Orgasmos fingidos

ZmurkoFranciszek_Sinnenrausch (1)

por Reynaldo R. Alegría

Hacía cuatro semanas que no lo veía.

Me había estado fastidiando de diversas maneras durante todo el tiempo que me le escapé y durante el cual no tuve otra intención que no fuera respirar un poco.  Hace 25 años el fastidio hubiese sido menor, apenas algunos mensajes con mi secretaria en la oficina y otro par de ellos en la contestadora de la casa, la cual –después de todo– siempre se puede desconectar.  Claro está, con el riesgo de que se enojara para siempre.

Ahora, con los mensajes de texto y los mensajes de voz en WhatsApp deseándome los buenos días y los putos likes a las fotos de ambos que colgué en Facebook hace cientos de  años, cuando él me daba el mejor sexo que estaba disponible y que yo podía obtener, el tedio se convertía en enfado y el enojo en desazón.

Con mi fuga, que buscaba ser como la del gas que no se ve pero puede ocasionar la más grande explosión, incluidas las luces y los estruendos, solo quería respirar un poco… como los seres vivos.  Deseaba absorber el aire, tomar lo necesario, expelerlo, comunicarme con otros aires; descansar del agobio del mismo aire.

Recurrí a él nuevamente, no sé ni por qué carajos, creo que mis ganas de tener sexo en ocasiones me nubla el entendimiento cuerdo-sexual.  A esta edad, en la que si se está en estas tiene que ser por el placer, punto, tampoco se está en las de perder lo que se tiene ganado.  Lo llamé desde el garaje de gasolina que está a un bloque de su casa.

—Hola.

—¡Qué bueno que me llamas!

—¿Estás listo para mí?

Llega el momento en el que ya una sabe lo que hay que decirle a un hombre para que la esté esperando casi desnudo y con una buena erección.

—Siempre estoy listo para ti.

—Pues voy camino.

Cuando llegué tenía puesta la bata blanca de toalla que nos habíamos robado del Hotel Plaza en Nueva York, siempre he creído que esas cosas se roban y no se pagan.  De un tirón lo desnudé y me le trepé encima como si presenciara el último pene que hubiera de existir sobre la faz del globo terráqueo.  Comencé a gemir con esa voz que lastima de la pena y el placer a la vez, aullando, esforzando mi voz para que los chirridos los escucharan sus vecinos, para que supieran que había vuelto.

—Me voy a venir —me dijo jadeando.

Grité más duro, me contorsioné sobre su miembro con mi baile de la media luna, un movimiento que me lleva de sur a norte y de vuelta en medio círculo regresando por el oeste.  A los 36 segundos (¡a los 36 segundos!), acabado, deshecho de su humanidad, me miró fijamente a los ojos.  Entonces le dediqué mi mirada de la total destrucción por el mejor de los placeres, esa que incluye virar los ojos hacia arriba.

—No recordaba lo rico que son los orgasmos contigo.

Foto: Sinnenrausch (pasión sensual), Franciszek Żmurko [Public domain], via Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AZmurkoFranciszek_Sinnenrausch.png

Después del sexo

Despues del Sexo Marcello Mastroianni Sophia Loren mariage-a-l-italienne-1964-15-g

por Reynaldo R. Alegría

Otros fueron los tiempos cuando al terminar de hacer el amor uno estiraba la mano hasta la mesa de noche en busca de cigarrillos.  Ahora, cuando parece que ya no es sexy fumar ni siquiera en las películas románticas, tras la cópula gustosa y encendida te escurren la mano por sobre tu cuerpo para alcanzar, casi de emergencia, el celular.  Esa búsqueda urgente de mensajes de textos y por WhatsApp, menciones en Facebook y Twitter, videos breves en Vine y transmisiones en vivo por Periscope, en ocasiones produce tanta endorfina, oxitocina y serotonina como los orgasmos que, si tuvimos suerte, nos produjo el sexo.

No me lo tomo a mal.  Con más recato, nosotras hacemos lo mismo.  La diferencia es que no jadeamos tragando hacia adentro como hacen ellos, más bien con mucho control y sin revelarnos, buscamos el mismo placer del texto prohibido escrito en la cama de otra; acomodando la pantalla del teléfono en la posición perfecta para que ellos no puedan fisgonear, lo que nosotras hacemos con tanta dulzura y candidez.  Por eso creo que se trata de un pecado menor.  De hecho, alguna vez leí sobre un estudio que afirmaba que el 12% de las mujeres usaba el celular durante el sexo.  Pero no nos desviemos.

Recuerdo un amante que salía corriendo a bañarse, lo que tampoco me disgustaba pues siempre huelo a florecitas, como me ha dicho más de uno, y en el caso de aquel hombre la manía de estar limpio me parece que revelaba cierto trauma emocional con el pecado y el infierno, que hasta yo disfrutaba la carrera al chorro del agua como si cada vez fuera un nuevo bautismo.

Creo que hasta dormirse se lo perdono a los hombres.  Cuando tengo orgasmos me pasa como a ellos, que el efecto somnífero del placer me tumba y me hace carecer de realidad.  En la universidad tuve un novio que salía casi con temor y espanto a la cocina a comer, lo que siempre interpreté como un elogio a mi opulencia en virtudes del amor pues no es lo mismo mujer de la que se tiene hambre, que el hambre que produce una mujer.  Un amigo íntimo de ese mismo novio, lo que era un sabroso secreto, solía pedirme favores cuando nos culminábamos juntos, lo que me parecía muy razonable tomando en consideración, aparte de la feliz sincronía, que a aquel espécimen a quien no le faltaba nada, no le entraba la Física de ninguna manera y siendo mi materia favorita disfrutaba ayudarlo en sus tareas.  Que me hablen después del sexo tampoco me disgusta, es más, lo disfruto.  Si el amante no es muy listo, como me pasaba con mi profesor de Educación Física, uso sus necias palabras como alucinógeno natural y logro que mi cabeza se desvista de mi cuerpo.

Pienso que si existiera algo así como la ciencia del post coito, deberían revisar las conclusiones generalmente aceptadas por la literatura de salones de belleza en cuanto a que las actuaciones de los hombres tras el sexo se refieren a la obtención de recompensas no relacionadas al amor y la compañía y que las actuaciones de las mujeres tratan de sentir la mítica unión de pareja.

En mi caso nada pido, bueno… me gusta que me abracen.  Me gusta sentirme rodeada por los brazos de quien me produjo placer, estrechada, ceñida al cuerpo a que le saqué el gusto, ajustada a quien me gozó.  El resto, eso lo perdono.

Foto:  Sophia Loren and Marcello Mastroianni, Marriage Italian Style (1964)

¿Compartir o compartirte?

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por Reynaldo R. Alegría

A las 12:52 de la madrugada del miércoles, 14 de enero de 2015, Estela me envió un mensaje por WhatsApp:

—Compartir o compartirte?

Cuando me desperté lo leí y –aunque tentado a responder de inmediato– decidí pensar adecuadamente mi respuesta.  El reto con las mujeres inteligentes es que el gran disfrute siempre depende de la mayor complejidad.  Además, mientras más retrasara mi respuesta más se prolongaría el placer de hurgar en la deliciosa intriga del entendimiento de ella.

Lo de compartir aparentaba ser bastante sencillo.  No requería un acto de profundidad intelectual lo que a todas luces era una simple propuesta de hacer algo juntos; sexual, claro está.  Pero con ella, nada era sencillo.  Hace 20 años habría tenido que hacer malabares para llegar hasta la oficina y retirar del anaquel que está contiguo a mi escritorio al alcance de mi mano el grande y pesado primer tomo de la vigésima edición de 1984 del Diccionario de la lengua española.  Pero ahora, la modernidad, la bendita modernidad, me permitía recurrir en segundos a la aplicación gratuita para el móvil:

compartir.

(Del lat. compartīri).

  1. tr.Repartir, dividir, distribuir algo en partes.
  2. tr.Participar en algo.

Lo de compartirte era lo que complicaba el asunto.  Creo que ya he dicho que me gusta la complicación y si no lo dije pues lo aclaro.  De todos modos… ¿compartirte?…  ¿Repartir?  ¿Dividir?  ¿Distribuir?  Era un acertijo… ¿o era una trampa?  ¡Cómo me gustan las trampas!

Aparte de mis hijos, no me debo a nadie; al menos eso he crecido creyendo.  ¿Piensa que me tiene que compartir?  ¿Me quiere compartir?  ¿Un trío?  ¿Me pide permiso para compartirme?  ¿Me lo informa?  ¿Quiere saber si hay alguien?  Todas las posibilidades me gustaban.  Mujer fuerte de gustos refinados, particularmente por el sexo rudo e intenso, no era de pedir permisos ni andarse con rodeos.  Ella conocía a la perfección que aun en el sexo sin amor –que es el mejor de todos los amores– me imponía con religiosidad la dedicación absoluta al placer total.  Deduje que debía dejarle saber que cuando la viera, solamente iba a ser de ella.  No me estaría compartiendo.  Así que a las 9:05 de la noche del miércoles, 14 de enero de 2015, le contesté:

—Compartir…

Habiendo sido corredor de bolsa sabía que la venta a la gente poderosa e inteligente requería estrategia.  Se presenta el producto y sus bondades, se explica para qué sirve, se profundiza en la conexión que existe entre el carácter de la persona y el producto, propones la transacción y te callas la boca… el primero que hable… ¡pierde!  Resignado, esperé.

No me quejo, he tenido suerte.  No solamente he tenido buenas amantes, bellas y dulces, sino además, geniales.  Uno siempre está a merced de ellas.  Ellas deciden, aunque uno piense lo contrario.  Cuando uno cree que ha conquistado una mujer, hace tiempo que ella lo había decidido.  Pero cuando las mujeres son geniales, el enigma juega para incrementar el placer.  ¡Bendito sea el placer!

A las 5:13 de la tarde del jueves, 15 de enero de 2015, Estela contestó:

—Compartirme…