Seré tu ofrenda

por Reynaldo R. Alegría

Cuando se sueña con un amante es como si un mensajero bajara del cielo para decirte ese es el escogido.  Este hombre, este hombre que confieso me está empezando a enloquecer, me dejó saber que había soñado conmigo.  Es difícil no salivar como perro y rápido espetarle un: ¡Cuéntame!

—Soñé que habías llegado con otro perfume… tan embriagador… tan erotizante… ya quiero sentir ese nuevo aroma tuyo…

—Descríbeme ese olor…

—Me dijiste que era un olor para mí… que habías buscado hasta encontrarlo… pues no querías que más nadie te hubiese descubierto antes esa sensación…

Me tomó dos minutos responder.  ¿Cómo carajos se le responde a un amante que te quiere conquistar por ojo, boca y nariz?

—Wao!!!

—Era suave… no intenso… no eran especias… ni maderas… no era dulce… era arropador… cautivador… daban ganas de besarte… de hacerte el amor…

Mi maestro de Historia Antigua y Medieval, un heleno por convicción, solía decir que el perfume lo habían inventado los griegos, aunque los libros equivocadamente señalaban a los sumerios.  El cuento, más o menos, decía que frente a una hoguera a algunos mozalbetes geniales (para Henry –mi maestro– los griegos siempre eran geniales), se les había ocurrido poner algunas ramas del árbol de terebinto a quemar y que al percibir el impresionante olor que ascendía con el humo al aire, estaban convencidos que se trataba de un ofrenda ideal para los dioses que andaban por los cielos.  Por ello, decía el maestro, al usar perfume siempre debíamos llevar a cabo un rito, poniéndolo solamente sobre el cuerpo limpio, idealmente detrás de la oreja y una vez untado, con los mismos dedos frotar la parte interior de la muñeca y los codos hasta sentir el área tibia.

Cada vez que el maestro –a quien una vez vi fumigar sus libros de historia con el humo del olíbano– nos repetía esta historia exculpaba al gran Sócrates, de quien se decía aborrecía el perfume, pues hacía que todos los hombres olieran igual, los libres y los esclavos.

—¡Pobre hombre!  ¡Privarse de un gran placer en el mismo nombre de la libertad!

Admito que un buen perfume de hombre amantequilla mis rodillas.  Pero esta vez la compelida era yo.  Me tocaba derretir aquel hombre con mis efluvios.  Me imaginé caminando como loca por las perfumerías, procurando percibir los olores, adivinar su origen, buscando algo que fuera blando, manso, que adormeciera sin ser vehemente, que le privara de su libertad de pensar en nada que no fuera yo, irresistible.  Recordé a mi maestro, quien tenía un alambique en la casa en el que destilaba rones y perfumes.  Me vi machacando flores, raíces, cortezas, fragmentándolas en pequeños trozos, como decía mi maestro; macerando pétalos.

Montada en el potro de la emoción, sin más remedio –y más ganas– de ser suya, no pensé mucho más mi respuesta.

—Lo buscaré… seré tu ofrenda.

Foto: Jeune femme à sa toilette, Giovanni Bellini [Public domain], via Wikimedia Commons.

Archivo de amantes

Arcordeon File

por Reynaldo R. Alegría

Tenía 14 años cuando escribió su primer poema.  Eran unos versos muy cursi que provenían de un desengaño liviano con sus amigos de la escuela.  Años después, sentado en la barra del Patio de Sam, escribía versos en una servilleta de cocktail y le era imposible olvidar cada palabra escrita en sus primeros versos.  Un poema escrito en una servilleta –aunque no fuera un buen poema– siempre emocionaba a una mujer.  Pero la desolación y la amargura no ayudaban mucho al esfuerzo creativo.  Debía sentirse muy triste o muy alegre para escribir, enamorado o con el corazón partido, no había puntos medios.  Con poco más del doble de la edad, ahora presumía con su amigo Tom –quien era igual de presumido– de haber tenido sobre 100 amantes.  Sin deseos de muchas alegrías o sin ganas de grandes tristezas, decidieron hacer un listado de todas sus amantes.  Los fríos Manhattans y la helada soledad contribuían a hacer del evento uno de divertida y embriagante prepotencia entre amigos.

Cuando una semana más tarde encontró la servilleta con 73 nombres en uno de los bolsillos de su saco, le pareció necesario conservar y completar la lista.  El esfuerzo requirió dar aviso a la memoria del pasado y acudir a la pequeña valija comprada a un anticuario de la ciudad vieja tapizada en piel marrón en el exterior y forrada en el interior con terciopelo arrugado azul, en la que guardaba recuerdos tangibles.  Fue necesario organizar aquel cúmulo de historias de amor, amarguras y sexo.

Tomó un archivo viejo de cartón marca Wilson Jones tipo acordeón de los que tienen pestañas con las letras del abecedario organizados en 21 bolsillos, cada uno para una letra excepto la I que estaba junto a la J; la P que estaba junto a la Q; la U que estaba junto a la V y la X, Y y Z que estaban juntas.  Sacó lo que tenía adentro, que eran manuales y garantías vencidas de electrodomésticos inservibles e inexistentes, y organizó sus recuerdos.  Con calma, como cuando se extingue el viento, como suspendiendo en el tiempo la tranquilidad, queriendo destilar por el corazón cada gota de sangre de amor que hubo sentido alguna vez por cada una de ellas, y fue clasificando en carpetas individuales –rotuladas con las iniciales del nombre y apellido– los recuerdos precisos, tocables.

El listado, ahora con 114 nombres, estaba depositado en el primero de los bolsillos bajo la letra A.  A partir de ahí, se sucedían 42 carpetas de recuerdos inmarcesibles.  En la carpeta con las iniciales CN estaba guardado el diario del romance juvenil que ambos sostuvieron y que ella le regaló cuando huyó al extranjero para alcanzar los más divinos sueños.  MR tenía, entre otros, una foto enmarcada que ella alguna vez pretendió que él pusiera en el escritorio de su oficina.  En MT estaba un pañuelo con el que ella se había limpiado sus sensuales intimidades en la primera cita.  La carpeta de NE guardaba el patrón de la camisa con estampados hawaianos que ella cosió para que ambos se vistieran iguales para ir a la iglesia.  En TG guardaba las más eróticas cartas escritas con la más dulce caligrafía y una serie de postales hechas por ella en una impresora tipo dot matriz en las que resaltaba su culto al falo.  Bajo VB depositó las sosas postales en las que ella solía escribir y repetir mensajes innecesarios al final de unos versos, también innecesarios, impresos en la tarjeta.

Con el tiempo, cuando entendió que lo que hacía no era distinto a lo que hacían algunas de sus antiguas amantes, aprendió a no sentirse mal con su secreto; decidió esconderlo menos en su oficina y disfrutar cuando alguna de sus secretarias hurgaba en su sigilo.  Lo que alguna vez pareció una vergonzosa acumulación de conquistas sin razón, oportunamente se convirtió en una rica fuente de memorias vivas, razón de alegrías y tristezas, de versos y poemas, archivo de amantes.

Mi Sol

por Andrea Alegría Díaz

Te necesito más que la Panadol.

Más te extraño que cuando

se despiden la luna y el sol.

Sin ti, sola ando.

Sin ti, el mundo no va girando.

Sin ti, no hace sentido seguir tratando.

Si fuese esto una película;

sin ti, se vería ridícula.

Quiero sentirte,

a verso libre.

Quiero descubrirte,

encontrarte, como si nadie te ha

buscado.

Olvidarme de todo menos tu

memoria, tu voz

más poderosa que la imagen de Dios.

La esperanza ha virado completamente hacia ti.

Sin ti.

Ni me gusta cómo se arrastran las palabras

en mi boca. (Con mucho esfuerzo lo pienso)

Contigo, otros sentimientos positivos usted me

provoca.

Gracias por este gran jardín de sentimientos

Flores preciosas compuestas del cariño tuyo.

Habían hecho el amor 19 veces

Muddy slope near Brock University Niagara Escarpment By Brent Gilliard

por Reynaldo R. Alegría

Cuando Isabela decidió volver con Manolo  no lo hizo por sexo.

Manolo era un hombre espectacular.  Inteligente.  Exitoso.  Ateo y asexual.

Ella era una belleza.  Guapa.  Menudita.  Apasionada.  Erótica.

Habían pasado 20 años desde que tuvieron aquella conversación.

— Soy asexual, Isabela.

— ¡Manolo, por Dios!

— ¡Jajajaja!

— ¿No te gusto?

— ¡Me fascinas, princesa!  Pero no tengo ese interés.

— ¡Llevamos saliendo tres meses y no me has tocado un dedo!  Excepto que seas maricón, tendrás que complacerme el día de mi cumpleaños.

— ¡Te lo prometo!  Te lo juro por lo más alto, jajaja.  Así será siempre.

La última vez que hicieron el amor, Isabela decidió terminar con Manolo.  Era insólito para ella andar con un hombre con el que se acostara solamente una vez al año.

Ahora, casi un año después y al acercarse nuevamente el cumpleaños de ella, él la invitaba a un viaje soñado por ambos.  Cruzarían la frontera a Canadá en auto, después de un viaje que iniciaría en el Lago Pontchartrain en Louisiana y que culminaría en la Península del Niágara donde él asistiría a la Conferencia Magistral que dictaría el Dr. Anthony Bogaert en Brock University ubicada en las pendientes del Niágara en Ontario.  Más que la tentación propia del viaje, las ganas que ella tenía de hablar con Manolo en persona, no por teléfono como todos los lunes, y el plan permanente de la seducción, la movieron a aceptar la propuesta.  Quería tanto a Manolo.

— ¿Celebrar mi cumple en el Niágara?  ¡Acepto!

Habían hecho el amor 19 veces.  Solamente 19 veces.  Ni una más, ni una menos.  Cada cumpleaños de ella hicieron el amor.  Y siempre fue bueno.  Muy bueno.  Pero ella necesitaba más.  Su cuerpo le pedía la atención de él.  No la de cualquiera.  Y lo había intentado todo.  Vestidos bellos de telas suaves como le gustaban a él, que le definían sus caderas y sus senos.  Prendas y accesorios de colores.  Olores.  Movimientos.  Lo había embriagado con los mejores espíritus, los líquidos y los sólidos.  Con los mejores vinos y los mejores sacrificios preparados por su padrino en la religión.  ¡Iboru Iboya, Ibosheshe!  Amaba a aquél hombre, pero no podía generar en él ese interés erótico que ella necesitaba.

Por eso ella lo dejó.  Escogió entre tener sexo y tener un compañero.  Y era bueno el sexo.  Pero no suficiente.  Y  como no podía estar con dos hombres a la vez, dejó al hombre y regresó con el compañero.  Aunque fuera solo por unos días.  Aunque la promesa de solo un día no se hubiese concretado.  A riesgo de hacer el ridículo con ella misma, como solía decirse frente al espejo.

El día de su cumpleaños, un viernes, acudieron a la conferencia del doctor Bogaert, un experto investigador en la Psicología Social y la personalidad.  Y en el comportamiento interpersonal y la sexualidad humana.  Su libro publicado en 2012, Understanding Asexuality, sostenía que la asexualidad era consideraba por algunos como una cuarta orientación sexual.  Eso le daba gracia a Manolo.  Él era heterosexual, eso para él estaba claro.  Allí, Isabela escuchó de los labios del famoso profesor las conclusiones más alocadas sobre el temita este que tanto le jodía el entendimiento.

— Estimo que el 1% de los británicos son asexuales, dijo el profesor.

— Claro, si son aburridísimos, balbuceó ella.

— En promedio, una persona asexual tiene menos parejas sexuales que una persona que no lo es.

— Jajajajaja… ¡qué diga algo que no sepamos!

— Es más típica la asexualidad entre mujeres, pobres, no blancas y con poca escolaridad.

— ¡Quedé bruta!

— Los asexuales, en promedio, asisten más a servicios religiosos que los sexuales.

— ¡Igual que tú, Manolo!

— ¡Carajos, déjame escuchar!, dijo Manolo.

Terminada la conferencia, Manolo se acercó al profesor como los feligreses se acercan al sacerdote al terminar la Misa.  Intercambiaron correos electrónicos y se despidieron con gran amabilidad.

— Princesa, es tu cumpleaños.  ¡Hagamos el amor!

Foto: Muddy slope near Brock University on the Niagara Escarpment by Brent Gilliard.

La regla de Patricia

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por Reynaldo R. Alegría

Patricia tiene reglas.

Anoche fui al cine con Patricia y vimos unas de esas películas cómicas con enseñanza.  Entre copitas plásticas de vino y las carcajadas mías que no puedo manejar, por las cuales en ocasiones me regañan mis hijos cuando vamos juntos al cine, ella me comunicó algunas de sus reglas.

Y aunque cuando nos comimos algo de pie en la cocina de la casa me comunicó su fundamental regla de los dos minutos (si un alimento se te cae de las manos y está menos de dos minutos en el piso te lo puedes comer y no te hará daño), la más interesante de todas fue la regla de la primera cita y la mirada al techo.

Al despedirse de su primera cita con un fascinante hombre de muy baja estatura la deliciosa argentina de la película entraba a su habitación… entonces Patricia me dijo con gran autoridad: si se acuesta en la cama mirando el techo fue que le gustó.  Ya he dicho que Patricia tiene reglas.  Y esta es una.  Si después de tu primera cita te acuestas en tu cama mirando al techo y meditas con la vista fija puesta sobre él, es que ese hombre te gustó.

De más está decir que en segundos, la argentina se recostó boca arriba en su cama y una amplia sonrisa se le dibujó en el rostro a ella… y a Patricia.

– ¡Le gustó!

Bien mirado, y a partir de aquí ya todo es mi interpretación, esta regla resuelve uno de los más grandes enigmas de las relaciones interpersonales.  De ser cierto, y al menos para Patricia lo es, la historia nunca está escrita.  Ese gesto de mirar al cielo raso, liso como la seda, libre de estorbos, es el que brinda la oportunidad de escribir una nueva historia.  Como cada domingo cuando me siento a escribir estas notas en un papel limpio y sin manchas.

Cuando Patricia mira al techo está en busca de la construcción de una historia.  Le pide al papel limpio que le cuente un cuento.  Y entonces cierra los ojos.  Y eso es bueno.  Como bueno es haber encontrado el corcho de la botella del albariño que nos tomamos anoche.  Otra regla de Patricia, el primer corcho siempre se guarda.

Mientras tanto me pregunto si anoche ella se habrá quedado mirando al techo.

Foto: Sleeping Woman by P.A. Renoir [Public domain], via Wikimedia Commons

Soy un padre muy feliz

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por Reynaldo R. Alegría

Mis queridos hijos Sebastián y Lorenzo:

Soy un padre muy feliz.

Pertenezco a una generación de hombres que son muy felices con su paternidad plena y que ejercen con gusto y gran amor la responsabilidad en la crianza de los hijos.  Como padre le sirvo a la vida de ustedes.

La paternidad, si tú quieres y lo decides, te hace sabio y feliz.  Pero solamente si tú lo escoges.  El mero nacimiento de ustedes no me habría hecho tan feliz si no hubiera asumido también las obligaciones y responsabilidades de mi paternidad.  Criarlos a ustedes, encargarme de ustedes, darles de comer, bañarlos, vestirlos, peinarlos, dormirlos, velarlos en el parque, enseñarles a montar bicicleta, ayudarlos con las tareas escolares, ayudarlos a escoger una universidad, eso es lo que me ha dado felicidad.

Por eso siempre me escuchan decir que desde que nacieron no puedo recordar un solo día en que el de ayer haya sido mejor que el de hoy.  Porque es que de verdad, cada día con ustedes ha sido mejor.

Les escribo esta carta porque creo que ya ustedes pueden entender claramente lo que es sentirse feliz y porque ya ustedes han visto muchos modelos de paternidad.  Y es importante que sepan que la sola paternidad no te hace feliz.  En realidad la felicidad es el resultado de una paternidad responsable.

Puedes llegar a ser padre de muchas maneras.  Pero más allá de las tantas versiones y razones de paternidad, deben saber que ser padre siempre, siempre, siempre, es el resultado de un acto volitivo.  Ser papá es un acto que surge de tu propia y única voluntad.  Yo decidí ser papá.  Y quiero que sepan que soy muy feliz.

Con el divorcio se aprenden muchas cosas.  Puedes haber sido profesor de Derecho de Familia y llevar 20 años de tu vida profesional como abogado dedicado a esa práctica, pero tienes que haberte divorciado, ser parte de esa estadística demoledora del 60% de intentos fracasados (muchos de ellos muy felices y llenos de amor como el mío), para aprender que es la paternidad responsable lo que te hace feliz.

Con el divorcio aprendí que el Día de Navidad es el día que uno escoja y que los cumpleaños se celebran cuando te venga en gana o cuando tengas dinero para hacer esa fiesta especial de la que están antojados.  Pero también aprendí, mis queridos hijos, que Día de los Padres es todos los días.

En mi carácter personal ser padre me da una ventaja sobre quien no lo es, pero sería muy injusto decir que la paternidad es una necesidad humana fundamental.  No lo es.  Mis tres queridos hermanos: Tío Carlos, Tío Ricardo y Tío Rafael, han sido tres grandes padres para ustedes.  La paternidad te da la oportunidad para hacer lo que tienes que hacer para con la sociedad.  No todo el mundo nació para ser padre.  Nadie debe decidir ser padre pensando que la paternidad le dará la felicidad que no tiene.  Los hijos no salvan los matrimonios ni las relaciones de pareja.  Es la responsabilidad en el descargo de la paternidad y la maternidad la que te hace feliz.  Soy feliz porque soy responsable con ustedes.  Parece una contradicción, pero ser un papá responsable es lo que me hace feliz.

Con el tiempo, si les toca ser padres, se darán cuenta que uno repite las mismas cosas que aprendió de sus padres.  Posiblemente no hay nada bueno que haya hecho con ustedes que no estuviera inspirado en mis padres.  Desde ir temprano los sábados a la Plaza del Mercado a comprar verduras, vegetales y pollo fresco para hacerles el potaje con el que los alimentaría desde que nacieron, tomarles una foto con el uniforme nuevo el primer día de clases, visitar la escuela a menudo para hablar con sus maestros, amanecerme esperándolos en lo que llegan de una fiesta, hasta hacer los grandes sacrificios personales y económicos que requieren una educación de primera como la que ustedes han tenido.

¿Pero saben qué cosa me hace muy feliz?  Que ustedes nunca me hayan exigido que sea un mejor padre.  Eso me lo gané cada día que decidí quedarme en la casa en vez de irme de fiesta.  Cada vez que me amanecí con uno de ustedes enfermo en el hospital.  Cada vez que tomé la decisión de ser responsable.  Por eso es que siento tanta felicidad cuando puedo contarle a mis amigos que ustedes nunca me hicieron una escena en el supermercado antojados de alguna golosina, que nunca han peleado físicamente con nadie ni entre ustedes, que son respetuosos, bondadosos, cariñosos, amigables, sociables.

No quiero terminar esta carta sin contarles un secreto muy íntimo para mi felicidad.  ¿Saben qué hago cuando estoy triste?  Pienso en ustedes.  Me los imagino en los momentos en que han alcanzado metas, premios, graduaciones, fiestas.  Me acuesto tratando de imaginar el futuro de ustedes; sus trabajos, sus parejas, sus estudios, sus viajes, sus hijos.  Imagino que los toco en la cabeza.  Que los miro a sus ojos verdes.  Que les acaricio el pelo.  Que les pongo la mano en el hombro derecho como suelo hacer y que los llamo “hijos”, como me gusta.  Que les doy un beso.  Y me duermo feliz imaginándolos, porque soy un padre muy feliz.

Morir de Amor

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por Reynaldo R. Alegría

Don Ramiro era el maestro del pueblo.

Agricultor de formación.  Historiador por vocación.  Especialista en embelecos.  Proveyó para beneficio de la humanidad el más famoso de los inventos.  El injerto del árbol de naranjas con el de toronjas.

Cada año le tocó escribir en el programa impreso de las Fiestas Patronales algún nuevo suceso de la historia del Pueblo.  Lo hizo tantas veces que ya no quedaban familias a las que homenajear con sus cuentos.  Ya no nacían en su memoria más cuentos que contar.

La insólita avaricia con la que vivió le permitió acumular algún dinero para que el cual nunca tuvo propósito expreso.  Una emergencia.  Se le escuchó alguna vez decir.

Cuando Miguelina, la entonces reciente viuda del fallecido Alcalde, le guiñó un ojo en la reunión anual de la Junta de las Fiestas Patronales al hablar de la Fontana de Trevi, el Don Ramiro salivó por tres días sin parar.  Tres vías.  La cabeza le retumbaba.

Montados en el avión, él con casi 80 años y ella rondando los 60, aparecían como una deliciosa pareja de hippies recalentados viviendo con dos décadas de retraso.  Convencido de que el mejor plan era no tener plan, Don Ramiro solamente compró pasajes de ida.

Por seis meses, y por primera vez, Don Ramiro vivió.  Le escribió poemas al brillo de los ojos de Miguelina.  Comió.  Tomó.  Recitó.  Cantó.  Bailó.

Agotada la felicidad del dinero solo quedaba regresar.

– Nada es permanente.

– Pero yo te amo.

El domingo, 13 de mayo de 1984, Día de las Madres, Don Ramiro regresó a su casa.  Nadie lo estaba esperando.  Entró a la misma habitación en la que por años había dormido solo.  Normal.  Mirando al piso.  Para no tropezar.  Se desnudó.  Se acostó.  Boca arriba.  No volvió a hablar.  No volvió a comer.  Nunca.

Don Ramiro no escuchaba ni veía.  Solo sentía.  La atrofia de cada órgano.  La reducción de la masa corporal.  El consumo de la grasa.  El motor, cada vez más lento, del metabolismo.  El encuentro, cada vez más íntimo, de su piel y su esqueleto.  Miraba al techo.

– Perdóneme.

El Padre Rolando le explicó a Don Ramiro que en la Edad Media la santa anorexia era una meta espiritual.  Que como Santa Catalina de Siena, el suyo era un ayuno ascético con propósito.  Una mortificación del cuerpo para limpiar el alma.

– Perdóneme Padre, pero no he pecado.

Afuera, al terminar de rezar el rosario, su mujer y sus hijos escucharon un gemido.  Ridículo.  El anuncio de una muerte de película.

Con los ojos muy abiertos después de haber visto un aleph, el Padre Ramiro salió ceremonioso de la habitación.

– Se ha ido.  Ha muerto de amor.

 

Foto: Fontana di Trevi por Alexander Augst

El pobre Miguel de los Caballeros Bellos

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por Reynaldo R. Alegría

El pobre Miguel de los Caballeros Bellos había nacido extremadamente feo.

Hijo del ingeniero don Miguel De los Caballeros Fernández y de la maestra de español doña Luisa Antonia Bellos Cimarrón, ambos emigrados de la Habana, Cuba a principios de los años sesenta, el pobre chico había venido al mundo sin muchos atributos que lucir y con un nombre que en nada le ayudaba.

Llegados a vivir al barrio, Miguel comenzó a cursar el Cuarto Grado en la Academia Santa María de la Anunciación, una pequeña escuela católica administrada por amables sacerdotes dominicos holandeses e insoportables monjas locales, también dominicas.

El pobre Miguel tenía más nombres que un rey del medioevo: cara de papa, pera invertida y el que más usaban los crueles niños, cabeza de hormiga.  Nombres todos inspirados en el amplio grado de cefalización del pobre Miguel y en su particular frente que parecía el parachoques de un vehículo capaz de amortiguar la más trágica de las colisiones.

El pobre Miguel era muy organizado y estrictamente cumplidor con las tareas escolares por lo cual usualmente obtenía buenas calificaciones.  A los niños nos gustaba hacer bromas sobre la manera en que se vestía, poniéndose los pantalones muy por encima de su cintura y dejando expuesta una indiscreta barriga que se le descubría en el abdomen bajo el ombligo.  En el bolsillo de la camisa, el pobre Miguel llevaba siempre una cartuchera con cinco lápices mecánicos de punta muy fina –una gran exquisitez en aquellos tiempos– con los que le gustaba escribir en sus libretas con una cuidadosa, limpia e inconfundible letra de molde.

Llegado el mes de febrero la señora Rivera, maestra del salón hogar del pobre Miguel, forró con papel rojo y plateado una caja de cartón, la arropó con un gigantesco lazo blanco de tela y le hizo una abertura en la parte superior de la misma para que los niños la usaran de buzón e intercambiaran tarjetas con motivo del Día de los Enamorados.  Cada tarde al terminar la jornada, la maestra abría la caja y leía en voz alta el nombre del destinatario de la correspondencia del amor entre los niños.

– María.

– Rosa.

– Juan.

– María del S.

– María.

– María del Socorro.

Obviamente María, María del Socorro, no solo era la niña más popular del salón, sino también la más bella; menudita y rubia de ojos azules, los niños soñábamos y delirábamos por ella.  María se paraba 10, 15, 20 veces a recoger su correspondencia.  A mí quizá me llamaron alguno que otro día, pero el pobre Miguel nunca escuchaba su nombre.

Aquel día, la propia maestra se mostró sorprendida cuando se encontró con un sobre que la hizo gritar el nombre con mucha fuerza:

– ¡Miguel de los Caballeros Bellos!

Los niños nos quedamos mudos.  Absortos.  Admirados.  El pobre Miguel se levantó coqueto y caminó por el pasillo entre los pupitres a recoger su correspondencia.

– Juan.

– María del S.

– María.

– ¡Miguel de los Caballeros Bellos!

El pobre Miguel no había llegado de vuelta a su asiento cuando se vio obligado a regresar donde la maestra.  Ya parado frente a ella la maestra volvió a leer:

– ¡Miguel de los Caballeros Bellos!

La curiosidad nos mataba a todos los niños.  El cabeza de hormiga había recibido tres tarjetas de amor.  Como me sentaba a su lado, me era inevitable investigar, averiguar, saber de primera mano quién le había enviado una tarjeta a cara de papa.

– Cuenta Miguel, ¿quién te escribió?, le preguntó María del Socorro, que se sentaba al otro lado.

El pobre Miguel enseñó los sobres en los que con una impecable caligrafía escrita con una punta muy fina de lápiz en letra de molde leía: Miguel de los Caballeros Bellos.  Adentro, las tres cartas decían lo mismo:

– Para Miguel de tu Amiga Secreta.

No dije nada, creo que nunca antes había sentido pena.  Pero María hizo un festín.  Hizo toda clase de bromas.  Cada día.  Todos los días.  Hasta que terminó el curso escolar.

El pobre Miguel no regresó a la escuela.  Su padre había sido trasladado y ya más nunca supe nada de él.  Hasta hace unos días, 40 años después de aquel mes de febrero de los enamorados, cuando en una reunión de negocios en Miami acompañé a un cliente a una junta con el presidente del Banco de la ciudad.

– Es un cubano que vivió en tu país, me dijo el cliente.

Puesto los pies en su despacho mi cliente muy orgulloso me dijo:

– Te presento a don Miguel de los Caballeros Bellos, presidente de esta prestigiosa institución.  Me sentí muy contento con el rencuentro de un compañero de clases.  Muy orgulloso de sus logros y de que se hubiese convertido en una persona tan importante.  Nos dimos un fuerte apretón de manos y nos preguntó si queríamos café.

– Negro sin azúcar.  Levantó el auricular del teléfono sobre su escritorio y en un tono muy seco, aunque respetuoso, ordenó el café.

Mientras recordaba al pobre Miguel y observaba a aquel hombre elegante y bien puesto, con el tamaño de su cabeza muy normal, con saco italiano de moda y zapatos que solo un banquero podía costear, entró al despacho de don Miguel de los Caballeros Bellos una mujer rubia de ojos azules agotada, ajada, percudida, con una elegante bandeja sobre la cual traía una cafetera de fina porcelana china y una taza con mi café.

– ¿Recuerdas a María del Socorro?  La pobre María me miró con gran respeto y haciendo un gesto de saludo con la cabeza me saludó.

– ¿Te acuerdas de él, María?

– Sí señor, y de inmediato abandonó el salón.

Tras hablar de negocios y ponernos al día, don Miguel de los Caballeros Bellos y yo nos despedimos con un abrazo.  Al irme me regaló un lápiz mecánico de punta muy fina que tenía impreso en el lomo el nombre de su banco.  Salí de su despacho.  Fue entonces cuando, inclinando su cabeza, se despidió de mí la pobre María.

Foto por Daderot

Atracción Fatal

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por Reynaldo R. Alegría

El Inspector de la Policía Moisés Navarro había nacido para hurgar en las entrañas de la mente de las personas.  Ahora retirado de la División de Investigaciones de Crímenes Pasionales por un accidente en el cumplimiento del deber, se dedicaba a enseñar a los estudiantes de nuevo ingreso en la Academia de la Policía Estatal.  Sus destrezas investigativas, su historial impecable de honor, su impresionante récord de casos resueltos y las historias fantásticas que tenía que contar, lo calificaban para ser el favorito de los estudiantes de primer año.

Navarro dictaba dos cursos en la Academia: Planimetría, donde enseñaba a mirar e interpretar, y oportunamente plasmar en un croquis, la escena de los hechos del crimen; y Pericias Informáticas, donde dirigía los muchachos a darle contenido policial al vasto conocimiento práctico con el que ya llegaban a la Academia, en cuanto a autenticidad de la información digital, vías de acceso ilegítimo, sabotaje, espionaje, piratería, rastreo y análisis de correos electrónicos e Internet.

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Habían pasado siete meses desde que había cortado relación con Mariana.  Una mujer con poco más de la mitad de los 50 años que él tenía, lo que no era novedad para él quien durante los últimos años había tenido la suerte –así le llamaba él– de andar con mujeres de la mitad de su edad, muy atractivas y extremadamente bonitas.  Mariana no era exactamente bonita y sexy.  Más bien, había desarrollado la habilidad de manejar sus puntos débiles de la manera más asertiva; maquillar cuidadosamente la gran nariz que coronaba el centro de su rostro, escoger estratégicamente la ropa con la cual disimular su trasero plano condenado por los Dioses del Caribe; peinar con productos y máquinas portátiles su silvestre cabello; y repetir en el momento apropiado lo que escuchaba de otros para ocultar su falta de cultura, particularmente el no haber leído lo que tenía que leer cuando debió haberlo leído.

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Con su experiencia, Navarro podía hacerse un juicio de valor bastante rápido y atinado con apenas conocer y compartir brevemente con las personas.  Por eso, el primer día de clases llamaba por lista dos veces a los estudiantes.  Al principio de la clase, para identificar el rostro con el nombre; y al final de la primera sesión del mismo primer día, cuando ya los había conocido a todos por apenas una hora, para poner al lado del nombre la calificación que estaba seguro obtendrían al final del curso.  En la intimidad de su pequeño estudio, disfrutaba extraordinariamente del momento en que, después de someter por internet la calificación final de cada estudiante al terminarse el curso, comparaba la misma con su primera apreciación y se vanagloriaba en la soledad intelectual por su puntería en la percepción.

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Con Mariana, Navarro se había equivocado en todo: en su primera impresión, en su apreciación, en su interpretación, y peor que todo, en su investigación.  Mariana llegó a la vida de Navarro como habían llegado todas las mujeres de su vida, tocando a su puerta.  Ella lo contactó por Facebook.  Habían estudiado juntos y hacía tiempo no sabía de él; eso dijo ella.  Salivando instintivamente cual depredador, Navarro mordió el anzuelo de inmediato.  A pesar de que con mirar su foto era obvio que ella no alcanzaba los 30 años; a pesar de que de su mente privilegiadamente fotográfica no surgía ese nombre; a pesar de que su sabiduría innata le decía que era una trampa; a pesar de todo ello, el riesgo, el peligro y las ganas de devorar lo hicieron experimentar.

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Navarro había sido del grupo de los primeros estudiantes de la Universidad a quienes les tocó el privilegio de haber sido adiestrados, cuando hacían su Maestría en Estadísticas, con las primeras computadoras personales que llegaron al país en 1983; él tenía 20 años.  Ahora, tres décadas después de que Gian Luiggi Massari, el italiano que vino cargando un aparato de estos desde las Oficinas Centrales de la NASA en Washington, Navarro era el individuo en el Cuerpo de la Policía que más experiencia había tenido con los sistemas de computación y que más habilidades tenía con las redes sociales; en todas tenía una cuenta.  Siendo pionero, siempre pudo usar su nombre completo en todas ellas: @MoisesNavaro en Twitter, Four Square, Instagram, Pinterest, Flickr, Snapchat y en todos los usernames de Hotmail, Yahoo, Gmail y hasta en el Blog Pericias que publicaba en WordPress.

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Mariana se mostraba inofensiva, obediente y angelical; asunto que perturbaba un poco a Navarro, quien estaba acostumbrado a mujeres fuertes, takers más que givers, dirigentes más que obedientes, a las que por opción particular prefería por demás.  Una tarde, mientras reposaban en la cama después de haber tenido sexo sin amor y Navarro ayudaba a Mariana a hacer ajustes técnicos en una nueva cuenta de correo electrónico, ella le arrebató la laptop de las manos y en un santiamén resolvió la situación.  Para Navarro el asunto no pasó desapercibido.  En su experiencia, era poca la gente con ese dominio urgente de la computación, particularmente si como Mariana no tenían formación.  A partir de ese momento, Navarro activó todas sus alertas.

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Navarro dio a sus estudiantes un ejercicio práctico; él le llamaba el pronóstico del crimen.  A unos, los puso a dibujar un croquis de un crimen cibernético; a otros, les dio la información suficiente para que, sin saberlo, lo ayudaran en su investigación personal.  Les pidió que hicieran un análisis de correlación entre el texto de las notas románticas que Mariana –la sospechosa– le había enviado, su caligrafía y el uso de las redes sociales e internet.  El resultado de estos análisis se representaba sobre la gráfica de un plano cartesiano en la que cada uno de los cuatro cuadrantes refería a diversas probabilidades de crímenes pasionales.  Los estudiantes de Navarro concluyeron su ejercicio calificando a la sospechosa, el cuadrante I, el de mayor probabilidad de crimen pasional.  Navarro polemizó con ellos.  Pensó que el croquis no era conclusivo, calificando a Mariana como sospechosa tipo IV, un estado de mayor inseguridad con dictamen de “seguir investigado”.

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Mariana era perceptiva y maquinadora.  Cuando se dio cuenta que perdía campo con Navarro activó su particular operación.  Lo primero que hizo Mariana fue crear una cuenta falsa en Facebook y enviarle mensajes a Navarro que trataban de sugerir que alguien se interponía en la relación.  Navarro, para quien nunca hubo una relación, sospechó de inmediato que la creación del personaje cibernético era obra de Mariana que buscaba atención.

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Investigador experimentado, Navarro hizo pruebas.  Trajo a su oficina bruñida de papeles y libros en la Academia de la Policía a su mejor Agente en Pericias, quien en efecto comprobó la impostura de Mariana.  Mariana había fabricado un perfil, incluyendo la creación de seguidores con nombres, fotos e historiales que aparentaban una conexión con Navarro y su pasado.  Mariana había llegado lejos.  Daño autoinfligido, pensó Navarro, quien desde el primer día sabía que Mariana no era quien decía ser.

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La suerte estaba echada para Mariana.  Esa tarde Navarro la llamó y le dejó saber que todo estaba terminado.  Obstinada, ella quiso verlo.  Como era su costumbre de policía veterano, la citó a un lugar público donde ella no pudiera hacer escenas, donde el llanto no obstaculizara su determinación.  En una terraza amplia del centro comercial de la ciudad, Mariana y Navarro conversaron.  Navarro no le dio explicaciones innecesarias a Mariana, fue amable y se reservó su pericia.  Regresó a su casa sabiendo que no todo había acabado.  Para cada acción hay una reacción igual y opuesta.  Mariana lo dejó tranquilo unos días.  Entonces vino el contraataque.

–Creo que estoy embarazada, le dijo coqueta y asustada cuando lo llamó a los pocos días.  Navarro, quien tenía hecha una vasectomía, se preocupó.  Las banderas de la sanidad mental se levantaron.  El la evitó, la rechazó, la terminó.

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Acostumbrado al entendimiento de los crímenes pasionales, Navarro tomó medidas de seguridad.  Cambió las claves de acceso a sus cuentas, advirtió a sus empleados, vecinos y allegados –sin decirle el motivo– a tomar medidas de seguridad.  Pero en Mariana estaba sembrada como tubérculo, la semilla de la privación del juicio y la falta de la razón.  No era la primera de esas que conocía; después de todo había dedicado su vida a entender la locura del amor no correspondido y los efectos criminales de la infatuación, esos que forman pequeñas llamas que pululan por la atmósfera, ardientes e inflamadas de sinrazón.

Navarro bloqueó a Mariana en todas sus cuentas.  Bloqueó sus números de teléfono, sus cuentas de correo electrónico y hasta donde pudo, de sus cuentas de las redes sociales.  Pero Mariana no se podía contener.  Creó nuevas cuentas de correo electrónico; le envió flores, fresas y chocolates a Navarro.  Se le apareció en su casa y en la Academia de la Policía.  Bajo engaño a sus empleados y compañeros penetró ambos lugares.  Creó más cuentas falsas en las redes.  Fingió ser una rumana que escribía en su blog.  Trató de seducirlo ella misma y disfrazada de ella también.  En sus roles donde adujo ser distintas personas a la misma vez, y nublada por el juicio de la razón, cometió serios errores.  Contactó amigos y familiares de Navarro, incluyendo –gran error– menores de edad.  Los trajo como amigos en sus cuentas de redes sociales para a través de ellos a Navarro poder espiar.  De esta forma Mariana se mantenía en contacto.  Mariana creó una bitácora de eventos y rutinas; días, horas, lugares.  Lo perseguía de día y de noche.  La envida, los celos y el descontrol la carcomían, dejándola ausente de control.

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Como solamente un Inspector experimentado como Navarro podía hacerlo, recopiló toda la evidencia que los rastros de Mariana iban dejando marcados a su paso.  Los criminales siempre comenten un error.  Con su equipo de estudiantes investigadores –y sin que ellos supieran la razón– analizó, compiló y organizó la prueba como estaba acostumbrado en su vida profesional.  Mientras el descontrol de Mariana fue crecía, profundizaba en serias violaciones a la ley.  Navarro, por su parte, iba construyendo su mejor investigación;  no sin lamentar sus propios errores.  Lo que Navarro omitió desde el principio, quizá cegado por el erotismo frugal, liviano y pasajero, fue hacer su acostumbrada y personal investigación; gogglear el nombre de Mariana, buscar los casos legales que ella hubiese tenido en www.ramajudicial.com; hurgar, profundizar, investigar.  Si hubiese buscado, hubiese encontrado.

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Desesperada por el rompimiento, a través de sus inventadas cuentas de correo electrónico Mariana contactó al círculo íntimo de Navarro.  Les dejó saber, ahora por tercera vez, que estaba embarazada de Navarro, perfecto retrato del Síndrome de Clerambault.  Inventaba historias en su mente y ejecutaba acciones relacionadas a esas historias inexistentes.  Cuando Navarro tuvo la certeza absoluta que tenía acumulada toda la prueba necesaria para poner a Mariana contra la pared y exponerla a los estrictos efectos de la ley, le dejó saber –previo acuerdo de estrategia calculada con su abogado– que estaba listo para proceder en caso de ser necesario.  Siete meses después de ningún contacto, Navarro le envió a Mariana un correo electrónico donde le daba una advertencia final y le incluía una scintilla de la evidencia recopilada.  Pero la ignorancia irracional del desamor, así como la enfermedad de la mente, pudieron más con Mariana que la propia compasión.

Siete meses después del rompimiento, Mariana seguía insistiendo en “una noche más”, como el macho que controla y abusa de la mujer de su propiedad, “la última vez, solamente una más”.  En la víspera del cumpleaños de Mariana, se las ingenió para –a pesar de los bloqueos– hacerle llegar a Navarro un mensaje de texto baboso, donde lo invitaba a la seducción sin propósito, al sexo sin romance, solamente una vez más.

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El Inspector de la Policía Moisés Navarro se encontraba extenuado y agotado y, por primera vez en su vida, temiendo por su vida y su seguridad; asustado por el bienestar de su familia.

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En el último día de clases del semestre y estando completamente preparado, Navarro dio cuentas al FBI.  Le llevó toda la prueba que había recopilado.  Le señaló todos los delitos que Mariana había cometido con él y con otras víctimas en el pasado; analizados y evidenciados.  Esa mañana, mientras Navarro dictaba su última clase del curso de Pericias Informáticas, Mariana fue arrestada.

Navarro reservó para su última clase la lección sobre la atracción fatal; aquella que es tan fuerte que carece de lógica y razón; aquella que produce una infatuación amorosa enferma y peligrosa; la que daña la mente y la pudre de un veneno incontrolable; la que acumula una mayor concentración de dopamina y una horrible adicción al amor; aquella que hace fantasear a las personas; aquella en la que una víctima es acosada, perseguida, vilipendiada; aquella que tornó a Mariana en enamorada desaforada y acosadora; aquella que es capaz de hacer que las personas piensen en hacerle daño a otras que no le corresponden su atracción; el delirio de ser amado, la erotomanía.  La atracción fatal.

Imagen: Sunset_02459.jpg: Nevit Dilmen Broken_Heart_symbol.svg: Nevit Dilmen (talk) derivative work: Nevit Dilmen (Sunset_02459.jpg Broken_Heart_symbol.svg) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, undefined

Diario – No Soy Mujer Infiel

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19 de enero de 2014

Aplicaréis al hombre o a la mujer adúlteros cien latigazos a cada uno.

Sura 24:2

Soy una mujer con dos hombres.  Pero no soy infiel.

Soy monógama.  Nunca podría ser infiel.  Aunque te tenga a ti y lo tenga a él.

No soy mujer infiel.

Creo en la fidelidad.  Me producen una gran indignación los hombres que sabiendo que soy mujer comprometida con otro hombre se ponen coquetos conmigo.  Particularmente los amigos de él.  Tratando de tentar mi fidelidad.  Son tan predecibles los hombres.

Hay cosas que los hombres nunca entenderán.  Quizá por eso haya más mujeres infieles que hombres.  Pero yo no.  La infidelidad sólo puede ocurrir entre personas que se aman.  Lo cual no es mi caso.  Yo solo te amo a ti.  Es por eso que no puedo serle infiel a él.  Parece una sutilidad.  Como sutil es la diferencia entre fellatio e irrumatio.  En una hay mera complacencia, en la otra hay poder y control.

A veces me pregunto si solamente se puede ser fiel o infiel.  Si no hay puntos medios.  La que es infiel tiene que sentirse culpable de sus actos.  Yo no.  Duermo bien todas las noches.  Yo sólo he estado contigo.  Y me gusta.  Me encanta.  Me fascina.  Me vuelve loca.  Fue algo yo que busqué.  Yo lo provoqué.  Fui yo quien se metió en tu cama.  La que te hizo el amor primero.  La que te sedujo.  Por eso siempre he tenido el control, aunque tú creas lo contrario.

Ni siquiera puedo decir que se trata de amores distintos.  Aunque reconozca que es posible amar a dos hombres al mismo tiempo.  Ese tampoco ese es mi caso.  A ti te amo.  Con él convivo.

Él ni siquiera me cela.  ¿Puedes creerlo?  Le soy leal a él porque lo respeto, porque nadie sabe lo nuestro.  Porque él sabe que no lo amo.  Nunca se lo he dicho.  Hay cosas de la que no se habla.  Él tiene que sentirlo.  Aunque no toleraría que se vaya, a veces me pregunto por qué no lo hace.  No se va porque no me ame, o no lo ame, sino porque tiene un terrible temor de quedarse solo.  Un miedo espantoso y fantasmal.  Porque la inseguridad lo controla.  Como yo te controlo a ti.  Solamente con mi amor.

No hay una sola fidelidad, como no hay un solo tipo de orgasmo.  Como no se puede ser infiel con la mente, ni deseando lo ajeno.  La infidelidad es un actos real, no imaginario, en contra del amor.

Cuando salgo de mi casa a encontrarme a escondidas contigo, no lo hago porque me sienta aburrida, insatisfecha o menoscabada.  No estoy curiosa.  No me siento sola.  Confieso que esto que tengo contigo, con ustedes dos, me hace sentir poderosa.  Me siento más protegida teniéndolos a los dos.  El me da la maternidad; una familia.  Tú me das el amor.  Cada uno me da lo que no puede darme el otro.  La nuestra es una relación amorosa y erótica.  Tú me provocas muchos orgasmos.  De muchos tipos.  El que más me gusta es el que logras con solo acariciar mi piel.  Sólo tú.  Sólo contigo.

Sabes, sin embargo, que por más que te ame, nunca podríamos vivir juntos.  No nos toleraríamos.  Por eso nuestros encuentros son tan efímeros.  Exiguos.  Ocasionales.  Para no que no se nos gaste el amor.  Para que sea infinito.  En la infidelidad hay aventura.  Peligro.  A eso nosotros hemos renunciado.  En nuestro caso hay pasión.  Solo nuestro amor está en riesgo.

Si la infidelidad es traición y perfidia, nosotros le hemos programado una ventaja.  Sabiendo que no podemos estar juntos por mucho tiempo, escogemos lo mejor.  Amarnos.  Sin engaño.  Sabiendo que el sexo extramarital solamente es dañino cuando se ama a la persona con la que se convive.  Cuando se atenta contra eso.

Aquí no hay pacto que haya violado.  No hay acuerdo afectivo incumplido.  Soy consciente.  Él es consciente.  Tú eres consciente.  No tengo intención de hacerle daño.  A ti tampoco.  Siempre he cumplido.  Soy fiel a ambos.  Los tres estamos claros.

Foto: La fête de l’Ordre des Cocus devant le trône de Sa Majesté, Infidélité.  Dominio público.