Los amantes y la superluna

Super Moon - There_And_Back_Again_(21153486184)

por Reynaldo R. Alegría

Lo que les voy a contar es pura imaginación, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si tuviera el don de leer las mentes, de seguro que todo lo que aquí diré fue la verdad y, saben los dioses, que nada más que la verdad.

El domingo, 27 de septiembre de 2015, gran parte del planeta podría disfrutar un maravilloso eclipse lunar.  Pero esta vez, al acercarse más la Luna llena a la Tierra y alinearse con mayor precisión junto a esta y el Sol, se vería más grande y más brillante.  Esa noche según la Luna atravesara el umbral de la sombra que produce la Tierra, comenzaría a verse de color naranja y rojiza, la llamada superluna.  Un eclipse total de la Luna junto a una superluna no ocurría desde que tenía 21 años y no se repetiría hasta que tuviera más de 70.

Esa noche, como todos los domingos, cenábamos con la familia en casa de mi madre.  A la mesa nos acompañaban dos invitados muy especiales, de esos que producen mucha paz y una gran felicidad.  A partir de las 9:07 de la noche en que el eclipse parcial arrancaba con su espectáculo sentí que algo extraño me pasaba, algo intangible, algo que me cuesta trabajo describir; algo real que ocurría, pero no se veía, como algunos dioses, que se sienten pero no se pueden ver, era sensación, emoción, algo espiritual.  De momento no lo relacioné con nada que no fuera la buena compañía, el buen vino y la buena comida.  Ya a las 10:11 de la noche, cuando aún sin haberlo visto el eclipse se encontraba en su fase total, algunos tratamos de convencer al resto de que fuéramos al Morro al disfrutar del fenómeno en su máximo esplendor.  Creo que fue la pereza que resulta de la experiencia espiritual la que producía esa sensación en algunos de preferir la cama cómoda y la buena compañía en ella, acaso tienen razón los que dicen que la Luna llena tiene virtudes y propiedades particulares, lo cierto fue que regresamos a la casa.

Al salir de la casa de mi madre el color de las pasiones se había apoderado de la mitad de la Luna.  Todo el camino de vuelta a la casa nos la pasamos admirando desde el auto el espectáculo de la Luna cerca, muy cerca, y roja y naranja, extremadamente roja y naranja.

A las 10:47 de la noche, cuando llegamos a la casa, una vecina acompañada por su hijo –parada en medio de la calle con copa de vino en mano– contemplaba el espectáculo en su mejor momento con un cómodo vestido largo negro, de esos de telas suaves que visten naturalmente los cuerpos, de los cuales sería un gran pecado llevarlos puestos con ropa interior.  En un breve muro de apenas dos pies de altura y seis pulgadas de ancho y que separa el edificio de apartamentos donde vivo de la acera contigua a la calle, una pareja de amantes se disfrutaban la luna de una manera tan romántica y erótica que hablaban, sin decirlo, todo cuando les ocurría en su cabeza.  Admiramos la superluna, ahora en su fase total y de manera casi etérea, sutil, vaporosa, subimos a nuestro piso.

Lo que les voy a contar ahora es la pura verdad, pero les juro, por lo más santo (eso de jurar por lo más santo es de mi madre) que si no hubiera tenido por unos minutos el poderoso don de escuchar las mentes, como lo tuve, de seguro que todo lo que aquí diré pensarán ustedes que fue pura imaginación y, saben los dioses, que es la verdad y nada más que la verdad.

Sentado en mi butaca donde suelo leer, separado de los amantes por tres pisos de altura y un ventanal de vidrio, empecé a sentir en mi mente lo que aquellos dos amantes sentían, empecé a escuchar sus mentes.  Él estaba recostado sobre el muro con todo su torso y su cabeza y con las piernas flexionadas hacia el pecho y los pies puestos sobre el muro, creaba un balance que le permitía estar acostado boca arriba, como levitando, a dos pies sobre el nivel del piso.  Ella, frente a él, estaba recostada de espaldas sobre sus piernas, tirada hacia atrás.  No decían palabras, admiraban el espectáculo y la Luna Roja los quemaba de una pasión estremecedora.  Estaban embriagados de Luna.

Siendo un hecho científicamente comprobado, para mí estaba claro el efecto de la Luna sobre las mareas pero admito que siempre, hasta esa noche, el efecto Transilvania, ese que postulan los buenos y los malos brujos, más que un mito me parecía una buena historia para una fogata de niños acampadores.

Yo los podía escuchar en mi mente.

—¡Cuánta alegría me produce esta mujer!

—¿Se habrá dado cuenta este hombre de este sentimiento que me llena, que me angustia y que ya no aguanto?

—¡Qué ganas incontrolables tengo de agarrar su mano y caminar con ella!

—¿Cómo le digo a este hombre que en mi corazón hay un espacio que es solo suyo?

—¡Qué ganas tengo de acariciar el rostro de esta mujer!

—¡Esta euforia me tiene fascinada!

A las 11:23 de la noche, cuando la superluna llegó a su máximo esplendor, los amantes se levantaron del muro.  Ya no escuché más lo que pensaban en sus mentes.  Él la acompañó hasta el auto de ella, aguantando sus ganas de tocarla, y la despidió con un beso en la mejilla, deseando más que nunca besar sus labios mientras acariciaba su nuca y su cabello.  Ella no pronunció más palabras, recordó el ciclo lunar de 28 días y se sintió fértil y muy contenta con una euforia interna y a la vez controlada que sentía.

El miércoles, 30 de septiembre de 2015, volví a escuchar a los amantes.  Los sentía cerca, muy cerca, él jadeaba, ella se reía a carcajadas.

Foto: There And Back Again, Or a night with the teapot watching the lunar eclipse as the supermoon lived up to its name, https://www.flickr.com/photos/arg_flickr/21153486184/, por Andrew, https://www.flickr.com/people/38986305@N06.

Orgasmos fingidos

ZmurkoFranciszek_Sinnenrausch (1)

por Reynaldo R. Alegría

Hacía cuatro semanas que no lo veía.

Me había estado fastidiando de diversas maneras durante todo el tiempo que me le escapé y durante el cual no tuve otra intención que no fuera respirar un poco.  Hace 25 años el fastidio hubiese sido menor, apenas algunos mensajes con mi secretaria en la oficina y otro par de ellos en la contestadora de la casa, la cual –después de todo– siempre se puede desconectar.  Claro está, con el riesgo de que se enojara para siempre.

Ahora, con los mensajes de texto y los mensajes de voz en WhatsApp deseándome los buenos días y los putos likes a las fotos de ambos que colgué en Facebook hace cientos de  años, cuando él me daba el mejor sexo que estaba disponible y que yo podía obtener, el tedio se convertía en enfado y el enojo en desazón.

Con mi fuga, que buscaba ser como la del gas que no se ve pero puede ocasionar la más grande explosión, incluidas las luces y los estruendos, solo quería respirar un poco… como los seres vivos.  Deseaba absorber el aire, tomar lo necesario, expelerlo, comunicarme con otros aires; descansar del agobio del mismo aire.

Recurrí a él nuevamente, no sé ni por qué carajos, creo que mis ganas de tener sexo en ocasiones me nubla el entendimiento cuerdo-sexual.  A esta edad, en la que si se está en estas tiene que ser por el placer, punto, tampoco se está en las de perder lo que se tiene ganado.  Lo llamé desde el garaje de gasolina que está a un bloque de su casa.

—Hola.

—¡Qué bueno que me llamas!

—¿Estás listo para mí?

Llega el momento en el que ya una sabe lo que hay que decirle a un hombre para que la esté esperando casi desnudo y con una buena erección.

—Siempre estoy listo para ti.

—Pues voy camino.

Cuando llegué tenía puesta la bata blanca de toalla que nos habíamos robado del Hotel Plaza en Nueva York, siempre he creído que esas cosas se roban y no se pagan.  De un tirón lo desnudé y me le trepé encima como si presenciara el último pene que hubiera de existir sobre la faz del globo terráqueo.  Comencé a gemir con esa voz que lastima de la pena y el placer a la vez, aullando, esforzando mi voz para que los chirridos los escucharan sus vecinos, para que supieran que había vuelto.

—Me voy a venir —me dijo jadeando.

Grité más duro, me contorsioné sobre su miembro con mi baile de la media luna, un movimiento que me lleva de sur a norte y de vuelta en medio círculo regresando por el oeste.  A los 36 segundos (¡a los 36 segundos!), acabado, deshecho de su humanidad, me miró fijamente a los ojos.  Entonces le dediqué mi mirada de la total destrucción por el mejor de los placeres, esa que incluye virar los ojos hacia arriba.

—No recordaba lo rico que son los orgasmos contigo.

Foto: Sinnenrausch (pasión sensual), Franciszek Żmurko [Public domain], via Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AZmurkoFranciszek_Sinnenrausch.png

Seré tu ofrenda

por Reynaldo R. Alegría

Cuando se sueña con un amante es como si un mensajero bajara del cielo para decirte ese es el escogido.  Este hombre, este hombre que confieso me está empezando a enloquecer, me dejó saber que había soñado conmigo.  Es difícil no salivar como perro y rápido espetarle un: ¡Cuéntame!

—Soñé que habías llegado con otro perfume… tan embriagador… tan erotizante… ya quiero sentir ese nuevo aroma tuyo…

—Descríbeme ese olor…

—Me dijiste que era un olor para mí… que habías buscado hasta encontrarlo… pues no querías que más nadie te hubiese descubierto antes esa sensación…

Me tomó dos minutos responder.  ¿Cómo carajos se le responde a un amante que te quiere conquistar por ojo, boca y nariz?

—Wao!!!

—Era suave… no intenso… no eran especias… ni maderas… no era dulce… era arropador… cautivador… daban ganas de besarte… de hacerte el amor…

Mi maestro de Historia Antigua y Medieval, un heleno por convicción, solía decir que el perfume lo habían inventado los griegos, aunque los libros equivocadamente señalaban a los sumerios.  El cuento, más o menos, decía que frente a una hoguera a algunos mozalbetes geniales (para Henry –mi maestro– los griegos siempre eran geniales), se les había ocurrido poner algunas ramas del árbol de terebinto a quemar y que al percibir el impresionante olor que ascendía con el humo al aire, estaban convencidos que se trataba de un ofrenda ideal para los dioses que andaban por los cielos.  Por ello, decía el maestro, al usar perfume siempre debíamos llevar a cabo un rito, poniéndolo solamente sobre el cuerpo limpio, idealmente detrás de la oreja y una vez untado, con los mismos dedos frotar la parte interior de la muñeca y los codos hasta sentir el área tibia.

Cada vez que el maestro –a quien una vez vi fumigar sus libros de historia con el humo del olíbano– nos repetía esta historia exculpaba al gran Sócrates, de quien se decía aborrecía el perfume, pues hacía que todos los hombres olieran igual, los libres y los esclavos.

—¡Pobre hombre!  ¡Privarse de un gran placer en el mismo nombre de la libertad!

Admito que un buen perfume de hombre amantequilla mis rodillas.  Pero esta vez la compelida era yo.  Me tocaba derretir aquel hombre con mis efluvios.  Me imaginé caminando como loca por las perfumerías, procurando percibir los olores, adivinar su origen, buscando algo que fuera blando, manso, que adormeciera sin ser vehemente, que le privara de su libertad de pensar en nada que no fuera yo, irresistible.  Recordé a mi maestro, quien tenía un alambique en la casa en el que destilaba rones y perfumes.  Me vi machacando flores, raíces, cortezas, fragmentándolas en pequeños trozos, como decía mi maestro; macerando pétalos.

Montada en el potro de la emoción, sin más remedio –y más ganas– de ser suya, no pensé mucho más mi respuesta.

—Lo buscaré… seré tu ofrenda.

Foto: Jeune femme à sa toilette, Giovanni Bellini [Public domain], via Wikimedia Commons.

Pudor

Adan y Eva Botero

por Reynaldo R. Alegría

1

Cada uno de los once hijos que he tenido ha sido una bendición de cada uno de los Once Dioses Buenos.  Cada uno de ellos, mis hijos y los dioses, me dieron una nueva alegría.  Cada uno me dejó una nueva marca en mi cuerpo.  Me gusta pensar que el once es dos veces uno, dos veces el primero.

2

Con el tiempo, según mi cuerpo se fue haciendo grande, ancho, voluptuoso, sentí que él me veía sin mirarme.  Con los amantes viejos pasa como con los dioses, aprendemos solamente a vernos.

3

Las marcas en los hombres son como heridas de batallas.  Ellos prefieren creer que su cuerpo incomunicado, desagrupado, aislado, es resultado de una guerra librada contra la subsistencia; la que ellos confunden con la vida.  Quizá por eso, tienen poco recato para la desnudez o por la impresión que sus efluvios producen en sus amantes.  Acaso por el desconocimiento de que el alma no es parte del cuerpo.

4

Me tomó tiempo decidir cómo vestirme para el reencuentro.  Cuando te reconectas con un amante, por más viejo que sea, sueles proteger la intimidad de tus marcas y la grandeza de tu cuerpo.  Escogí un vestido corte imperio, de esos en los que mi gran pecho que tanto le fascinaba quedaba atrapado sobre el corte, realzándolo y camuflando mis caderas amplias y mi ancha cintura.

5

Inteligente, respetó mi pudor.

6

Insatisfecho, me despidió aconsejando la relectura de los clásicos.

7

Si no lo he dicho antes lo digo ahora, Aristóteles lo dijo todo.  A Nicómaco le decía:

No puede hablarse del pudor o de la vergüenza como si fuera una virtud; es al parecer una afección pasajera, más bien que una verdadera cualidad; y se la puede definir diciendo, que es una especie de miedo a la deshonra.

Esta afección misma de la vergüenza o pudor no cuadra a todas las edades; tiene su asiento natural en la juventud. Si en nuestra opinión es bueno que los corazones jóvenes sean muy susceptibles de esta afección, es porque viviendo entregados casi exclusivamente a la pasión, están expuestos a cometer muchas faltas y el pudor les puede ahorrar muchas. Alabamos entre los jóvenes a los que son tímidos y pundonorosos; pero no puede alabarse esta timidez en un anciano; porque no creemos que un anciano pueda hacer jamás cosa de que tenga que avergonzarse.

8

Ahora que tengo edad y decido no dejar de hacer nada que quiera, me preparo para mi próximo encuentro con el reencuentro.

9

Si Bradshaw tuviera razón, entonces la vergüenza es quien nos hace saber que somos finitos.

10

La próxima vez me desnudaré tan pronto cruce el umbral que me da acceso a su vida sin alma.

11

Entonces, nuevamente recordaré a Aristóteles: una cosa vergonzosa sólo un corazón viciado es capaz de hacerla.

Foto: Adán y Eva, Fernando Botero, 1990: http://aion.mx/arte/fernando-botero-y-el-erotismo-en-el-arte

Encuentros furtivos

The_Great_Ocean_Road_at_Night_(494349686)

por Reynaldo R. Alegría

Se acercaba la fecha del 38vo. Festival de Apoyo a Claridad y Maya recordó a Tommy.  Se habían criado juntos en el mismo pueblo.  Habían asistido a la misma escuela superior pública del barrio en donde se conocieron.  Disfrutaron del amor, el alcohol, la lectura, la polémica y el sexo juntos por primera vez.  Y se graduaron con calificaciones excepcionales que le permitieron entrar a la mejor de las universidades del país, la UPR en Río Piedras.

Ambos tenían sembrada por sus padres la semilla del servicio al país y el fervor por la doctrina y la política, por las cosas del gobierno y los asuntos del Estado.  Maya provenía de una familia que abogada por la independencia para el país y se acostumbró desde niña a protestar, a alzar su voz y al riesgo.  La familia de Tommy era una de servidores públicos favorecedores del partido de gobierno, una organización política que pululaba entre una izquierda petulante y una derecha fatigada por el gobierno ineficiente y la falta de visión.

Ya en la universidad, lo que parecía ser una diferencia graciosa se tornó en un abismo insuperable y fue Maya quien bajo argumentos filosóficos fundamentados en la lucha de clases, el materialismo histórico, la dictadura del proletariado y su más reciente lectura del Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (que según ella, lo dramatizaba a la perfección), decidió terminar con Tommy.  Y aunque él siempre tuvo planes para cuando eso pasara, pérdidas son pérdidas y mucho le dolió.  Entonces el tajo se hizo más grande que la profundidad de los mares.  Maya se fue una temporada a Cuba con un amigo de la universidad y de allá regresó otra.  Pasaron los años.

Para los años ochenta, el Festival de Apoyo a Claridad se había convertido en el evento público musical donde los graduados de la universidad se reencontraban como en una reunión de exalumnos.  Los ochentas eran ajenos a los festivales modernos donde se cobra entrada y los tragos cuestan caros.  Además, una fiesta popular con un público más culto, hacía del evento lúdico uno esperado.

Maya recordó la última vez que se encontró con Tommy en Claridad.  Hacía años que no se veían.  Pero allí, entre los quioscos de frituras, artesanías y libros apareció él junto a un amigo.  Entonces el Festival, que se organiza para apoyar un periódico de izquierda hoy venido menos, se celebraba en los terrenos del Escambrón, frente al Atlántico.  Entre el bullicio, el viento nocturno y el salitre, Tommy paseaba contento mientras se tomaba su trago burgués de siempre un Black Label a las rocas, pero con poco hielo.  En minutos, en segundos, atraídos por la fuerza imantada que siempre los atrajo se fueron a caminar hasta llegar a la playa, tomados de la mano, como cuando lo hacían en la escuela.  Se pusieron al día.  Ella sola, después de su fracaso con el amor falso en Cuba.  El casado y feliz y padre de dos.

Ahora, treinta años después, cuando trabajaba para el Gobierno Municipal de la Capital y pensaba en los años que le faltaban para el retiro y poder cobrar el Seguro Social, ella recordaba aquel encuentro furtivo.  Le gustaba recordar cómo al llegar al agua Tommy la abrazó por la cintura como su aún fuera suya, acomodó su cara sobre su pecho y oliendo con gusto su perfume la fue inundando de besos suaves en el cuello.  Erotizada, sus labios buscaron los de él y se gozaron como el primer día.  Ahora que se acercaba la fecha, ella siempre se acordada de él, deseando algún encuentro furtivo.

Foto: The Great Ocean Road at Night, por edwin.11, via Wikimedia Commons

Archivo de amantes

Arcordeon File

por Reynaldo R. Alegría

Tenía 14 años cuando escribió su primer poema.  Eran unos versos muy cursi que provenían de un desengaño liviano con sus amigos de la escuela.  Años después, sentado en la barra del Patio de Sam, escribía versos en una servilleta de cocktail y le era imposible olvidar cada palabra escrita en sus primeros versos.  Un poema escrito en una servilleta –aunque no fuera un buen poema– siempre emocionaba a una mujer.  Pero la desolación y la amargura no ayudaban mucho al esfuerzo creativo.  Debía sentirse muy triste o muy alegre para escribir, enamorado o con el corazón partido, no había puntos medios.  Con poco más del doble de la edad, ahora presumía con su amigo Tom –quien era igual de presumido– de haber tenido sobre 100 amantes.  Sin deseos de muchas alegrías o sin ganas de grandes tristezas, decidieron hacer un listado de todas sus amantes.  Los fríos Manhattans y la helada soledad contribuían a hacer del evento uno de divertida y embriagante prepotencia entre amigos.

Cuando una semana más tarde encontró la servilleta con 73 nombres en uno de los bolsillos de su saco, le pareció necesario conservar y completar la lista.  El esfuerzo requirió dar aviso a la memoria del pasado y acudir a la pequeña valija comprada a un anticuario de la ciudad vieja tapizada en piel marrón en el exterior y forrada en el interior con terciopelo arrugado azul, en la que guardaba recuerdos tangibles.  Fue necesario organizar aquel cúmulo de historias de amor, amarguras y sexo.

Tomó un archivo viejo de cartón marca Wilson Jones tipo acordeón de los que tienen pestañas con las letras del abecedario organizados en 21 bolsillos, cada uno para una letra excepto la I que estaba junto a la J; la P que estaba junto a la Q; la U que estaba junto a la V y la X, Y y Z que estaban juntas.  Sacó lo que tenía adentro, que eran manuales y garantías vencidas de electrodomésticos inservibles e inexistentes, y organizó sus recuerdos.  Con calma, como cuando se extingue el viento, como suspendiendo en el tiempo la tranquilidad, queriendo destilar por el corazón cada gota de sangre de amor que hubo sentido alguna vez por cada una de ellas, y fue clasificando en carpetas individuales –rotuladas con las iniciales del nombre y apellido– los recuerdos precisos, tocables.

El listado, ahora con 114 nombres, estaba depositado en el primero de los bolsillos bajo la letra A.  A partir de ahí, se sucedían 42 carpetas de recuerdos inmarcesibles.  En la carpeta con las iniciales CN estaba guardado el diario del romance juvenil que ambos sostuvieron y que ella le regaló cuando huyó al extranjero para alcanzar los más divinos sueños.  MR tenía, entre otros, una foto enmarcada que ella alguna vez pretendió que él pusiera en el escritorio de su oficina.  En MT estaba un pañuelo con el que ella se había limpiado sus sensuales intimidades en la primera cita.  La carpeta de NE guardaba el patrón de la camisa con estampados hawaianos que ella cosió para que ambos se vistieran iguales para ir a la iglesia.  En TG guardaba las más eróticas cartas escritas con la más dulce caligrafía y una serie de postales hechas por ella en una impresora tipo dot matriz en las que resaltaba su culto al falo.  Bajo VB depositó las sosas postales en las que ella solía escribir y repetir mensajes innecesarios al final de unos versos, también innecesarios, impresos en la tarjeta.

Con el tiempo, cuando entendió que lo que hacía no era distinto a lo que hacían algunas de sus antiguas amantes, aprendió a no sentirse mal con su secreto; decidió esconderlo menos en su oficina y disfrutar cuando alguna de sus secretarias hurgaba en su sigilo.  Lo que alguna vez pareció una vergonzosa acumulación de conquistas sin razón, oportunamente se convirtió en una rica fuente de memorias vivas, razón de alegrías y tristezas, de versos y poemas, archivo de amantes.

Nunca había olvidado una amante

US_Federal_Reserve_Board_room_1940

por Reynaldo R. Alegría

Cuando el Consejero del Ministro recibió una petición para una entrevista con estudiantes universitarios, una sonrisa se le dibujó en el rostro.  Desacostumbrado a ello, pues las solicitudes siempre iban dirigidas al Ministro, accedió con agrado.  Tenía un sabor distinto el encuentro usual de segundas manos que le tocaba tener cuando el Ministro le pasaba la encomienda, que el que estaba originado en la súplica expresa de su presencia.

—¿Estudiantes?

—Sí doctor, del Curso de Sociedad y Política.

—¿Pero me quieren ver a mí o al Ministro?

—A usted doctor.

—¿Por qué?

—Si quiere los paso a su asistente.

—No se preocupe, cítelos en un espacio que tenga disponible.  Media hora.

Llegada la cita, el Consejero optó por el saco de Armani color gris carbón, los zapatos negros Ferragamo y la corbata Gucci roja, la de la buena suerte.  Tras tu decisión de hacerlos esperar 20 minutos los recibió en la Sala de Juntas, donde los estudiantes ocuparon tres de las 30 acojinadas sillas ejecutivas de alto espaldar.  Dos de las estudiantes iban vestidas con ropa casual típica de universitarias: mahones, polo, sandalias sin taco y un bolso grande de telas indias de algodón.  La tercera, Natalia, que se manifestó y actuó líder en todo momento, llevaba un vestido y tacones más útiles a la celebración de una boda familiar que a la ocasión que la ocupaba.

El Consejero hurgó en los movimientos, las miradas, los gestos, las manos, la boca, las nalgas y las tetas de las tres chicas y no encontró nada que le atrajera.  Se la había pasado la noche fantaseando con tres bellas chicas que lo querían saber todo de él, cómo había llegado hasta su posición, sus gustos, si algún día sería Ministro o si interesaba un escaño en el Parlamento.

La aburrida reunión versó sobre la política pública del estado para el desarrollo sostenible.  Transcurridos 20 minutos ya los temas se habían agotado.

—¿Tienen alguna otra pregunta?

—En realidad creo que lo hemos cubierto todo —dijo Natalia.

—Pues si no hay más nada, las dejo pues trabajo en un discurso del Presidente.

Se puso de pie y con un suave apretón de manos dio por terminada la reunión.  Al despedirse de Natalia, esta le agarró un poco más fuerte la mano y le acercó su cuerpo.  Le habló alto para ser escuchada.

—Quiero darte las gracias por habernos recibido.  Sé que estás muy ocupado.

Desconcertado por el tuteo el Consejero dio un paso atrás guardando cierta distancia con el respiro de ella.

—No se preocupe señorita ha sido un placer.

Esa tarde, el Consejero recibió una inesperada llamada de su hermano.

—¿Cómo te fue con Natalia?

—¿Natalia?

—Sí, la que te fue a ver hoy con unas amigas de la uni.

—Bien, pero no sé quién es Natalia.

—Chico, la amiga mía.

—¿Cuál?

—Que nos ayudaste hace años con una tarea del colegio.

—¿Natalia?

—Que se quedó a dormir contigo.

—¿Cuál?

—No me digas que no la reconociste.

Nunca había olvidado una amante, mucho menos las ocasionales.  Eran conquistas de guerra.  Se sintió triste.

Foto: Federal Reserve Board room in 1940. Photo Credit: Harris & Ewing

Phone Sex

Phone Sex nrm_1404761953-alessandra-ambrosio-phone600

por Reynaldo R. Alegría

Cuando escuchaba su voz al otro lado del teléfono, bastaba que me preguntara cómo estaba vestida para saber que lo haríamos.

—¿Qué haces?

—Acostada en mi cama.

Le había dejado saber que los viernes tarde en la noche podía recibir su llamada.  Eran las ocho, y en esta parte del campo donde vivo las ocho de la noche ya son muy tarde en la noche.

—¿Cómo estás vestida?

Era inevitable.  Lo haríamos.

—Traigo un pantalón largo de pijama y una camisa liviana de manguillos.

—¿Vas a dormir temprano?

—Miraba la televisión.

—¿Y debajo de la ropa, qué llevas puesta?

—Ya sé por dónde vienes… deja eso que no puedo… y tengo poca carga en el celular…

—¡Dime!

—¡Me encanta tu voz!

—Gracias, pero no me evadas…

—Unas bragas rojas, muy rojas y pequeñas, muy pequeñas… y no llevo sostén.

A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar.

—¿Estás excitada?

La mejor estrategia cuando no puedes contestar una pregunta, particularmente si es muy tonta, es contestar con otra pregunta.

—¿Y tú que haces?

—Tú sabes…

Son tan predecibles los hombres y tan imaginativos.

—Imagino lo que haces.  ¿Me puedo tocar?

A los hombres les encanta que le pidan permiso.

—Creí que ya lo hacías.

—Me gusta que me guíes, me gusta escucharte cuando la voz parece que se te quiebra y la entonación hace que se confundan las palabras.  ¿O es que te pones tímido?

—¿En qué estás pensando?

—En ti…

—¡Qué bien!

Son tan simples los hombres… en ocasiones se complacen con tan poco… particularmente cuando tienen una erección y nada los calma hasta que se terminan…

—¿Qué estás sintiendo, Princesa?

Ante esa pregunta solo procede una cosa… bajar el tono de la voz, no hablar, gemir y gemir…

—¡Ufff!

Lo virtual requiere mucho más que condiciones, ganas y poca ropa, ante todo requiere imaginación, mucha imaginación; y palabras, buenas palabras, mejores palabras, deliciosas palabras.

—Mi amor, no quiero ser rompebolas y sacarte de esto tan rico, pero se me está agotando la batería del celular… sorry…

—Vente conmigo…

¡Click!

—¡Aló, aló! Upsi… se cayó la llamada…

¡Click!

Me encantan los hombres y me fascinan como a ellos los controles remotos, en especial los botones de pause y play.

 

Foto: Alessandra Ambrosio, Phone 600, tomada de http://www.cosmopolitan.com/sex-love/confessions/q-and-a/a810/phone-sex/

Habían hecho el amor 19 veces

Muddy slope near Brock University Niagara Escarpment By Brent Gilliard

por Reynaldo R. Alegría

Cuando Isabela decidió volver con Manolo  no lo hizo por sexo.

Manolo era un hombre espectacular.  Inteligente.  Exitoso.  Ateo y asexual.

Ella era una belleza.  Guapa.  Menudita.  Apasionada.  Erótica.

Habían pasado 20 años desde que tuvieron aquella conversación.

— Soy asexual, Isabela.

— ¡Manolo, por Dios!

— ¡Jajajaja!

— ¿No te gusto?

— ¡Me fascinas, princesa!  Pero no tengo ese interés.

— ¡Llevamos saliendo tres meses y no me has tocado un dedo!  Excepto que seas maricón, tendrás que complacerme el día de mi cumpleaños.

— ¡Te lo prometo!  Te lo juro por lo más alto, jajaja.  Así será siempre.

La última vez que hicieron el amor, Isabela decidió terminar con Manolo.  Era insólito para ella andar con un hombre con el que se acostara solamente una vez al año.

Ahora, casi un año después y al acercarse nuevamente el cumpleaños de ella, él la invitaba a un viaje soñado por ambos.  Cruzarían la frontera a Canadá en auto, después de un viaje que iniciaría en el Lago Pontchartrain en Louisiana y que culminaría en la Península del Niágara donde él asistiría a la Conferencia Magistral que dictaría el Dr. Anthony Bogaert en Brock University ubicada en las pendientes del Niágara en Ontario.  Más que la tentación propia del viaje, las ganas que ella tenía de hablar con Manolo en persona, no por teléfono como todos los lunes, y el plan permanente de la seducción, la movieron a aceptar la propuesta.  Quería tanto a Manolo.

— ¿Celebrar mi cumple en el Niágara?  ¡Acepto!

Habían hecho el amor 19 veces.  Solamente 19 veces.  Ni una más, ni una menos.  Cada cumpleaños de ella hicieron el amor.  Y siempre fue bueno.  Muy bueno.  Pero ella necesitaba más.  Su cuerpo le pedía la atención de él.  No la de cualquiera.  Y lo había intentado todo.  Vestidos bellos de telas suaves como le gustaban a él, que le definían sus caderas y sus senos.  Prendas y accesorios de colores.  Olores.  Movimientos.  Lo había embriagado con los mejores espíritus, los líquidos y los sólidos.  Con los mejores vinos y los mejores sacrificios preparados por su padrino en la religión.  ¡Iboru Iboya, Ibosheshe!  Amaba a aquél hombre, pero no podía generar en él ese interés erótico que ella necesitaba.

Por eso ella lo dejó.  Escogió entre tener sexo y tener un compañero.  Y era bueno el sexo.  Pero no suficiente.  Y  como no podía estar con dos hombres a la vez, dejó al hombre y regresó con el compañero.  Aunque fuera solo por unos días.  Aunque la promesa de solo un día no se hubiese concretado.  A riesgo de hacer el ridículo con ella misma, como solía decirse frente al espejo.

El día de su cumpleaños, un viernes, acudieron a la conferencia del doctor Bogaert, un experto investigador en la Psicología Social y la personalidad.  Y en el comportamiento interpersonal y la sexualidad humana.  Su libro publicado en 2012, Understanding Asexuality, sostenía que la asexualidad era consideraba por algunos como una cuarta orientación sexual.  Eso le daba gracia a Manolo.  Él era heterosexual, eso para él estaba claro.  Allí, Isabela escuchó de los labios del famoso profesor las conclusiones más alocadas sobre el temita este que tanto le jodía el entendimiento.

— Estimo que el 1% de los británicos son asexuales, dijo el profesor.

— Claro, si son aburridísimos, balbuceó ella.

— En promedio, una persona asexual tiene menos parejas sexuales que una persona que no lo es.

— Jajajajaja… ¡qué diga algo que no sepamos!

— Es más típica la asexualidad entre mujeres, pobres, no blancas y con poca escolaridad.

— ¡Quedé bruta!

— Los asexuales, en promedio, asisten más a servicios religiosos que los sexuales.

— ¡Igual que tú, Manolo!

— ¡Carajos, déjame escuchar!, dijo Manolo.

Terminada la conferencia, Manolo se acercó al profesor como los feligreses se acercan al sacerdote al terminar la Misa.  Intercambiaron correos electrónicos y se despidieron con gran amabilidad.

— Princesa, es tu cumpleaños.  ¡Hagamos el amor!

Foto: Muddy slope near Brock University on the Niagara Escarpment by Brent Gilliard.