un pueblo donde el automóvil se hacía innecesario porque la transportación pública era eficiente.  Una ciudad habitable.”[1]

Esa textura de Mereyo, ese tono de voz delicioso, esa sonrisa infinita, esa pasión por la vida buena, que es distinta de la buena vida, marcó todo cuanto hizo.

La mejor palabra es la propia:

“No soy objetor de la libre expresión.  Parte de dos de las minorías más discriminadas en el mundo, estudié en Harvard cuando todavía los negros y blancos eran segregados; y en Cornell, cuando me tocó ser el único puertorriqueño y negro allí que estudiaba un doctorado.  No me opongo a que las personas se expresen con amplitud y libertad.”[2]

Cuando cerremos este capítulo de la historia moderna de Puerto Rico, Hermenegildo Ortiz Quiñones ocupará en él un lugar importante como hombre de familia, maestro, ingeniero, planificador, hombre de estado, polemista y gran puertorriqueño.  Su obra, sus puentes, su Tren, su familia, sus amigos, quedarán para la celebración y el disfrute de nosotros y de las generaciones por venir.

La mejor palabra es la propia:

“No sé cómo fue, y quizá tampoco recuerdo claramente cuándo fue, pero un día –antes de ser ingeniero– me sentí enamorado de los puentes.  Su diseño, su construcción, su ingeniosidad, sus problemas que resuelve.  Un puente, en su definición más común es algo que se construye y por encima de lo cual se puede pasar.  Pero en su expresión más amplia un puente es enlace, es unión, es juntar desde lo más básico hasta el puerto virtual que se pueda concebir como “puente” entre ciudades.

En mi vida profesional hay tres puentes, tres importantes proyectos que comenzaron a construirse o se construyeron durante mi incumbencia como Secretario de Transportación y Obras Públicas […] que entiendo merecen destaque especial por su aportación clara […] al desarrollo del país.

Estos tres proyectos son: primero, el Puente sobre el Río Caguanas, en Utuado; segundo, los elevados del Expreso Baldorioty de Castro; y […] tercero, el Puente Teodoro Moscoso sobre la Laguna San José.  Cada uno de estos proyectos tiene su propia historia y su particular importancia en el desarrollo de la infraestructura vial de Puerto Rico.  Los tres son vivos ejemplos de cómo se puede utilizar la ingeniería y los conocimientos gerenciales, administrativos y financieros al servicio de una mejor calidad de vida para los puertorriqueños.  Pues, de alguna manera, los tres proyectos fueron innovadores.

El Puente sobre el Río Caguanas en Utuado fue el primer puente curvo de hormigón pretensado construido en Puerto Rico y, quizás en el mundo, mediante la técnica de empuje.

Los elevados del Expreso Ramón Baldorioty de Castro fueron los primeros instalados en Puerto Rico y quizás también en el mundo, en menos de 72 horas.

El puente Teodoro Moscoso fue el primer puente de peaje público construido en el hemisferio americano utilizando financiamiento privado.

Quizá ahora podrían entender mejor por qué cuando viajo por el mundo programo tiempo especial para visitar los puentes, porque aún hoy, vivo profundamente enamorado de ellos.”[3]

Como hombre de Estado, Hermenegildo Ortiz Quiñones convenció a muchos, incluyendo al Gobernador Rafael Hernández Colón a quien convenció de convertir en Expreso la Avenida Piñero y no la Avenida Roosevelt como se había prometido en la campaña.  Y más importante, lo convenció de retomar el proyecto del tren que se estaba engavetado.

La mejor palabra es la propia.  Dijo Mereyo:

“[…] el desarrollo y construcción de un moderno sistema de transportación colectiva [significó] cuarenta años de esfuerzos combativos y consistentes del Departamento de Transportación y Obras Públicas, la bendición de cinco gobernadores y una gobernadora y el timoneo firme y seguro de por lo menos nueve Secretarios de Transportación y Obras Públicas.

[…] Así, la construcción del primer tramo del Tren Urbano ha sido posible más por la visión, la pasión y el tesón de muchos que como los corredores de relevos han ido pasándose el batón durante cuarenta años, administración tras administración, que por los más de 3 billones de dólares que ha costado su planificación y construcción.”[4]

Como hombre de estado y servidor público, Hermenegildo Ortiz Quiñones, enfrentó grandes retos.  El 13 de diciembre de 2001, como Presidente de la Junta de Planificación de Puerto Rico, envió una comunicación al Capitán H. J. Kircher, Chief of Staff de la Región Sureste de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, denegándoles el permiso para continuar sus prácticas militares en la isla de Vieques.  La determinación de la Junta, jurídica y moralmente fundamentada creó crisis entre ambos gobiernos.  Cuando le tocó acudir a La Fortaleza para defender su postura, dejó en una gaveta de su escritorio una carta de renuncia.  No fue necesario utilizarla.  El 1 de mayo de 2003 la Marina salió de Vieques.

Producto de las escuelas públicas de Humacao y del Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico donde obtuvo un Bachillerato en Ciencias en Ingeniería Civil en 1953, también estudió una Maestría en Planificación Urbana y Regional en la Universidad de Harvard y un Doctorado en Filosofía de la Universidad de Cornell.

Modelo de servidor público, Hermenegildo Ortiz Quiñones dedicó más de 50 años de vida profesional al trabajo gubernamental.  Trabajó en la Junta de Planificación como funcionario, como Miembro Alterno y como Presidente; dirigió el Departamento de Transportación y Obras Públicas; fue Asambleísta Municipal por San Juan y estuvo cerca de todos los Gobernadores del Partido Popular.  Como universitario fue destacado estudiante y atleta; fue profesor, Director de la Escuela Graduada de Planificación y Decano de Estudiantes; después de retirado siguió impartiendo cursos en Planificación y Administración Pública.  Publicó cientos de artículos, leyó innumerables discursos y escribió libros académicos y personales, como el que escribió cuando hizo el Camino de Santiago con sus hijos y nietos.

En la vida política fue miembro del mítico grupo Vanguardia Popular y del llamado Grupo de los 22; vivió en persona los momentos más neurálgicos del desarrollo del Partido Popular al lado de sus líderes; se autodenominó soberanista cuando usar esa palabra era imprudente en el Partido Popular; fue candidato a Senador por San Juan y vicepresidente de la Fundación Acción Democrática Puertorriqueña.

En el mundo institucional y civil presidió la Junta de Síndicos de la Universidad Central y fue miembro de la Junta de Directores del Hospital Presbiteriano y la Fundación Felisa Rincón de Gautier; fue Gerente General del Periódico Palique, entre tantas otras.  Y no temo admitir que debo haber olvidado decenas de otras gestiones.

Y aunque muchas cosas de importancia no se pudieron completar, el plan de Mereyo quedó escrito.  Así, después de un año de trabajo escribió y recomendó una nueva ley de planificación y dejó otras claras instrucciones.  La mejor palabra es la propia:

“La ciudad habitable es la ciudad de la convivencia saludable, la ciudad que vive segura 24 horas, la ciudad que vincula a la gente con las facilidades físicas y con las actividades.  La ciudad habitable es la ciudad que se camina, en la que las gentes se vinculan socialmente y en la que la total interrelación produce una gran calidad de vida.

[…] hablo de acercar los usos dentro de los espacios físicos; permitir que la gente pueda servirse al máximo y eficientemente de los servicios y actividades que están disponibles.  Cójanse por ejemplo […] esta parte de Santurce.  A nuestro alrededor tenemos hospitales, comercios, iglesias, parques, discotecas, bancos, un museo, una futura estación del tren, barras y cafetines, fondas y restaurantes, servicios de toda naturaleza, incluyendo varias agencias de gobierno.  Miles de personas vienen todos los días, a veces de muy de lejos a servirse de las actividades que tenemos, ¿no les parece lógico que podría y debería vivir más gente en este barrio?  ¿No sería la vida más fácil para algunas personas si vivieran en esta parte de Santurce?

Sin embargo, ¿es fácil caminar en este barrio y acceder a estas facilidades, o ¿tenemos que luchar con los autos para que no nos aplasten, con el sol para que no nos derrita y con los pillos para que no nos roben?

Imagínense que tuviésemos en este barrio grandes y cómodas aceras sembradas con frondosos árboles, que fuese posible caminar al supermercado o al hospital bajo un manto de sombra y fresco, que en las tardes y las noches pudiésemos ir al parque, ya no sólo a pasear nuestras mascotas, sino a conversar con nuestros amigos.  Que pudiésemos caminar a través de calles y caminos sin caer en hoyos en las aceras.  Que pudiésemos trotar o caminar rápidamente para ejercitarnos, sin tener el temor de ser asaltados.”[5]

En el plano personal, Hermenegildo Ortiz Quiñones se casó hace 53 años con doña Carmen Pajarín, una extraordinaria mujer con la que tuvo tres maravillosos hijos, Carmencita, Alicia y Julio, quienes le regalaron cinco fabulosos nietos: Antonio, hijo de Alicia; Mónica y Sofía, hijas de Carmen; y Lía y Ramón, hijos de Julio y Liliana.  Tuvo la dicha de tener unos hermanos excepcionales y amorosos sobrinos tanto de sus hermanos como de su esposa.

Como Maestro, Mereyo también dejó instrucciones.  La mejor palabra es la propia:

“En estos últimos años, he tenido que estudiar la vida y obra del Maestro Rafael Cordero Molina.  Es aleccionadora, fascinante y modelo para futuras  generaciones.  El Maestro nació en 1790 y murió en 1868 años en que todavía regía la esclavitud.  En 1810, el Maestro Rafael, hijo de negros libertos, abrió una escuela gratis para educar niños blancos, negros y mulatos. En la escuela del Maestro Cordero comenzaron su educación muchos puertorriqueños que luego ocuparon cargos importantes en la vida cultural del país. Uno de ellos fue Alejandro Tapia y Rivera.  Don Alejandro fue uno de los primeros que escribió sobre el Maestro Rafael Cordero.  En sus Memorias, dice Tapia y Rivera que el Maestro tenía una “sabia manera de educar el  corazón”.

Casi siempre hablamos de educar la mente, pero no de educar el corazón. Entonces, me pregunto: ¿cómo educaba el Maestro Cordero el corazón de sus discípulos?  ¿Cómo podemos interpretar a Alejandro Tapia y Rivera cuando nos dice que el Maestro Cordero tenía una “sabia manera de educar el corazón”?

En un artículo para el Círculo Maestro Rafael Cordero llegué a la conclusión que cuando el Maestro Cordero “educaba el corazón” de los niños les estaba enseñando bondad, compasión, a ser amorosos, a ser generosos, a ser tolerantes, a ser sinceros y francos, a tener valor.  Cualidades que les iban a acompañar toda su vida para que cuando ejercitaran sus mentes y luego tomaran decisiones sensibles como corresponde a personas bondadosas, caritativas, conscientes y compasivas de las vicisitudes de sus semejantes.”[6]

Sofía Victoria es una de sus nietas.  La mejor palabra es la propia:

“Entonces sólo puedo decir que su existencia es la prueba de una vida bien invertida, de una vida plena. Que cada uno de sus seres queridos son ecos de sus convicciones, de sus lecciones de vida, de su amor y de su alegría con su sonrisa inmortal.”

Antonio Vega, también es su nieto.  La mejor palabra es la propia:

“Líder, te nos fuiste sin aviso. Siempre pensando en nosotros.  ¡Gracias por haber guiado esta familia por tantos años! Fuiste tremendo ser humano y nos enseñaste lo que es trabajar duro para conseguir lo que queremos. Tu humildad y eterna felicidad siempre impactó a Puerto Rico y a tu familia también.  ¡Ayer te convertiste en uno de mis recuerdos favoritos! Te amé, te amo y te amaré por siempre. Lo más grande que le pasó a esta familia fuiste tú.  Guíanos desde el cielo como lo hiciste en la tierra.  ¡Siempre seré tu líder y no te preocupes que yo cuidaré de tu familia y de nuestro nombre!  Te amo siempre Wewo.”

El Gobernador de Puerto Rico ha decretado el día 7 de enero de 2015 un día de duelo nacional en memoria del Dr. Hermenegildo Ortiz Quiñones.  Ese día, a las 11:00 de la mañana el Secretario de Estado, Dr. David Bernier, nos convoca a que lo acompañemos en el Salón de Actividades del Departamento de Estado cuando se llevará a cabo la actividad Anécdotas de Mereyo.  Allí, el Gobernador Rafael Hernández Colón será el orador invitado a recordar a Mereyo y los de ustedes que gusten nos podrán acompañar.  Ese día, cuando los servidores públicos lleguen a sus trabajos y los ciudadanos acudan a obtener servicios, las banderas de los edificios públicos de Puerto Rico ondearán a media asta para recordarnos la memoria de un esposo amoroso, un padre excepcional, un hijo obediente, un hermano cariñoso, un servidor público sin mácula, un maestro de maestros, un puertorriqueño grande, un patriota.

En San Juan, Puerto Rico, el 3 de enero de 2015.

[1] Construyendo la Ciudad Habitable, Mensaje del Dr. Hermenegildo Ortiz Quiñones, Presidente de la Junta de Planificación, con motivo de la celebración de la Semana del Servidor Público, 21 de agosto de 2001.

[2] Extracto de una comunicación a los empleados de la Junta de Planificación el 6 de noviembre de 2001.

[3] Puentes de ensueño, Congreso de Puentes y Carreteras, 1 de agosto de 2002.

[4] Antecedentes y Desarrollo del Tren Urbano, Dr. Hermenegildo Ortiz Quiñones, 2010.

[5] Construyendo la Ciudad Habitable, Mensaje del Dr. Hermenegildo Ortiz Quiñones, Presidente de la Junta de Planificación, con motivo de la celebración de la Semana del Servidor Público, 21 de agosto de 2001.

[6] Semblanza de Gabriel Andrés Rodríguez Fernández con motivo de la presentación del Premio Pedro Tirado Lameiro al Planificador Profesional más destacado del año 2010, Dr. Hermenegildo Ortiz Quiñones, 5 de noviembre de 2010.

Morir de Amor

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por Reynaldo R. Alegría

Don Ramiro era el maestro del pueblo.

Agricultor de formación.  Historiador por vocación.  Especialista en embelecos.  Proveyó para beneficio de la humanidad el más famoso de los inventos.  El injerto del árbol de naranjas con el de toronjas.

Cada año le tocó escribir en el programa impreso de las Fiestas Patronales algún nuevo suceso de la historia del Pueblo.  Lo hizo tantas veces que ya no quedaban familias a las que homenajear con sus cuentos.  Ya no nacían en su memoria más cuentos que contar.

La insólita avaricia con la que vivió le permitió acumular algún dinero para que el cual nunca tuvo propósito expreso.  Una emergencia.  Se le escuchó alguna vez decir.

Cuando Miguelina, la entonces reciente viuda del fallecido Alcalde, le guiñó un ojo en la reunión anual de la Junta de las Fiestas Patronales al hablar de la Fontana de Trevi, el Don Ramiro salivó por tres días sin parar.  Tres vías.  La cabeza le retumbaba.

Montados en el avión, él con casi 80 años y ella rondando los 60, aparecían como una deliciosa pareja de hippies recalentados viviendo con dos décadas de retraso.  Convencido de que el mejor plan era no tener plan, Don Ramiro solamente compró pasajes de ida.

Por seis meses, y por primera vez, Don Ramiro vivió.  Le escribió poemas al brillo de los ojos de Miguelina.  Comió.  Tomó.  Recitó.  Cantó.  Bailó.

Agotada la felicidad del dinero solo quedaba regresar.

– Nada es permanente.

– Pero yo te amo.

El domingo, 13 de mayo de 1984, Día de las Madres, Don Ramiro regresó a su casa.  Nadie lo estaba esperando.  Entró a la misma habitación en la que por años había dormido solo.  Normal.  Mirando al piso.  Para no tropezar.  Se desnudó.  Se acostó.  Boca arriba.  No volvió a hablar.  No volvió a comer.  Nunca.

Don Ramiro no escuchaba ni veía.  Solo sentía.  La atrofia de cada órgano.  La reducción de la masa corporal.  El consumo de la grasa.  El motor, cada vez más lento, del metabolismo.  El encuentro, cada vez más íntimo, de su piel y su esqueleto.  Miraba al techo.

– Perdóneme.

El Padre Rolando le explicó a Don Ramiro que en la Edad Media la santa anorexia era una meta espiritual.  Que como Santa Catalina de Siena, el suyo era un ayuno ascético con propósito.  Una mortificación del cuerpo para limpiar el alma.

– Perdóneme Padre, pero no he pecado.

Afuera, al terminar de rezar el rosario, su mujer y sus hijos escucharon un gemido.  Ridículo.  El anuncio de una muerte de película.

Con los ojos muy abiertos después de haber visto un aleph, el Padre Ramiro salió ceremonioso de la habitación.

– Se ha ido.  Ha muerto de amor.

 

Foto: Fontana di Trevi por Alexander Augst

Dejando de ser Emilio para ser Julia

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por Reynaldo R. Alegría

Lo que más me gustaba de Adriana era su cuerpo.

Era una mujer grande.  Tengo una habilidad particular para advertir las formas y las dimensiones.  De las cosas.  De los cuerpos.  Debí haber sido arquitecto.  O diseñador de interiores.  O de modas.  ¡Pero nunca contador!

Pero bueno, debía ser como mi madre.  Mi madre era tan formal.  La ejecutiva perfecta.  Sus vestidos.  Sus peinados.  Sus sostenes con varetas de acero incrustadas.  Sus enaguas.  Sus zapatos cerrados de taco mediano.  Su cartera de piel en perfecto maridaje con los zapatos.  Su Cadillac de ejecutiva.  La contadora corporativa ideal.

Adriana era una mujer grande.  Muy grande.  El tamaño de sus pies competía con el de los míos.  De tan solo mirarla estaba seguro que mis calzones se ajustarían perfectamente a sus caderas.

Cuando llegó el momento de los anuncios en la Misa, ella se levantó para informar la creación del Coro Parroquial de la Juventud.  La fiebre con Juan Pablo II era grande.  Las travesías del Papa Viajero eran inspiradoras y todos soñábamos con cantarle al pescador de hombres.  Estaba seguro que allí, con ella, era que yo quería estar.  Terminada la celebración me le hice disponible.  Desde entonces fuimos amigos inseparables.

Fue una perfecta e inmediata infatuación.  Yo no cantaba.  ¡Y qué importaba eso!  La magia del coro era la de muchas voces que solas no nunca dirían nada pero juntas eran maravillosas.  Aunque no era el coro, era ella.  Tan grande.  Tan comedida.  Tan poco llamativa.  Tan poquita a pesar de ser tan grande.

La voz de Adriana tenía una relación inversa al tamaño de su cuerpo.  Algo así como un pollito en el cuerpo de una gallina muy grande.  Armoniosa y aguda, su voz tenía un exquisito registro vocal de soprano que solamente podía ser melodiosa cantando en un coro.  Su cuerpo excedía por mucho su recato y delicadeza.  No en balde ningún hombre se había fijado nunca en ella.

Yo, que siempre había orinado sentado como mi madre me había enseñado –para que no mojara el piso y contuviera mis excesos– podía entender, compadecer y admirar perfectamente a una mujer como Adriana.  Un espíritu frugal obligado a una gran jaula.  Un alma moderada aderezada con excesiva parquedad.  Lo contrario a mí.  Un caballo indomable encerrado en la jaula de un pajarito.

La conquista fue sencilla.  Las visitas a su casa se hicieron frecuentes.  Y nuestros padres se sintieron muy felices.  Ellos, que se habían adelantado a hacerse de la idea de que ninguno de nosotros le daría nietos.

El padre de Adriana promovía que me quedara solo con ella en su cuarto.  Mientras mi madre me exhortaba a quedarme en su casa a dormir.  Me pasaba las tardes metido en el cuarto de Adriana.  Cantando con ella.  Ensayando juntos para el coro.  Me gustaba hacer las voces de ella.  Me era muy fácil pasar de tenor a contralto.  Muy fácil.

Ya estaba listo.  Siempre lo estuve.  Desde el primer día.

–Mis zapatos te sirven, le dije una tarde a Adriana.

–¿Me los pruebo?

–Yo creo que a ti te sirven los míos, dijo ella.

–¿Tú crees?  ¿Me los pruebo?

Cuando caminé por primera vez con tacones el corazón se me quiso salir.  Era como manejar un auto deportivo para un chico pobre criado en arrabales.  ¡Un sueño!  Los ojos me brillaban.  Adriana estaba muy contenta.  A los pocos días estábamos experimentando con nuestra sexualidad y yo me estaba poniendo la ropa de Adriana.  Era nuestro juego más divertido.  Los sábados ella me maquillaba el rostro para practicar conmigo su técnica de embellecimiento y yo me ponía sus batas con sus tacones mientras ella lo hacía.  Y éramos muy felices jugando nuestro juego.

El destino, como siempre, se tornó predecible.  Como el amor y la tristeza.  La enfermedad y la cura.

En poco tiempo nos casamos.  Y tuvimos un hijo que nos hizo muy felices.  Y como desde el primer día, siempre nos entendimos.  Siempre hemos sido felices.

Seguimos cantando juntos.  Seguimos disfrutando nuestros juegos.  Nuestra felicidad.  Dejando de ser tenor para convertirme en contralto.  Dejando de ser Emilio para ser Julia.

 

Foto: Lorella Sukkiarini (drag queen italiana) durante “la fase di trucco”, por Dedda71

Femme Fatale

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por Reynaldo R. Alegría

Soy insaciable.

Me es muy fácil servirme de ellos.  Usarlos.  Manipularlos.  Ponerlos de cabeza.  De rodillas.  A mis pies.

Tengo lo que ellos desean.  Cuerpo.  Belleza.  Inteligencia.  Erotismo.

Tengo su tiempo.  Sus atenciones.  Sus ganas.  Sus viajes.  Sus regalos.  Sus sueños.  Sus desventuras.  Como quiera.  Cuando quiera.  Con quien quiera.  Como Dalila.  Soy dueña de los secretos de cualquier Sansón.

Tengo vacío y soledad.  Tristeza.  Falta de besos.  Y de abrazos.  Exceso de vino.

Lo tengo todo.

Foto: Mata Hari, dominio público

El Flamboyán de Ileana

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por Reynaldo R. Alegría

Hoy plantamos un árbol en homenaje a Ileana.

En el jardín de este lugar especial donde tantas alegrías compartimos con ella.  En la escuela de nuestros hijos.  Donde ella nos enseñó, con su propio ejemplo, a celebrar la vida.  Sentados en este mismo lugar donde después de haberse caído el árbol de flamboyán que adornaba este espacio muchas veces conversamos sobre la imperiosa necesidad de reponer aquello de lo que la naturaleza nos había despojado.  Y aquí estamos, restaurando nuestro jardín con el recuerdo de Ileana.

Originario de la selva seca de Madagascar, donde está en peligro de extinción, el árbol de Flamboyán se ha convertido en símbolo de puertorriqueñidad, de nuestra cultura.  No hay forma de hablar de nuestra buena naturaleza sin hablar de nuestro flamboyán; como no hay forma de hablar de la gente buena, sin hablar de Ileana Durán.

¡Se parecen tanto Ileana y el flamboyán!

El flamboyán alza vuelo rápido, así como se desarrolló el crecimiento espiritual de Ileana.  El follaje del flamboyán es denso y extendido como fue la vida de ella en este plano.  Sus flores son grandes, como su corazón; con cuatro pétalos de color rojo intenso, como ardiente fue su amor por la vida; y un quinto pétalo en el centro, amarillo y blanco, que es más largo, como fue extendida su voz.  Las vainas maduras del árbol son leñosas y fuertes, de color castaño oscuro, como impetuosa era ella; aunque sus semillas son pequeñas, como la ternura con la que acercó a la amistad.  Vainas que en El Caribe usamos como instrumentos de percusión, como maracas que nos recuerdan a la mujer fiestera y sandunguera.  Su follaje, que se extiende ampliamente, provoca una sombra amplia que cobija al cansado –como tanto consuelo ella brindó–.  Y como a ella, que le encantaba sentarse a mirar nuestro mar, el flamboyán necesita de un clima tropical.

En Puebla y Veracruz, la corteza se aplica macerada sobre las articulaciones, como paliativo contra el reuma.  En Michoacán, se utiliza la cocción de las flores administrada por vía oral para problemas respiratorios como tos y asma bronquial.  Como se aplicaban sobre nuestra vida sus remedios caseros para aliviar la tragedia y combatir la adversidad.  En Puerto Rico el flamboyán es un árbol fuerte y resistente a tormentas, como ella que se mantuvo incólume ante el huracán.

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Pronto, cuando este flamboyán florezca, se posará sobre este jardín una fantástica alfombra de hojas rojas que nos recordará su pasión.  Cuando este árbol crezca servirá de amparo para el agotado, de espacio de juego para los niños y de refugio para los jóvenes enamorados que se esconderán detrás de su tronco para disfrutar de su primer beso y nunca olvidarán que fue en este lugar.  En el flamboyán de Ileana, una gran mujer que se dedicó a celebrar la vida.

Se nos fue Ileana…

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por Reynaldo R. Alegría

Después de haberlo hecho todo; sin perder tiempo, si es que hay tiempo; sin hacer nada innecesario, si es que puede haberlo; celebrando la vida, porque para ella solo había cosas vivientes; planificando el próximo viaje, en un crucero con camarote con balcón para disfrutar del infinito; así se nos fue Ileana.  Sólo algunos pueden abandonar este plano de la vida física y ser recordados por siempre.

Espinosa, coqueta, bondadosa, conversadora, polemista, alegre, embelequera, maquinadora, creyente, guerrera, triunfadora, se nos ha ido como desde el primer día, ¡celebrando la vida!

Conozco pocas personas con la valentía, las ganas y la fuerza de Ileana Durán.  Creo que como Einstein, para Ileana no había tiempo.  Como el genio, ella lo concebía todo relativo.  Son pocos los que ante el cáncer evitaron quejarse y decidieron festejar.  Cuando la Clase de 2013 de Robinson School le dedicó su Ring Ceremony Ileana nos dio una lección de vida y energía.  Entonces pasaba por días muy duros. Allí, junto a los muchachos de la clase, estábamos sus panas, Liza, Ivonne.  Increíble, como pueda parecer, lo que para nosotros era causa de un gran dolor, para ella era motivo de una gran alegría.  Aún me retumban en la cabeza sus palabras que nos dejaron con el corazón en la garganta mientras la aplaudíamos hasta que se nos quemaron las palmas de las manos:

–Lo único que les puedo decir es que celebren la vida y se mantengan planificando.  No importa lo que pase, aún en la peor de las adversidades, no dejen de planificar.  Keep planning!  Keep planning!

Creo que Ileana era como una Diosa.  Quizá por su profesión de nutricionista me recuerda a Deméter, la diosa madre, la diosa de la cosecha, la de los alimentos que brotan de la tierra, la protectora de la ley sagrada.  Quizá por eso se refería a sus hijos como miembros de la Realeza.  A los tres los llamaba por su nombre completo:

–Ileana María, que nació Reina.

–Manuel Alberto, que se cree Rey.

–Sara Cristina, mi Princesa.

¡Qué mujer fuerte y fantástica fue Ileana!  Hay pérdidas que son irreparables y esta es una, la de la familia con la que uno no nace pero uno decide escoger.  Sin embargo, me alegra saber que esta hermana nos dejó el camino trazado.  Empuñadora de la bandera de las grandes causas para muchos: la comida inadecuada en la cafetería, el maestro incompetente, el acceso a la oportunidad para los hijos, las visitas con su hija a las universidades en Estados Unidos; también fue gran luchadora de las causas gigantescas para ella, aunque aún pequeñas para otros: sus retiros en Manresa, la Marcha por una Causa, el Relevo por la Vida, la Sociedad Americana contra el Cáncer.

Para Ileana el aprecio por la vida se demostraba en su celebración.  Para referirse a sus lesiones corporales, solía decir que en las placas su cáncer aparecía como un árbol de Navidad.  ¡Qué mujer que pudo convertir la adversidad en alegría!

Los amigos de Ileana tenemos muchas formas de recordarla, escuchando la música relajada en el Jazz Fest, janguenado con los panas en el Culinary Fest, caminando por las Fiestas de la Calle, en el “Junte de los Cincuentones” de su Clase de San Antonio, desfilando con Manuel y Sara en el Senior Prom, haciendo sus viajes en la noche a Casa Manresa en Aibonito, planificando su próximo viaje en crucero; pero yo escojo recordarla como más la disfruté, en el Robinson Idol de abril de 2009, cuando ante un público delirantemente emocionado cantó y bailó Dancing Queen y se sintió por siempre realizada.

You are the dancing queen, young and sweet, only seventeen

Dancing queen, feel the beat from the tambourine

You can dance, you can jive, having the time of your life

See that girl, watch that scene, diggin’ the dancing queen.

 Hasta luego panita…

Impostores

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por Reynaldo R. Alegría

Tienen un encanto particular los impostores.

Vamos por la calle deambulando como turistas en Marruecos.  Creyéndonos que un hombre con una flauta puede hacer surgir de una canasta de mimbre a una peligrosa cobra.  Ajenos a la verdad.  Sin saber que las cobras son sordas y salen de su cesta asustadas con el movimiento del impostor de encantos a quien regalaremos el producto de nuestro esfuerzo.

Agobiados por el perverso castigo de la rutina, siempre aparece un impostor que nos entretiene con sus genialidades y nos hace creer que somos lo que no somos.  No hace falta ser Víctor Lustig, para vender la Torre Eiffel.  Ni Christopher Rocancourt para encarnar a Rockefeller.  O tener más caras que Ferdinand Demara.  Sin dejar fuera de tan exquisita selección a Milli y Vanilli de quienes supimos no era cierta su Girl you know it’s true, aunque sí su Grammy.  Al final del camino, siempre nos encontraremos con Alicia Esteve, alias Tania Head, sobreviviente del doloroso 11 de septiembre.  Impostores siempre encontraremos.

Con falsas atribuciones nos hacemos de la historia de otro.  Nos robamos un verso.  Le escribimos a otro un cuento.  Un copy-and-paste.  Un engaño con apariencia real.  Costándonos la vida ser quienes somos.  Consumiendo lo que no tenemos.  Deshaciendo lo que no queremos.  Aparentando lo que no seremos.

Ese lado oscuro que muchos tienen.  Tenemos.  Algo que evitaremos que todos sepan.  Algunos lo esconderemos por siempre.  Será un secreto con el cual moriremos.  Rondaremos por las calles.  Borrachos.  Drogados.  Sexo.  Dinero.  Trabajo.  Profesión.  Amor.  Fingidores.  Engañadores.  Aparentando.  Con fajas y cirugías plásticas en nuestras vidas.  Maquilladas nuestras entrañas.   Suplantando la verdad por la verdad.  La mentira por la mentira.  La postura por la impostura.

San Manueles de Unamuno.  Predicadores y ateos.  Fornicadores de las emociones.  Prestos a convertirnos en convertidos.

Como el militante que le toma 10 años terminar su grado universitario.  Que a falta de marchas por las causas, inventa motivos.  Organiza manifestaciones.  Crea propaganda.  La reparte.  Izquierdoso.  Posmoderno.  “Estimados y estimadas, compañeros y compañeras, abogados y abogadas, bienvenidos y bienvenidas a todos y todas”.  Que vive de la asistencia social.  No paga sus cuentas.  No mantiene sus hijos.  Pero tiene un gran discurso.  Materialista histórico.  Recitador del Marx viejo.  Yendo a la raíz del problema.  Al hombre.  Siempre el hombre.

Como el abogado que finge serlo.  Que cobra caro servicios imposibles de obtener en tiempo récord.  Pero lo logra.  Mintiendo.  Arriesgándolo todo.  Vendiendo sueños.  Creando controversias donde no existe.

Como el amante mentiroso.  El que se acerca en la barra y te pregunta: ¿de dónde nos conocemos?  El que con trucos y engaños sucios hace creer que es quien no es.  Te entrampa.  Te miente.  No contesta tus preguntas.  Inventa respuestas.  Te usa como papel secante desechable.

Como el periodista que inventa noticias.  Que crea incidentes.  Aparenta accidentes.  Historias estridentes.  Niega la verdad.  Editorializa en sus notas.  Guardando tras la poderosa maquinaria de la prensa que imprime solamente verdades, mentiras insostenibles.  Arropándose con sábanas de sedas hechas de polyester.

O como el respetable hombre de negocios.  Próspero.  Afortunado.  Todo lo que toca es oro.  Excepto la coca.  De la que vive.  Pero nunca toca

Como el Presidente que roba elecciones.  Y dinero.  Y todos le creemos.  Y nos gusta.  Nos apasiona.  Votamos por él.  Le defendemos.

Mas la vida siempre es vida.

Las cobras seguirán siempre siendo sordas.  Siempre seremos lo que somos.  Los versos de otros no serán nuestros.  Nuestros secretos no serán secretos.  No creerán los ateos.  El periodista mentiroso seguirá siendo embustero.  El falso militante seguirá siendo pesetero.  El abogado extorsionador seguirá siendo rastrero.  El amante mentiroso seguirá buscando tesoros hasta ser expuesto.

La impostura será postura.  Una apuesta.  Un juego de azar.  El riesgo del jugador.  Arena en lugar de sangre en las venas.

El reto es ser descubierto.

 

Photo by Alan Light – Fab Morvan (left) and Rob Pilatus (right) of the German pop duo Milli Vanilli pose with Grammy president C. Michael Greene at the 1990 Grammy Awards.  Rehearsal – February, 1990

Ley y Orden

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Pierda cuidado señora, que este es un país de ley y orden.

No han pasado en vano las agotadoras noches de desvelo en que nuestros parlamentaristas han consumido su vida para proveernos de un estado de derecho único para la humanidad; no solo la Cámara de los Comunes, sino también el Consejo del Rey, que cada vez –gracias a la Corona y por supuesto también a Dios– se acerca más a los hombres y las mujeres sencillas que habitan nuestras comarcas, desde el espinazo de las montañas que se imponen por el centro de la patria hasta las doradas arenas del litoral.

Sepa, estimada señora, que por ser un país de ley y orden contamos con miles de leyes, reglas y regulaciones, reglamentos, órdenes Ejecutivas, Decretos Mandatorios, Imperiales y Divinos, así como Opiniones de nuestros Ministros que dirigen las dependencias de la Administración.  Y que además, nos hemos encargado de legislar y reglamentar la absoluta y cuidadosa preservación de documentos, monumentos y esperpentos, que mantengan viva y fresca la memoria colectiva en torno a reglamentos y legislación.

Por eso cuando nos visite, se sentirá muy segura.  Como somos un país de ley y orden creamos un cuerpo rector de leyes para Abolir al Criminal, de Policías para arrestarlos, de Justicia para procesarlos, de Encarcelamiento para encerrarlos, de Libertades Condicionales para pasearlos y de Libertades Permanentes para excarcelarlos.  Nuestro Reglamento sobre Estadísticas del Crimen garantiza que no quede ningún crimen sin formar parte de la estadística y ningún policía inmediatamente arrestado, procesado, encarcelado y expulsado por incumplimiento del mismo.  En particular, atendemos a la seguridad en las calles.  Hemos prohibido la venta de drogas y la prostitución.  Contamos con leyes que prohíben el vagabundeo, la venta de donas y bolsas plásticas en los semáforos y Ordenanzas Comarcales que impiden que payasos, malabaristas y baristas ofrezcan sus espectáculos sin ambages.

Además, apreciada señora, nuestro país de ley y orden brinda las garantías más rigurosas en asuntos ambientales.  Nuestras leyes han creado un Cuerpo de Ministros modelo de la moderna civilización.  Contamos con Ministros de Agua, Aire, Tierra y Fuego.  Nuestro estado de derecho en torno a este importante tema, ha permitido un cuerpo reglamentario de Producción de Energías, Conservación de Energías, de Energías Agotadas, Energías Renovables y Reproducción in vitro de Energías, que garantiza la abolición permanente para nuestra generación y generaciones futuras de la lectura con velas y linternas y la cocina en anafre y carbón.

Como usted sabe, noble señora, en el campo de la salud somos líderes indiscutibles.  Nuestro sistema de ley y orden reconoce el entendimiento universal de todas las condiciones que hayan afectado, afecten o pudieran afectar a nuestra población, incluyendo amantes e inmigrantes.  Los reglamentos del Ministerio de Salud prohíben permanentemente que cualquier bacteria se pueda alojar en nuestras facilidades hospitalarias.  Ello sin menoscabar las importantes reglas de Venta de Facilidades Médicas, Compras de la Administración, Pago de Servicios Médicos Puntuales, Gastos de Viaje de Funcionarios, Viajes al exterior y el más reciente Reglamento de Viajes al Interior, que hace compulsoria la meditación para funcionarios de alto rango del Sistema de Salud del Trópico, evitando la ingesta de medicamentos psicotrópicos.

No debe usted preocuparse, carísima señora, del estado social de nuestros habitantes.  Somos un país de ley y orden.  Contamos con leyes que crean diez Procuradurías Especializadas: Procurador del No Nacido, Procurador del Neonato, Procurador de la Niñez Temprana, Procurador de los Preadolescentes, Procurador de los Adolescentes, Procurador de los Jóvenes, Procurador de los Adultos, Procurador de la Madurez, Procurador de los Ancianos y Procurador del Desahuciado.  Para preservar la familia imponemos graves cargas tributarias a los solteros.  Nuestro centenario Código Civil prohíbe el adulterio y las Leyes Laborales proscriben el flirteo.

También tenemos ley y orden en nuestros hogares, por lo cual legislamos la Autoridad de Hogares y en virtud de reglamentos, hemos decretado los reglamentos para los Hogares Sustitutos, los Hogares de Cuidado y los Hogares de Grupo.

En el campo económico, preocupada señora, somos un país extremadamente regulado en ley y orden.  La Ley para la Prohibición de la Desestabilización es la piedra angular de nuestra economía.  Promueve el desarrollo y el redesarrollo y expresamente prohíbe el subdesarrollo.  Decreta la creación de empleos y velando el  bienestar común prohíbe establecer nuevos negocios sin contar con decenas de endosos de agencias gubernamentales.  Controla las tasas de interés y el margen de ganancias del pan, la leche y la gasolina para cumplir con la avanzada Ley del Siglo XXI para la Extinción de la Pobreza.

A sabiendas de que omito la mención de miles de leyes, reglas y reglamentos, debe saber mi protegida señora, que tenemos leyes para la Universidad, los síndicos e índigos, la difusión pública y el derecho a la intimidad, para el manejo de desperdicios sólidos y la prohibición de ciertos líquidos, la conservación, el conservatorio y también los conversatorios, el control de drogas y el tabaco, las armas nucleares, las químicas y las lúdicas, las cooperativas y los cooperadores, las casas de empeño y la palabra empeñada, las licencias de médicos e ingenieros, las de enfermedad y la fundamental criminalización de uso del 911 ilegal.

Mi señora, no le preste atención a rumores huecos, flacos y descarnados.  Después de todo, nadie es tan ingenuo para creer lo que nadie más creería.

Venga pronto, apreciada señora.  Ya usted sabe, somos un país de ley y orden.

David Maza… efímero el amor… corta la vida…

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Me re-encontré con David Maza en el litoral de la isla, en una calmada playa de la costa este.  Se estaba saboreando un La Gloria Cubana tipo torpedo de amplio ring y de robusto sabor.  Cada bocanada de humo la pisaba con un buche de una fría cerveza Beck’s.  Tras disertar sobre la tripa, capa y capote del cigarro y quejarse con buenas malas palabras de la internacionalidad de tan deliciosa obra del placer, nos pusimos al día.  Habían pasado 25 años.

Fue fácil re-empatarnos.  Me contó mil y una historias.  Me habló, como solía hacerlo siempre, con un perfecto acento español, gringo y boricua.  Presumió de conocer al jefe del jefe del más importante de los jefes y de haber salido con su esposa tal vez.  Me explicó cómo resolver una gran parte de los problemas de la humanidad y me aclaró que, si le conseguía un par de millones de dólares con alguno de “mis amigos”, también podía curar el dolor de casi todo el país.  Me detalló lujosamente los pormenores de la reforma sanitaria necesaria que pusiera fin a todos los dolores de todas las personas y como siempre, aderezó la plática disertando sobre el derecho a pasarla bien.

Desde que dejé de verlo hasta ahora no había cambiado mucho; además de las canas que apreciaba con lujuria, ahora se había convertido en un famoso doctor: el archiconocido doctor Maza, el Doctor de las Estrellas.  Me contó de su accidente y del doctor chino que lo curó.  Y me repitió en inglés con divertido acento mandarín: “you sick, me fix, two thousand dollars”.

Fue entonces cuando me habló de su esposa y de sus hijos.  Me contó del verano en que la conoció.  Y me habló de la piscina de aquel famoso hotel.  Y con su hija sentada en su falda, mientras le daba consejos sobre la ingesta de vegetales verdes altos en fibra, me habló de la paternidad: “para esto fue que yo nací”.  Esa tarde me hizo entrelazar mis dedos sobre la nuca y apretándome fuertemente el esternón… ¡crack!, me ajustó la espina y sentí cómo la sangre hacia mi cabeza fluyó.  El día se me hizo corto pues pronto se excusó para ir a escuchar Misa dominical.

Hace unos días nos despedimos de David.  Frente a sus cenizas, algunos cientos de sus amigos nos re-encontramos con él.  Entonces repasé.  Compartí con David su entrañable amor por sus hijos.  Vivía tan enamorado de Sabrina y tan orgulloso de David Edward, su clon.  Admiraba de David su profundo amor que tenía por sus padres, doña Dolores y don David.  Celebraba de David su orgullo tan grande que sentía cuando hablaba de sus hermanos Marisa, Fico, Daniel y Lolita.

La última vez que nos vimos David se quejó de lo efímero del amor y de lo corto de la vida.  “Flaco, no pierdas tiempo, el amor se acaba y la vida es corta”.  Se nos fue muy pronto David.  Nunca nos dijo que estaba enfermo.  Nunca se quejó de su dolor.  Se fue sin darnos ninguna advertencia y sin permitirnos confesar a sus amigos, la entrañable admiración por su genio.

Es tan efímero el amor… y es tan corta la vida…