Bésame

Beso robado Jean-Honoré_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss (2)

por Reynaldo R. Alegría

Salimos al cine y luego fuimos a tomar vino rojo.  Como siempre, ella me recogió en su auto, complaciendo mi antojado disgusto por manejar.  Cuando eres recogido en tu casa por una mujer, muchas veces ella presume que detrás hay un plan de llevarla a la cama con urgencia, sin el foreplay de elegancia que ordenan las reglas del cortejo adoptadas por la sociedad desde hace siglos y que aún hoy se imponen ominosas.

La religiosa combinación del mosto y del hollejo en el vino rojo tiene propiedades fascinantes después de una película argentina que se mercadea como drama y que amerita la más seria discusión de la más graciosa comedia.  No solo ayuda a la mejor digestión de las proteínas y a la reducción de la presión arterial y los niveles de insulina en la sangre, sino que te hace más feliz y, en consecuencia, más hábil para entender el cine que se dice drama pero que argentinamente es comedia.

De vuelta a la casa y sin ninguna intención de invitarla a subir –no siempre se tiene sexo decía mi amiga Olga y con esta nunca lo había tenido– creo que se percató que mientras me proponía a despedirme de ella, miraba detenidamente sus labios.

—Bésame —me dijo, mientras aun estábamos dentro del auto.

Bastaría presionar los labios propios contra cualquier superficie, una foto, una mano, u otros labios, para besar.  No haría falta succionar, ni hacer ruidos particulares.  Para besar no haría falta abrir la boca con cuidado de no perder la respiración, ni tener compasión con otra boca que no ha conocido otros labios, ni evitar pasar la lengua por otros labios, ni controlarse para no morder otra boca que se apetece.

—Bésame —insistió.

Un beso tiene propiedades mágicas, no solo esas que permiten convertir una rana en príncipe (que es muy importante), sino esas maravillosas virtudes de la excitación profunda, esa estimulación erógena que activa cada terminación nerviosa que se encuentra en los labios de la boca y produce una corriente de calor, como la electricidad que produce la manipulación clitórica.

Mientras tomaba la decisión, recordaba los extensos debates en que se enfrascan algunas mujeres cuando aseguran, con gran autoridad, que hay hombres que no saben besar.

No siempre quiero besar a una mujer.

Cuando beso a una mujer lo hago porque le tengo muchos deseos; siempre cierro los ojos y siempre uso mis manos.  Cuando beso una mujer me gusta cogerla por las caderas con mi mano izquierda y agarrarle el cuello con mi mano derecha.  Me gusta ponerla de espaldas a mí y de pie, remover el pelo que cae sobre la nuca y besarle el cuello, olerla, sentir sus nalgas sobre mi cuerpo y acariciarle los senos.  Cuando beso una mujer quiero sentir que ella libera oxitocina, que siente contracciones uterinas y que sufre con mucho gozo la erección de su clítoris.  Como yo, quiero sentir que su corazón bombea más sangre, en menos tiempo.

Lo cierto es que desde su prohibición pública, hasta el perfecto convencionalismo social del beso erótico en público, en la era de lo explícito los besos están infravalorados.  Y aquí debo ser honesto, pues la última parte de esta cita es de una conocida tuitera a quien prefiero respetar su anonimato, tal como le reconozco a Fragonarg sus maravillosos besos al mejor estilo rococó.

—Déjame leerte algo

Necesitaba ganar tiempo y racionalizar la terrible incomodidad de un beso dentro de un auto, un primer beso, sobre todo cuando hace años se ha dejado de tener 18 y cuando hace algún tiempo sabes que, para una mujer, un beso es una prueba de fuego.

—Esto lo escribí hace un tiempo:

Tus labios están buscando un amante,

otros labios a los que puedan besar,

que sirvan de lecho para descansar,

un inquieto amor que anda rogante.

Tu boca delira y arde fragante,

buscando otra boca para confesar,

un escucha dócil para embelesar,

en el romance más alucinante.

Tu amor urgente me halla dormido,

sin valija y esenciales confesos,

hendido en mil pedazos, escindido.

Si quieren los dioses seremos presos,

y en el fuego de tu boca adherido,

seré yo quien disfrute de tus besos.

Cerré mis ojos mientras acercaba mi rostro al suyo, aspiré sus olores, puse mi mano derecha sobre su cuello, acomodando el pulgar bajo su oreja de manera que me permitiera controlar la rotación de su cabeza y entonces, deposité suavemente mis labios sobre su boca.  Un foetazo de corriente me azotó y discurrió entre mi boca y la suya y entre nuestros labios y el resto de nuestros cuerpos.  Sentí cómo se inundaban mis órganos de sangre mientras me quemaban sus labios; juro que sentí que ella temblaba.

No habían pasado 10 segundos cuando con urgencia se despegó, aspiró profundamente llenando sus pulmones de oxígeno y clavándome con una mirada retadora me dijo:

—¿Subimos?

Foto: «Jean-Honoré Fragonard – The Stolen Kiss» de Jean-Honoré Fragonard – Hermitage Torrent. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg#/media/File:Jean-Honor%C3%A9_Fragonard_-_The_Stolen_Kiss.jpg

¡Aplausos, llegamos a Puerto Rico!

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¡Valete et plaudite!

Cuando tenía 9 años me llevaron a los estudios de WAPA-TV a participar de la grabación de Cine Recreo, un programa de juegos y entrevistas en el que Pacheco, un delicioso personaje nacido en España y criado en Cuba, presentaba dibujos animados y divertía a los niños con juegos y ocurrencias impensables.  Además de la extremadamente baja estatura del hombre, me sorprendió ver un señor con audífonos y micrófonos sobre su cara que cargaba unos grandes letreros en los que nos instruía a aplaudir.  ¡Cuánta alegría! Creo que desde ese día, quedé fascinado con los aplausos.

¡Me encanta aplaudir cuando aterriza el avión!

Los puertorriqueños hemos desarrollado la costumbre de aplaudir cuando aterrizan los aviones.  Algunas de las personas más finas y elegantes nos miran sorprendidos y se muestran avergonzadas con la práctica, pues pareciera que ésta se compara a la grave violación del protocolo musical que instruye que en los conciertos se aplaude al final de cada obra, nunca cuando concluye alguno de los movimientos.

En realidad este acto tan placentero para nosotros se refiere a una celebración genuina para demostrar alegría, agradecimiento, homenaje y paz espiritual.  Y por qué no decirlo, para felicitar al capitán de la nave porque nos trajo de regreso a casa

Desde tiempos inmemoriales distintas civilizaciones y culturas han utilizado el aplauso con el mismo propósito: aprobar, halagar, agradecer, festejar.  Así como los egipcios, y también los puertorriqueños, le pagaban a las mujeres por llorar en los entierros (las llamadas plañideras), los Obispos, Emperadores y Faraones, contrataron personas para que los aplaudieran.  Quizá Nerón sea el ejemplo más divertido de la práctica de aplaudir por paga.

Dirán que es más seguro volar en avión que viajar en automóvil, pero nadie se lo cree.  Las caras de las personas cuando despega y aterriza un avión, particularmente los que vuelan por primera vez, son de colección.

Lo cierto es que a los puertorriqueños nos encanta aplaudir.

Nos gustan tanto los aplausos que cuando el Gobernador se dirige a la Legislatura anualmente en el Mensaje sobre el Estado de Situación, los más distinguidos periodistas de los más exquisitos medios de comunicación invierten tiempo contando los aplausos que recibe y lo hacen formar parte destacada de la historia que publican.  De hecho, si recibe muchos o pocos aplausos, la noticia podría ser portada de un periódico.

Y es que en Puerto Rico aplaudimos para todo.  No solo cuando no debemos hacerlo en los conciertos, sino también cuando un conguero o un trompetista nos deleita con una descarga en medio de un baile; en el cine si nos gusta la película; en las casas mientras vemos los concursos de belleza, las peleas de boxeo y los juegos de baloncesto en la televisión; a los niños cuando caminan o cuando dicen su primera palabra; cuando nuestros hijos tienen buenas calificaciones en la escuela; en las graduaciones; en los bautizos; en los entierros; en los cumpleaños; cuando un gringo famoso dice ante un atestado público “porou-ricou”; hasta los himnos nacionales aplaudimos con delirio.

El aplauso boricua es impulsivo, espontáneo, incontrolable.  Un rito.  Se sincroniza rápido.  Es una obra de arte.

Para los concursos en sus programas de variedades en televisión, Luis Vigoreaux inventó (eso creo yo) un aparato al que llamaron aplausómetro, que medía la aprobación del público y con eso se decidía el ganador.  Y es que para no dejar de aplaudir, hasta ponemos claques (del francés, golpear) entre el público para que inicien los aplausos a los políticos y a los artistas.  Pues siendo los aplausos tan contagiosos, tan pronto uno empieza a aplaudir, los demás lo siguen.

Pero hay más que eso.  Es que somos puertorriqueños.  Hace seis, siete décadas, cuando un puertorriqueño pobre abordó solitariamente un avión por primera vez para ir a Nueva York a trabajar y mantener su familia que moría de hambre, tuvo que haber sentido desesperación y temor.  Pero cuando el avión tocó tierra se sintió alegre y con esperanzas.  En realidad, poco importaba a dónde iba, lo importante era por qué se iba; estaba convencido que allí podría obtener lo necesario para vivir su sueño, era un pase a la libertad.  Llegar a ese destino, que pudo ser cualquier destino, era motivo de un gran aplauso.  Como razón suficiente para aplaudir es regresar de vuelta a la patria amada después de trabajar duro y hasta pelear las guerras que correspondía pelear a otros.  Para mí, este es el origen de esta fabulosa y respetable práctica.

Quizá alguno quiera, como el Emperador Laureano, sustituir los aplausos por blancos pañuelos que bailan al viento.  Quizá alguno quiera, como ciertos lugares del mundo ya lo han hecho, prohibir los aplausos en sus teatros.  Pero no en Puerto Rico.

En Puerto Rico el aplauso tiene razón de ser, tiene sentido y tiene historia.  Según he sabido, ya nos emulan los italianos y los alemanes, los chilenos y los colombianos.  Si enseñamos a disfrutar y a bailar salsa al mundo entero, estoy seguro que pronto los pondremos a aplaudir.

La próxima vez que usted venga a Puerto Rico y empiece a escuchar aplausos, no se abochorne, alégrese y contágiese.  Si es extranjero, sepa que le estamos dando nuestra mejor bienvenida.

¡Aplauda, que llegó a Puerto Rico!